Capítulo 29
Acababa de llegar al trabajo y, mientras tomaba un café, observaba la ciudad bajo mis pies.
Aún no había casi nadie en la oficina y estaba todo muy tranquilo.
El día se había levantado lluvioso, y me encantaba ver llover desde la perspectiva que daba la altura de la planta quince del edificio.
A pesar del caos que desataba el mal tiempo, Madrid estaba precioso.
Incluso después del maravilloso fin de semana que había pasado junto a Pablo, tenía la cabeza hecha un lío.
Había dado el paso y me había lanzado. Mi familia se había enterado de que tenía novio.
Sin embargo, mi cerebro no acababa de asimilar todo bien.
No sabía si era a causa del golpe que me había dado de pequeñita esquiando, que me quedé un poco lenta.
Ni yo misma me entendía. Tenía a un hombre extraordinario, guapo, atento, simpático, divertido, encantador —y muy bueno en la cama, debía añadir—, loquito por mis huesos y yo seguía con miles de dudas.
« Ana, a ti no hay qui é n te entienda » , me reproché mentalmente.
Intentando alejar, aunque fuera por unas horas, el nudo que enmarañaba mi cabeza, encendí el portátil para leer las noticias y ahí estaba él. Adrián. En la portada del Marca, hablando de cómo iba su lesión y de los pasos que estaba dando hacia la recuperación completa.
¿Por qué tenía que estar en todas partes? Era una broma del destino, ¿verdad? El karma se había vuelto, otra vez, en mi contra. «¿No quieres pensar en Pablo? ¡Pues ahí tienes al otro!».
Esa era otra de las razones por las que no acababa de encontrar la paz: aún no h abía sabido nada de Paola después de la espantada del baño el sábado por la noche y del numerito del despacho.
Quizá mi actitud en ese asunto se estaba tornando un tanto intransigente, pero no podía olvidar las palabras de mi amiga.
Lo que más me molestaba era que pensara que yo no estaba de su lado.
¿De verdad creía que me había puesto de parte de la insoportable de Clarisa?
Para ser sincera, si hubiera sido yo la ofendida, Paola se habría llevado esa noche algo más que una mancha de vino en su vestido.
Por lo que sabía, Adrián tampoco había dado más señales de vida que un par de WhatsApps a Pablo para pedirle que lo llevara en coche a la revisión el lunes a primera hora de la mañana.
—Buenos días, Ana. —Paola entr ó en mi despacho—. Te dejo los informes que tenías pendientes y los datos de las campañas que se empiezan a rodar mañana con Adrián Castillo. Si necesitas algo, estaré en mi mesa. —Salió sin decir nada más.
« Ahora me viene con estas. Dios mío, dame paciencia… » .
Unas cuantas horas de concentración máxima y varios cafés después, salí de mi despacho para reunirme con Ricardo.
Paola tecleaba en su ordenador y no apartó la vista de la pantalla ni siquiera cuando pasé, a propósito, por su lado.
Se estaba comportando como una niña. Ella era la que estaba enfadada, así que tendría que ser ella por sí misma la que viniera a mí.
Quizá mi actitud tampoco era demasiado madura, pero estaba cansada de ser siempre la primera en ceder.
Esta vez iba a ser fuerte y no iba a dar mi brazo a torcer tan fácilmente.
Si Paola quería solucionar las cosas, ya sabía dónde podía encontrarme.
—Pasa, Ana, y siéntate — me pidió Ricardo mientras seguía al móvil.
El despacho de Ricardo siempre me había resultado interesante. Era un verdadero caos, al contrario que el mío, en el que todo era orden. Sin embargo, Ricardo era el mejor negociando. Tras esa apariencia de bonachón se escondía un verdadero lince para los negocios.
—Hola, Ricardo, ¿qué tal? —saludé cuando colgó el teléfono.
—Hola, buenos días. Bien, como siempre liado, así que no tengo tiempo ni para quejarme. He visto que están previstas las grabaciones de los spots de Adrián para esta semana.
—Sí, espero que puedan terminar pronto. La intención es emitirlas para la campaña de Reyes.
—Tengo que pedirte un favor —No me gustó nada el tono de su voz—.
Quiero, más bien, necesito que estés presente en esas grabaciones.
No podemos perder de vista a Adrián. Tengo un amigo en la prensa y me ha comentado que están llegándole rumores de que algo gordo se está cociendo respecto a él.
Tenemos que saber qué va a pasar; tienes que hablar con Adrián y enterarte de si él sabe algo. Ana, hay que estar preparados.
— ¿Algo gordo? ¿ A qué se refiere?
No había oído nada, y me extrañaba mucho que, si Pablo lo sabía, no me lo hubiera comentado ya. Pablo no me ocultaría nunca nada que pudiera dañar los intereses de Adrián. Estaba segura de ello.
—No lo sé, pero necesito que estés con Adrián esos días. No tengo que decirte qué significaría para la empresa firmar un contrato de esas características. Y tampoco para ti.
—Lo sé, Ricardo, ¿pero de verdad tengo que hacerlo? Yo quería pedirte unos días de descanso estas semanas. Llevo sin parar desde hace meses, y no puedo más.
—Lo siento, Ana, tienes que ser tú. El resto de tus tareas pueden esperar, así que concéntrate en esto, ¿vale? Tómatelo como unas semivacaciones. No vengas a la oficina hasta después de Reyes, pero te quiero con Adrián en esas grabaciones.
—Está bien. Haré lo que me pides. —Me levanté para salir del despacho.
—Ya te lo dije hace unos meses: consigue ese contrato y, tal como te prometí, ese tercio de mis acciones serán tuyas de pleno derecho.
Las siguientes horas las dediqué a cerrar el papeleo pendiente antes de marcharme a esas semivacaciones impuestas por mi jefe.
Después, llamé a Paola a mi despacho y, tras entregarle los informes, le indiqué que sería ella la que se encargara de esos asuntos los próximos días, ya que yo iba a estar ausente hasta después de Reyes.
—¿Yo? Pero…
—Tranquila, sé que lo harás bien, estás preparada para ello. Llevas mucho tiempo trabajando aquí y confío plenamente en ti. Es tu oportunidad de demostrar a todos lo que vales y lo que te he enseñado. —Le guiñé un ojo.
—Ana, yo…
—Ya sé que lo sientes, Paola. Yo también lo siento; me comporté como una idiota el sábado.
Estaba asustada y nerviosa por todo lo que estaba ocurriendo con Pablo y lo pagué contigo, con la persona que menos lo merecía.
Ya se sabe lo que dicen: la confianza da asco.
—No podía estar enfadada con ella. Paola era mi amiga, posiblemente mi mejor amiga, y la persona en la que más confiaba.
—Yo también me pasé tres pueblos. Pagué el bochorno que me había hecho pasar la arpía de Clarisa contigo. Me comporté como una verdadera estúpida y una niña malcriada.
—Eso no te lo niego. —Le sonreí y me acerqué a darle un abrazo—. Ven aquí, tonta. —Ella, con otra sonrisa, me estrechó con fuerza.
—Gracias, Ana, ¿estás segura de esto?
—Totalmente. No confío en nadie más para que se encargue de mis asuntos aquí.
Yo estaré liada con las campañas de Adrián.
Ricardo quiere que me concentre cien por cien en ellas, por eso me ha dado los días libres.
Tengo el portátil y el móvil. Llámame si necesitas algo.
Estoy segura de que lo vas a hacer muy bien.
—De acuerdo. —Dejando los informes en la mesa, se acercó a la puerta y la cerró—. Tengo que contarte una cosa; si no lo hago, reviento.
—Te has liado con Adrián.
—¿Cómo lo sabes? —Me miró con los ojos a punto de salir de sus órbitas—. Si tú no estabas el sábado cuando pasó, ya te habías ido. Por cierto, ese es otro tema: ¿cuándo y a dónde te fuiste? Te busqué para disculparme, y me dijeron que Pablo y tú os habíais marchado juntos.
—Yo también tengo algo que contarte.
—Ay, Dios, Ana, ¿te lo has tirado?
—¡Paola! —la regañé—. ¿ No puedes expresarlo de otra manera? Parece como si estuvieras hablando de un…
—Vale, vale, no te pongas tiquismiquis. ¿Te has acostado con él?
—Mucho mejor así. —Me levanté y, cogiendo mi bolso, la agarré del brazo—. Vamos a comer y a tomarnos una copa de vino, creo que tenemos mucho que contar las dos.