Diario de una soltera convencida Capítulo 28
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Capítulo 28

Estaba en la cocina preparando la tarta con las cinco velas cuando entraron mi madre, mi hermana, mi cuñada y mis tías como miuras a por mí.

— ¿ Se puede saber de dónde has sacado a semejante espécimen masculino? —Mi hermana se sentó cómicamente en la silla—. Me he enamorado. ¿ T ú has visto lo buenísimo que está? Por favor , hermanita, dime que te lo estás tirando o tendré que empezar a pensar que eres boba.

—¡Diana! No digas esas vulgaridades —la rega ñó mi madre , y, volviéndose hacia m í, continuó—: Ana, ¿de verdad que solo sois amigos?

—Sí, mamá, solo somos amigos.

—Pero, Ana, hija, uno así es lo que he estado pidiendo al cielo para ti, y ahora que te lo manda, ¿tú lo vas a dejar escapar?

—Por lo menos, hermanita, date una buena alegría para el cuerpo. Estoy segura de que debajo de esos vaqueros que tan bien le sientan se esconde un culo que quita el hipo.

— ¡ Diana Serrano Marín! ¡ ¿ Quieres cuidar esa boca, jovencita?!

—Ay, Almudena, qué antigua eres —se entrometió mi tía Rosa—. Di que sí, Diana, que yo también lo estaba pensando. Porque una ya tiene una edad, que si no se iba a enterar ese polluelo de lo que es una mujer de verdad.

Todas miramos a mi tía y empezamos a reír.

— ¡ Os habéis vuelto todas locas! Me voy de aquí antes de que me contagiéis.

Salía de la cocina con la tarta en la mano cuando me cruc é con Pablo en mitad del pasillo .

—Hola, preciosidad. —Me sonrió. Esa sonrisa no era buena para mi corazón.

—Hola —contesté—, siento el numerito que están montando.

—¿Qué dices? Son todos muy simpáticos y agradables, así que deja de poner esas caras cada vez que tu madre me pregunta algo.

No te preocupes por mí, lo estoy pasando genial.

De verdad, cariño. —Me guiñ ó un ojo—. Por cierto , vas a tener que explicarme lo de Anastasia, ¿has estado mintiendo todos estos meses respecto a tu nombre?

—Sonrió, y yo sentí cómo se me cortaba la respiración ante esa maravillosa sonrisa.

—Te has enterado, ¿ verdad? —Traté de ocultar la cara en su pecho—.

Calla, no me gusta nada ese nombre, pero mi tía insiste en llamarme así.

Cuando mis padres llegaron del pueblo, no sabían leer y aprendieron solos a base de fuerza de voluntad con un libro de monarquías que la verdad es que no sé cómo cayó en sus manos.

Tantas veces lo leyeron que acabaron por adorar ese tema, así que cuando nació mi hermano pensaron que no había otro nombre mejor para su primer hijo que Francisco José, en honor del célebre marido de Sissi.

Y cuando tuvieron a su primera niña, es decir, a mí, decidieron que el nombre de la hija del último zar de Rusia sería un nombre perfecto; además, era el nombre de mi abuela, así que mataron dos pájaros de un tiro.

—Es una historia muy curiosa, deberías estar orgullosa de llevar el nombre de una gran duquesa —sonrió de nuevo— y, además, el de tu abuela. Con tu hermana no siguieron esa tradición, ¿no?

—¿Cómo qué no? —Me reí—. ¿Acaso no recuerdas a la desaparecida Lady Di?

Se rio con ganas y me acercó a su cuerpo para abrazarme. Sentir su risa junto a m í suponía una sensación maravillosa a la que me estaba acostumbrando muy rápido.

—Gracias por lo de mi hermano. —Intenté poner un poco de distancia al ver que se acercaba peligrosamente a mí.

—Es un placer, cariño. —Se arrimó aún más y, a escasos centímetros de mi oído, susurró—: Me muero por darte un beso.

¡ Buf! Todo mi cuerpo reaccionó a su voz y a sus palabras.

Dios, ¿se podía ser más sensual? Era la primera vez en toda mi vida que temblaba solo con que un hombre se acercara a mí de esa manera y me hablara así.

Olvidándome de dónde estaba y de todos los que me rodeaban, dejé la tarta sobre el aparador de la entrada, cogí su mano y lo llevé hasta el baño, donde, una vez cerrada la puerta, me lancé con pasión a sus labios.

Aquel ataque lo pilló desprevenido, pero no tardó ni un segundo en reaccionar y responder con el mismo frenesí mientras me atraía contra su cuerpo, haciendo cada vez más difícil respirar y pensar en nada que no fuera él.

— ¡ Titaaa! —Un grito me hizo separarme de él, asustada—. ¡Qu e eztoy haciendo piz !

No sabía si reír o llorar. Sin saber qué hacer, me di la vuelta mientras Pablo se echaba a reír.

—Ay, cariño, no te habíamos visto.

—Ya he terminado, pero sabez que hay que llamar antez de entrar en el baño.

—Sí, cariño, lo sé. Pero es que a Pablo se le metió algo en el ojo y le molestaba mucho. Ya está bien. Vamos a que soples la vela de la tarta.

Salimos los tres del baño, rezando para que nadie hubiera oído el grito de mi sobrino.

— ¿ Qué hacéis los tres ahí? —preguntó mi madre con la tarta en la mano.

—Ya vamos, yaya, ez que a Pablo ze le había metido una coza en el ojo y la tita ze la eztaba zacando —dijo mientras se acercaba con su cara de pillo a mi madre y le hacía un gesto para que se agachara, como cuando quería decirle algo bajito.

Mi madre se inclinó hacia él—. La tita ze pienza que zoy pequeño y no lo zé , pero no tenía nada en el ojo, ze eztaban dando un bezo de novioz .

Dicho esto, se dio la vuelta y salió corriendo al salón, dejándonos a los tres con los ojos como platos y, a mí, sin saber dónde esconder la cabeza.

—Amigos…, ya —dijo mi madre mientras iba hacia el salón detrás del niño.

—Nos pillaron. —Pablo se encogió de hombros.

—Lo siento, Pablo, no quería que pasara esto. En cuanto pille a mi sobrino por banda, se va a enterar.

—No digas tonterías, es un niño adorable. Siento que tu plan de ocultar lo nuestro no haya funcionado.

—No te preocupes, he sido yo la que se ha lanzado a tus labios sin control.

—Eso me ha gustado, aunque tengo que reconocer que cuando he oído el grito de Raúl, casi me da un ataque de pánico, primero, y de risa, después.

—Calla, no me lo recuerdes. —Me atrajo hacia él y yo me dejé hacer; ya me daba igual. Total, ya se habían enterado todos—. Creo que no he pasado más bochorno en toda mi vida. Menos mal que era mi sobrino, imagínate que hubiera sido mi madre.

—O, mejor aún, tu padre. —Nos reímos los dos.

—Puf, ni lo digas, solo de pensarlo me entran escalofríos. ¿Preparado para lo que viene ahora? ¿Eres consciente de que ahí dentro todos saben lo que ha pasado?

—Sí, lo soy. —Me ofreció la mano—. Venga, vamos dentro, cariño.

Reuniendo toda la fuerza de la que era capaz, entré en el salón. Las conversaciones se silenciaron al vernos entrar de la mano.

—Ya estamos aquí. Antes de cantar el Cumpleaños feliz y soplar las velas, vamos a empezar de nuevo, ¿vale?

—dije mirando a mi madre—. Pablo, esta es mi familia.

Familia, este es Pablo, es muy pronto para decir novio, pero sí es un amigo muy especial.

—Le di un beso rápido en los labios que todos vitorearon—. Ahora, ¿dónde está el cumpleañero?

El resto de la tarde transcurrió entre bromas, charlas y alguna copita. Mi madre nos miraba sonriendo a Pablo y a mí. Sabía que, después de lo que había pasado, me había costado recuperarme, y verme así, de nuevo feliz con un hombre, la hacía sentirse feliz a ella también.

Ya eran casi las nueve de la noche cuando Pablo y yo nos levantamos para marcharnos.

Después de todo, no había estado tan mal el día, y, con una sonrisa en la cara, todos se acercaron a despedirse de nosotros.

Mi hermana fue la última de la que nos despedimos.

Al darle un beso, le susurré al oído para que no lo oyera nadie más que ella:

—Y, por cierto, para que no quepan dudas, Diana, sí que me lo estoy tirando, y sí, tiene un culo impresionante. —Le guiñé el ojo, le di un cachete y me alejé, tomando de la mano a Pablo.

—¡Esa es mi hermanita! —gritó antes de cerrar la puerta.