Diario de una soltera convencida Capítulo 27
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Capítulo 27

A las tres de la tarde, y después de que Pablo cambiara el traje de chaqueta por un vaquero y una camisa, llegamos a casa de mis padres. Al aparcar, y antes del salir del coche, Pablo me miró fijamente; sabía que algo me pasaba.

—Ana, ¿qué ocurre? Llevas callada demasiado rato, y eso no es normal en ti —intentó bromear para aliviar el ambiente, pero al ver que mi gesto permanecía serio, me tomó las manos—.

¿ Estás bien? Si aún no te sientes preparada para esto y no quieres que esté aquí, solo dilo.

No quiero que pases un mal rato por algo que podemos evitar.

No hay problema, me marcharé, y esta tarde podemos quedar cuando hayas terminado con tus obligaciones familiares.

—No es eso. Quiero que estés aquí, pero me da miedo la reacción de mi familia. —Su gesto también cambió al oírme decir eso—. No me interpretes mal, sé que vas a encantarles, y ese es el problema. Van a acribillarte a preguntas, y a mí van a volverme loca, y no quiero que…

—Ana, lo digo en serio, no hay razón para preocuparse. No me importan las preguntas. Tengo una familia, y sé cómo pueden ser con respecto al tema de las parejas. Pero si tú no estás preparada para responder a esas preguntas, no tengo problema en marcharme a casa ahora mismo.

«¿ Qué estás haciendo? Otra vez con tus malditas dudas, Ana. Ya está bien » .

—Ayer dije que se acababan las dudas y no voy a volver a ellas, pero si no te importa, dejamos lo de presentarte como mi novio para otro día y hoy nos conformamos con « mi amigo » . —Sonreí y me acerqué para besarlo—. ¿Te parece bien?

—Estoy de acuerdo con lo que tú decidas. Iremos al ritmo que tú quieras.

Más segura, volví a besarlo y, con una gran sonrisa, llamé al telefonillo. La puerta ya estaba abierta cuando llegamos arriba, y desde la entrada se oía el alboroto. Todo el mundo había llegado.

— ¡ Ana, estamos en la cocina! —gritó mi madre por encima del bullicio—. Necesito ayuda.

Pablo me apretó la mano y le dediqué una mirada de sincero agradecimiento. Hora de enfrentarse a mi familia.

—Hola, mamá —saludé entrando en la cocina—, siento haber llegado tarde, pero tenía unas cosas que hacer.

—No te preocupes. Lleva esas bandejas al salón. Ya han llegado tus tíos también, y estoy en mitad de una crisis con el maldito horno y las patatas.

Tan enfrascada estaba que ni siquiera se había dado cuenta de que Pablo estaba a mi lado.

—Mamá, espero que no os importe, pero he venido acompañada.

En ese momento, mi madre volvió la cabeza como si hubiera escuchado la revelación sobre el misterio de la vida humana, y, esbozando su mejor sonrisa, se aproximó a Pablo y a mí.

—Por supuesto que no, Ana, vaya tontería. Los amigos de mi niña son siempre bien recibidos en mi casa. Hola, soy Almudena. —Le dio dos besos.

—Mamá, él es Pablo .

—Encantado de conocerla, Almudena.

—Ay, hijo, no me trates de usted que me haces sentir más vieja de lo que soy. —Mi madre mir ó de arriba abajo a Pablo.

—¿Vieja? ¿Cómo dices esas cosas? Si estás estupenda. Además, tengo que decirte que huele de maravilla, se me está haciendo la boca agua.

Minipunto para Pablo; una a la que ya tenía en el bote.

—Pablo —lo alejé de la órbita de mi madre—, vamos al salón, así te presento al resto de la familia.

—Sí, hija, tú ve , pero ahora vuelves para ayudarme. —Se dio la vuelta sin ni siquiera disimular una sonrisa de satisfacción.

El salón de mi casa era como una jaula de grillos en esos momentos. Mi padre, mi hermano y mi tío comentaban a voz en grito, la manera habitual de hacerlo en mi casa, el partido de la noche anterior. Mi hermana y mis tías observaban y charlaban mientras mi cuñada daba el pecho a mi sobrinita.

—Titaaa —gritó mi sobrino saltando sobre mí—, ez mi cumple.

—Ya lo sé, mi niño, muchísimas felicidades. —Lo abracé y lo llené de besos—. Déjame que te tire de las orejas. —Sonreí al ver cómo giraba la carita para que le pudiera tirar de la oreja—. Uno, dos, tres y cuatro —le di cuatro pequeños tirones—, ya está.

—No, tita, falta uno. Cumplo cinco añoz —me regañó mientras me enseñaba su manita extendida.

—Es verdad, vaya cabeza la mía. Y cinco. —Tiré nuevamente—. Raúl, ¿vas a saludar y dar un besito a mi amigo Pablo?

— Zi. —Se bajó raudo de mis brazos y se acercó a Pablo, que se agachó para estar a su altura—. Hola, yo zoy Raúl, y hoy ez mi cumple.

—Hola, yo soy Pablo. —Cogió al ni ño en brazos y le dio un beso— . Ya me lo ha dicho tu tita. Muchas felicidades, ¿puedo yo también tirarte de las orejas?

— Zi. —Se volvió a girar y Pablo repitió el gesto que yo había hecho poco antes—. ¿ Erez el novio de la tita? —preguntó, dejándome sin saber dónde meterme ni a dónde mirar. ¿Sería posible el niño? ¡Era peor que mi madre!

—Tu tita y yo somos amigos.

— ¿ Por qué? ¿No te guzta la tita? Ez mu guapa. Yo tengo trez noviaz , pero voy a romper con una porque me ha dicho mi amigo que le guzta y no quiero que mi amigo ze enfade.

—Ale, Raúl, deja ya de cotillear y vete con papá, que te está llamando.

Cuando el niño salió corriendo, miré a Pablo y los dos nos echamos a reír.

—No me lo puedo creer, esto es lo que me faltaba. El cotilleo debe de ser el deporte nacional en mi familia.

—Hay que reconocer que es una monada —bromeó Pablo.

—Sí, una monada, pero pronto empieza a parecerse a su abuela. Anda, vamos.

No nos habíamos sentado a comer todavía y Pablo ya se había ganado a toda mi familia.

Había hablado de deportes con los hombres y les había prometido entradas para algún partido.

Con una sonrisa encantadora, había hecho arrumacos a la pequeña Elisa mientras a todas las féminas de mi familia se les caía la baba al verlo con la niña en brazos. A la que más, a mí, no puedo engañaros.

Durante la comida, Pablo participó de forma activa en todas las conversaciones, animó a mi hermana con la beca Erasmus que ya había solicitado y escuchó los problemas laborales de mi hermano. Incluso se ofreció a ponerlo en contacto con un abogado laboralista amigo suyo.

—Pero mira que eres apañao —dijo, emocionada, mi madre—. Anita, ¿dónde habías escondido a este amigo tuyo que no nos lo habías presentado? Y cambiando de tema, ¿a qué te dedicas? ¿Vives en Madrid? ¿Estás casado?

Había llegado la hora del interrogatorio.

—Mamá, por favor. —La miré poniendo los ojos en blanco.

—Calla, Anastasia, deja que el chico hable —intervino mi tía.

«Perfecto, ya ha dicho mi nombre».

—Tranquila. —Pablo me sonrió poniendo una mano en mi pierna, gesto que no pasó desapercibido a la escrutadora mirada de mi madre—. Sí, vivo en Madrid, no estoy casado y la verdad es que no sé explicarte muy bien a qué me dedico.

—Mamá, Pablo es el mejor amigo y agente de Adrián Castillo.

— ¡ Lo sabía! —gritó mi hermana—. Sabía que te había visto en alguna parte, me sonaba muchísimo tu cara. Estabas el otro día en la rueda de prensa que dio Adrián tras el accidente.

—Pero, Ana, ¿por qué no lo has dicho antes? ¡Qué vergüenza! C ó mo tengo la casa…

—Tienes una casa preciosa, Almudena, con mucho gusto y muy acogedora.

Y de esa forma mi madre cayó rendida a sus pies definitivamente.