Capítulo 30
Aunque ya había aclarado la situación con Paola y todo entre nosotras volvía a la normalidad, con Adrián las cosas eran diferentes.
Yo estaba de vacaciones, pero, tal como había prometido a Ricardo, no me quedaba más remedio que presentarme a diario en el estudio donde se grababan los spots publicitarios.
Puesto que por las mañanas Adrián tenía que acudir a las instalaciones del club para seguir con la rehabilitación de su rodilla, las grabaciones debían realizarse por la tarde.
Durante las tres largas jornadas que duraron, Adrián no tuvo un mal gesto con nadie; al contrario, estuvo solícito y colaborador en todo momento, repitiendo cada toma una y mil veces si era necesario para que quedara perfecta.
Todos estaban encantados con él, menos yo.
Traté de comportarme con normalidad, pero nuestros problemas durante esos días fueron constantes.
No soportaba sus bromas y saltaba al menor comentario, lo que provocaba una nueva discusión que siempre terminaba con Pablo mediando; eso daba lugar a un nuevo comentario irritante por parte de Adrián y el inicio de una nueva pelea.
Habíamos entrado en un bucle de hostilidad del que parecía que ninguno de los dos podía, ni quería, salir.
Para tratar de limar tensiones, Pablo propuso que saliéramos los cuatro juntos a cenar y tomar una copa para despedir el año.
Así que allí estaba, removiendo mi mojito, sentada frente a Adrián, intentando contar hasta diez antes de contestar y poniendo mi mejor sonrisa mientras Pablo y Paola bailaban en la pista.
—Si no dejas de mover el mojito así, vas a acabar mareándolo. —La voz de Adrián me llegó clara a pesar de la música.
—¡Ja, ja, ja! ¡Qué gracioso! —Un, dos, tres… Respira, Ana—. Lo siento, no quería ser borde.
—Vamos a ver, Ana, ¿qué te pasa conmigo? —Se sentó a mi lado para poder hablar sin tener que recurrir a los gritos.
—Nada, ¿por qué tendría que pasarme algo?
—Eso me gustaría saber. Últimamente te molesta todo lo que hago o digo.
— ¿ Te crees el ombligo del mundo? ¿De verdad piensas que todo está relacionado contigo? —Otra vez la hostilidad en mi voz, pero ¿ qué me pasaba? —. Lo siento.
—¿Ves a lo que me refiero? No he dicho nada, y tú ya estás saltando como una furia. No me creo el ombligo del mundo, pensaba que me conocías.
—Seguro, si tú lo dices.
Di un trago a mi mojito y volví al silencio. No tenía ganas de seguir discutiendo con él. Hablar con Adrián requería un esfuerzo extra que, en esos momentos, me negaba a hacer.
—¿Se puede saber qué he hecho que te haya molestado tanto? Hace unos días tomábamos café mientras bromeabas y charlabas abiertamente conmigo, y ahora no podemos estar en la misma habitación sin que me sueltes alguna pullita. No lo entiendo, Ana, ¿qué ha cambiado?
—Hace unos días no sabía hasta qué punto podías llegar a ser un cabrón —solté sin pensar; las palabras surgieron solas de mi boca.
— ¿ A qué viene eso? —Me miró con la sorpresa dibujada en el rostro. Creo que esa respuesta era la que menos esperaba, y lo había pillado con la guardia baja.
—Viene a que el día de la fiesta me dejaste en evidencia delante de todos —arranqué de una vez.
Tenía que soltarle todo lo que me consumía por dentro desde la fiesta de Navidad—.
Viene a que puede que Clarisa no fuera santo de mi devoción, y tú lo sabes, pero me parece fatal la escenita que montaste.
Te dedicaste a comportarte como un capullo toda la noche, ligando de forma descarada con otra mujer delante de la que, supuestamente, era tu novia.
Y para más inri, fue desaparecer ella y, dos minutos después, estabas metiendo la lengua, y lo que no era la lengua, en Paola.
Adrián se revolvió incómodo en su asiento, pero no apartó la mirada de la mía. Sus ojos verdes parecían hielo mientras valoraba si dar respuesta a mis reproches o mandarme a freír espárragos. Se decidió por lo primero.
—Que te quede claro que no creo que tenga que darte explicaciones, a ti ni a nadie, de d ó nde meto mi lengua, y lo que no es mi lengua, pero lo voy a hacer porque sé que te preocupa tu amiga —respondió con seriedad—.
No hace falta que te aclare cómo estaba mi relación con Clarisa, así que no sé de qué te extrañas.
Y respecto a Paola, creo que los dos somos mayorcitos para saber con quién nos liamos.
Tranquila, las cosas entre ella y yo están muy claras: somos adultos que lo pasan bien juntos, sin complicaciones y sin más problemas.
Así que deja de preocuparte por la loca de tu amiga, y mucho menos por Clarisa.
T ú no sabes el peso que me he quitado de encima.
Lo único que voy a echar de menos son nuestras largas conversaciones.
No pude evitar sonreír ante sus palabras.
—Bien, lo he conseguido, ¡una sonrisa! Sabía que no podía ser tan difícil.
—Mira que eres malo. —Poco a poco noté c ó mo mi enfado se iba evaporando. Adrián solía causar ese efecto en mí. Tan pronto quería matarlo como me hacía reír.
—Malo, no. Sincero. ¿Entonces ya eres mi amiga otra vez? —Compuso su mejor cara de niño bueno.
—Sí. —Me acerqué más a él y , en un susurro, le dije—: Pero como te pases con Paola y le hagas daño, te prometo que te corto la lengua, y lo que no es la lengua, ¿entendido?
—Alto y claro, Anastasia. —Me sacó la lengua e hizo un gesto para proteger su entrepierna que me hizo reír.
—La madre que lo… ¿Te lo ha contado? —grité al oír a Adrián llamarme así.
—Sí —afirmó con una pose traviesa—. Ahora conozco tu secreto, Anastasia.
—Como vuelvas a llamarme así, creo que voy a cumplir mi amenaza antes de lo que pensaba.
—Lancé un vistazo a su entrepierna y ambos estallamos en carcajadas mientras la gente alrededor nos miraba sin entender nada.
Adoraba esa complicidad con Adrián, y no podía negar que lo había echado mucho de menos.
Desde la otra punta del pub , Pablo nos observaba. Cuando crucé mi mirada con la suya, me guiñó un ojo y con el pulgar hizo un gesto para saber si todo estaba bien. Yo le devolví la señal y una sonrisa iluminó su cara mientras venía hacia nosotros.
—Hablando de todo un poco —prosiguió Adrián—: me alegra ver que por fin has dejado de hacer el idiota —señaló a Pablo— y le has dado una oportunidad.
—Oye, ¿cómo que idiota? —Le di un codazo, aunque un segundo después me di cuenta de que estaba en lo cierto—. Tienes razón, idiota. Ya sabes, dicen que más vale rectificar a tiempo, ¿no?
—No puedo estar más de acuerdo, y la verdad, me alegro de que lo hayas hecho.
Pablo se lo merece, y tú también. Así que ya sabes, bonita, aplícate el cuento.
Como hagas daño a mi amigo, me ocuparé personalmente de ti —dijo, sonriendo y apartándose para que Pablo se sentara entre los dos—. Voy a estar vigilando.
— ¿ Qué vas a vigilar? —Pablo me besó y se sentó en el hueco que había dejado Adrián.
—Son cosas entre tu novia y yo.
—Así que secretitos con mi chica, ¿tengo que preocuparme? —bromeó.
—Por supuesto que no, ya sabes que yo las prefiero un poco menos listas que ella. Más que nada —se acercó a modo de confidencia—, para que no se den cuenta demasiado pronto de lo tonto que soy yo.
—Pero mira que eres… —lo recriminé.
—¿Tonto? —dijo, echándose a reír, a la vez que Pablo y yo nos mirábamos y nos uníamos a sus carcajadas—. Por cierto, Pablo, antes de que se me olvide: tenemos un problema. No puedo irme mañana contigo al pueblo.
— ¿ Te vas con Pablo? ¿No pasas las fiestas con tu familia? —Ya había metido la pata, ¡mierda!
Miré a ambos con semblante preocupado. Nunca había tocado el tema de la familia directamente con Adrián. No me había contado nada, y no quería traicionar la confianza que Pablo me había demostrado en su día al revelarme un tema tan delicado.
— ¿ Por? ¿Qué pasa? —Mi novio salió al quite—. ¿Por qué no puedes venir?
Me daba mucha pena no pasar esos días con Pablo, pero yo también los viviría con mi familia, y aunque él había insistido en quedarse conmigo, al final lo había convencido para que pasara esas fechas con los suyos. El resto del año lo pasaríamos juntos.
« Juntos, aún me parece mentira » .
—Me han llamado hoy del hospital para cambiarme la cita del día tres por no sé qué problema de horarios.
La conclusión es que tengo que ir el lunes a las diez de la mañana, así que no puedo viajar contigo mañana.
Es importante que acuda, ya que, si me dan el alta ese mismo día, podré empezar a entrenar con normalidad después de Reyes.
—¿Paola no puede llevarte?
—El domingo se va tambi én fuera de Madrid —intervine yo antes de que Adrián contestara, y, sin pensarlo, lo dije—: Si quieres, te puedo acercar yo. Voy a estar en Madrid y estoy de vacaciones, así que no tengo nada que hacer.
—No te preocupes, Ana, no quiero ser una molestia.
—No eres una molestia; te llevo yo y no se hable más. Ahora me llevo a este caballero a bailar un rato. —Me acerqué a Pablo y, agarrándolo de la cintura, nos dirigimos hacia el centro de la sala—. Eso sí —dije girando la cabeza y guiñándole un ojo—, tendrás que invitarme a desayunar.
—Trato hecho, Anastasia. —Extendió la mano y la estreché mientras veía c ó mo una sonrisa se dibujaba en su rostro. Le saqué la lengua, imitando ese gesto tan suyo.