Capítulo 33
Las siguientes horas pasaron en un abrir y cerrar de ojos, como ocurre siempre que estás a gusto con alguien. El tiempo voló y, cuando miré el reloj para comprobar la hora, no podía creer lo que veía.
ELIZABETH: ¿Eres consciente de que son más de las diez de la mañana y que llevamos hablando más de diez horas?
DARCY: A tu lado, me han parecido diez minutos.
Lo cierto era que a mí también me habían parecido diez minutos.
Habíamos estado hablando de todo: desde música a literatura, pasando por cine, teatro, series, política y, por supuesto, amor.
Sueños que cumplir y viajes que realizar.
Planes de futuro y recuerdos de niñez. Aunque al principio me había resultado difícil abrirme de nuevo, al final estar ahí sentada delante del ordenador hablando con él se había convertido en la cosa más natural del mundo.
Me había abierto con Darcy como aún no lo había hecho con Pablo.
Habíamos compartido cafés, tartas, palomitas, gominolas e incluso habíamos preparado una lista de reproducción musical entre los dos, de tal forma que estuviéramos escuchando la misma canción a la vez.
Al despedirnos, me quedé mirando la pantalla y escuchando la canción que en ese momento sonaba.
No supe si era cosa del destino, pero sonreí al escucharla.
Cuando cerré la ventana de la aplicación en el ordenador, la canción estaba en mi parte favorita, y Ronan Keating cantaba « you say it best, when you say nothing at all 6 » .
Era lunes por la mañana, y el tiempo se había levantado mejor que los días anteriores.
A pesar del frío, hacía sol cuando abrí la ventana.
El despertador había sonado pronto, ya que tenía que ducharme antes de ir a buscar a Adrián para la prueba.
Menos mal que me había escrito para confirmar si podía llevarlo al hospital, porque había olvidado por completo que me había ofrecido a acompañarlo.
Adrián estaba ya esperando en la calle cuando llegué a su casa.
Entró en el coche con una sonrisa deslumbrante y me dio dos besos.
—Buenos días, Ana, ¿qué tal el fin de semana? —dijo mientras se abrochaba el cinturón de seguridad.
« Bien, solo he estado charlando por internet con un tipo encantador durante más de diez horas y, por cierto, no es tu mejor amigo, es decir, mi novio » . Me temo que no era buena idea que le dijera algo así, ¿no creéis?
—Tranquilo. Salí de compras con mi hermana ayer por la tarde; el resto del tiempo he estado en casa. He hecho un poco de limpieza y me he puesto al día de un par de series online , ¿y tú?
—Muy parecido al tuyo; con la excepción de la visita de un par de amigos, no he hecho nada más reseñable.
Tele, música, un poco de lectura y, sobre todo, mucha rehabilitación.
Esta rodilla —puso su mano sobre ella— tiene que estar en plena forma para finales de enero.
No me puedo permitir el lujo de perderme más partidos esta temporada.
—Estoy segura de que pronto estarás completamente recuperado. Ahora, de momento, vamos a por el primer paso: el alta.
Cuando llegamos a la puerta de la clínica, una veintena de periodistas esperaba ya allí, deseosos de captar las imágenes de Adrián y ávidos de noticias frescas.
Haciendo gala de una paciencia estoica, contestó a los reporteros que aún no sabía nada y que, cuando saliera, respondería a sus preguntas.
—No sé cómo puedes soportarlo —afirmé cuando nos sentamos en la sala de espera.
—O te acostumbras e intentas llevarlo lo mejor posible, o acaban contigo, así que me he decidido por lo primero.
Esta prensa es fácil, su interés es meramente deportivo.
El problema viene cuando me topo con alguno de la prensa rosa.
No entiendo qué puede tener de fascinante mi vida privada, pero, en fin, esa es la sociedad en la que vivimos, y no puedo hacer más que sobrellevarlo.
—Disculpe, señor Castillo. —Una enfermera se acercó hasta nosotros—. Ya puede entrar. Su novia puede pasar si lo desea.
—No, no soy su novia. —Las palabras salieron atropelladas de mi boca.
—Es una amiga. Ana, puedes entrar si quieres.
—Prefiero esperarte aquí, así aprovecho y llamo a Pablo.
Su novia, lo que me faltaba por escuchar.
Seamos sinceros: Adrián y yo nos llevábamos bien ahora, pero creo que no podría estar nunca con nadie como él; teniendo en cuenta el carácter de ambos, tarde o temprano acabaríamos matándonos.
¿Pero por qué estaba pensando en eso? Saqué el móvil y llamé a Pablo. ¡Perfecto! Fuera de cobertura.
Diez minutos después, jugaba al solitario en el móvil cuando Adrián volvió a la sala de espera.
—¡Qué rápido! ¿Ya has terminado?
—No, no han podido hacer la prueba aún. Hay un problema con la máquina y tendré que esperar una hora más o menos hasta que vengan los técnicos y lo solucionen.
—¿Una hora? Pero, Adrián, no vas a llegar al tren.
—Tengo el billete para la dos y media. —Miró su reloj—.
Son las once y media, así que si todo va según me han dicho, llegaré sin problemas.
Me llamarán al móvil cuando esté preparada la máquina.
De todas formas, si veo que no me llaman en una hora para hacer la prueba, trataré de cambiar el billete a otro horario.
Como no vamos a quedarnos aquí sentados esperando, si me permites —se levantó del asiento y me extendió un brazo—, te debo un desayuno.
—Estoy muerta de hambre, así que quiero uno completo. —Le guiñé el ojo y me agarré a él .
¿Conocéis esa sensación cuando notas que cientos de ojos te miran? Así me sentía en ese momento. Lo sé, no me miraban a mí, sino al hombre que estaba sentado enfrente de mí, sonriendo y bromeando sin parar. Quien, además de ser extremadamente guapo, era futbolista.
— ¿ Me estás escuchando, Ana?
—Perdona, Adrián, no puedo evitar sentirme observada por decenas de ojos.
—Sí, resulta escalofriante, aunque te acabas acostumbrado.
— ¿ Cómo?
—Actuando con normalidad. Si me parase a pensar en que tengo a un montón de gente observando cómo me tomo un café, me volvería loco, así que lo mejor es hacer como si no pasara nada.
¿Ves? —Tomó la taza de café, bebió un trago y sonrió—.
Es fácil. Además, en este caso, ayuda la compañía.
Contigo puedo mantener una conversación interesante y olvidarme de que a mi alrededor hay gente que observa cada movimiento.
—¿Eso es un cumplido? —bromeé.
—Sí, creo que sí.
—Gracias —dije devolviéndole la sonrisa.
—Resulta agradable conversar con alguien que pasa por alto que soy futbolista y todo eso. Aparte de Pablo y su familia, poca gente lo hace, y tú desde el principio me has tratado con normalidad, e incluso me has plantado cara y me has puesto los puntos sobre las íes.
— ¿ Quién nos iba a decir que al final nos íbamos a llevar hasta bien? Tengo que reconocer que hubo momentos en los que te hubiera matado, lentamente, con ensañamiento y alevosía.
—Si te soy sincero, a mí también hubo momentos en que me dieron ganas de mandarte muy lejos. Siempre tan perfecta, siempre tan profesional.
— ¿ Tan profesional? Y tú, todo lo contrario, ¿ no? —Me sacó la lengua en un gesto infantil muy típico de él.
—Así que no soy profesional… —Simuló un gesto ofendido.
—No quería decir eso, es solo que…
—Es broma. Tienes razón: hace un mes no me soportaba ni yo mismo, pero todo tiene su explicación y te la daré, eso sí, no ahora. —Echó una ojeada al reloj—. Voy a acercarme a ver si saben algo de la máquina, porque si no, voy a perder ese tren.
—Venga, vamos. Pero, Adrián —lo obligué a mirarme—, no tienes que darme explicaciones, confío en ti.
Hace un mes tal vez no lo hacía, pero hoy en día no tengo dudas sobre ti, y mucho menos sobre tu profesionalidad.
Sé que vamos a conseguir ese contrato y que vas a llegar muy lejos, y yo estaré muy orgullosa de haber podido formar parte de todo esto.
—Gracias, creo que si sigo al pie del cañón y veo posible una salida positiva a todo este barullo que he formado, es gracias a Pablo y, sobre todo, a ti. —Me tomó las manos entre las suyas—. Nunca voy a poder agradecerte lo mucho que estás haciendo por mí.
—Vamos a ver si est á ya reparada esa bendita máquina , porque tienes que coger un tren y la Renfe no espera a nadie, y menos el día de Nochevieja. —Lo agarré del brazo—. Ni siquiera a los futbolistas guapos.
6 En inglés: «Dices lo mejor cuando no dices nada».