Capítulo 26
Esa mañana me encontraba bien, después de mucho tiempo me sentía viva.
Era feliz, así que, con mi iPhone en el bolsillo de la camisa que la noche anterior llevaba Pablo, cerré la puerta de la habitación y me puse a bailar y cantar por toda la casa al ritmo de mi lista de reproducción favorita.
Me gustaba tener de todo un poco entre mis canciones, desde esas que me hacían llorar para los días en los que estaba de bajón hasta las de subidón, ideales cuando mi estado de ánimo flotaba, como ese día, por las nubes.
Mientras ponía la cafetera y buscaba una bandeja para llevar el desayuno a Pablo a la cama, temí que la noche anterior hubiera sido solo un sueño.
Si no hubiera sido porque Pablo dormía en mi habitación, todo me habría parecido demasiado irreal.
Exprimí unas naranjas para hacer zumo y preparé el pan para tostarlo al ritmo de David Guetta, con el mismo ímpetu que ponían los alumnos de la famosa academia de Fama , sin darme cuenta de que alguien me observaba divertido desde la puerta.
—Vaya marcha que tienes por las mañanas —escuché la voz de Pablo, apoyado en la puerta y vestido únicamente con el b ó xer. Me miraba con una sonrisa que, estoy segura, derretiría los polos con más rapidez que el famoso efecto invernadero.
—Hola —dije muerta de la vergüenza—. Lo siento, te he despertado con el ruido.
—No, tranquila. —Se acercó y me dio un beso—. Me he despertado y no estabas a mi lado. Me ha llegado el olor a café y he imaginado que estabas aquí. Te he visto tan entregada a la música que no he querido molestarte; parecías una bailarina profesional.
—Deben de ser las clases de ballet a las que mi madre me obligó a asistir a los diez años.
—Seguro que estabas monísima con el tutú rosa y los moñetes en el pelo.
—La verdad es que a la cuarta clase me echaron de la academia. Siempre he sido más de fútb ol, y tanto tutú no iba conmigo. —Me reí al recordar a mi pobre profesora explicándole a mi madre que quizá el ballet era demasiado fino para mí.
—¿Te echaron? —dijo con una carcajada.
—Sí, así que me quedé en eso de pli é y demi pli é . —Ejecuté la postura inicial de ballet y realicé la figura.
—No está mal. —Me guiñó un ojo—. ¿ Qué escuchabas? —Señaló los cascos, que ahora colgaban de mi cuello.
—David Guetta.
—Eres una caja de sorpresas, no te imaginaba escuchando eso.
—¿Por qué? ¿Qué pensabas que podía escuchar? ¿Manolo Escobar?
—No. —Se rio ante mi ocurrencia—. No sé, otro estilo.
—Pues me gusta David Guetta. Escucho casi de todo, depende mucho de mi estado de ánimo, y hoy, como estaba de subid ón, nada mejor que David Guetta, ¿ no?
—Así que estas de… ¿ subidón, has dicho? —Llegó hasta mí con voz seductora—. ¿A qué se debe ese subidón?
—No sé. —Me abracé a él mientras acariciaba su pecho desnudo—. Quizá se deba a que he pasado una gran noche con un hombre asombroso y hoy me siento bien.
—¿Sabes que yo también pasé una gran noche?
—Ah, ¿sí? —Enredé mis dedos entre su pelo, jugueteando con él.
—Pasé la noche con una mujer maravillosa que, aunque no tenga demasiadas aptitudes para el ballet…
—Oye —le di un leve codazo en el abdomen, tratando de parecer ofendida—, ¿c ómo que no tengo aptitudes para el ballet?
—No me has dejado terminar. Iba a decir que, aunque no tenga demasiadas aptitudes para el ballet, sí tiene las necesarias para volverme loco en la cama, y fuera de ella.
Me dio un beso que me dejó sin respiración. Cuando decía cosas así era incapaz de pensar con claridad; sus palabras me nublaban la razón y sus besos me dejaban paralizada por completo.
—Estaba preparando el desayuno para llevarlo a la cama. —Me separé un poco de él, intentando que mi voz y todo mi cuerpo dejaran de temblar como una hoja.
—Mmm, me parece una gran idea, pero antes del café y las tostadas me está apeteciendo otro desayuno.
Noté c ó mo sus dedos comenzaban a subir por mis piernas desnudas, y, de un solo impulso, me alzó a la vez que enroscaba mis piernas en su cintura.
—Espera un segundo. —Alargué la mano y desenchufé la cafetera y la tostadora—. No me gustaría que incendiáramos todo el edificio.
—Tú sí que me incendias a mí. —Volvió a besarme mientras nos dirigía a ambos de nuevo a mi cama, me quitaba la camisa y comenzaba a recorrer mi cuerpo con su boca, volviendo a inflamar el deseo.
Después de hacer el amor apasionadamente, desayunamos en la cama entre bromas y confidencias.
En los últimos años no habían pasado por mi cama muchos hombres, pero las veces en que alguno lo había hecho me había sentido rara después del sexo.
Nunca había desayunado con ninguno en la cama, y mucho menos solo con la ropa interior.
Con Pablo era diferente. Me sentía extrañamente relajada con él.
—Por cierto —dejó la taza vacía sobre la bandeja y se tumbó a mi lado—, me gusta tu tatuaje —dijo mientras acariciaba y recorría con la yema de sus dedos el pequeño dibujo de un sol entre las nubes justo encima de mi ingle—. ¿Significa algo?
—Lo cierto es que sí, para mí es un recuerdo de que hay esperanza. Como diría Shakira: «C uando menos te lo esperas, sale el sol » .
— ¿ Y eso?
—Una larga historia, algún día te la contaré.
—Tranquila, ya habrá tiempo. Bueno, y cambiando de tema, ¿qué vamos a hacer hoy?
—Pues no lo sé. De momento, voy a empezar llevando todo esto a la cocina y a darme una buena ducha.
—No te preocupes por esto. —Cogió la bandeja con los platos y tazas del desayuno—. Yo me encargo. Tú has preparado todo, así que yo friego.
Me levanté y le di un beso antes de encaminarme al baño. Necesitaba un rato de soledad para poder pensar, y una buena ducha me ayudaría a aclarar las ideas. Abrí el grifo del agua caliente y esperé hasta que el agua alcanzara la temperatura adecuada.
Aún me costaba creer que Pablo estuviera en ese momento en mi cocina fregando las tazas del desayuno que habíamos compartido en mi cama después de volver a hacer el amor.
Entré en la bañera y ahogué un grito de júbilo.
Hacía mucho que no experimentaba esa felicidad que ahora mismo estaba sintiendo y, con una sonrisa, dejé que el agua cayera sobre mi cuerpo mientras me lavaba el pelo y canturreaba distraída.
La mampara de la ducha se abrió, y allí estaba mi adonis particular, desnudo y con una mirada que hizo que se me abrasara la piel y se me secara la garganta. « Dios mío, este hombre me va a volver loca » , pensé mientras recorría con lujuria y deseo toda su perfecta anatomía.
— ¿ Qué haces?
—Pues mira —entró en la ducha conmigo y el agua comenz ó a caer también sobre él—, he oído que hay sequía y que es bueno ahorrar agua, así que he pensado que, para no malgastar, mejor me metía contigo y así ahorrábamos un poco. Los embalses del Canal seguro que nos lo agradecerán.
—Claro, los embalses del Canal; hay que ahorrar. —Lo miré embelesada mientras el agua corría ya por su hermoso rostro y por su cuerpo.
—Por supuesto, Ana, yo estaba pensando únicamente en ahorrar. Ya sabes lo que dicen…: el agua es vida.
Sin dejarme un segundo para replicar, se acercó a mí y comenzó a jugar con mis labios, primero mordiéndolos y después besándome con una fuerza tan arrolladora que tuve que echar los brazos a su cuello al sentir mis piernas flaquear.
—Pero ahora que estoy aquí, se me ocurren un par de cositas que hacer.
Un rato después, sentada en el baño con una toalla alrededor del cuerpo, aún me acaloraba al pensar en la ducha con Pablo. Bueno, y en lo que habíamos hecho dentro de la ducha.
Me estaba secando el pelo mientras Pablo terminaba de ducharse cuando oí el sonido de un WhatsApp en mi móvil.
Lo cogí y vi que tenía un par de llamadas y varios mensajes.
Debían de haber llamado cuando Pablo y yo estábamos en la ducha, y obviamente no estaba disponible para atender el móvil en esos momentos ni para escucharlo.
Miré las llamadas: eran de mi madre, y después vi los mensajes: un par eran de mi amiga Gema para vernos y el otro, de mi hermana
Hermanita, me debes cuarenta euros del regalo de tu sobrino. Te veo luego en casa. Un beso.
El cumpleaños de mi sobrino Raúl, ¡ lo había olvidado por completo! Miré la hora, eran casi las dos de la tarde. Se suponía que tenía que estar a las tres en casa de mis padres.
—¡Mierda! —Dejé el móvil sobre la mesilla justo cuando Pablo salía de la ducha con la toalla en la cintura. « Pueden dejar de buscar la octava maravilla del mundo, acabo de encontrarla… ¡y está en mi casa! ».
—¿Qué te pasa?
—Había olvidado que hoy tengo comida familiar en casa de mis padres. Es el cumpleaños de mi sobrino Raúl y no puedo faltar. Mis padres me matarían, y mi hermano no me lo perdonaría. Lo siento, Pablo, no me había acordado.
—Tranquila, preciosa, puedo ir contigo. No te preocupes.
Un segundo… ¿Acababa de decir lo que yo creía que había dicho?
—¿Qué?
—He dicho que puedo ir contigo, si tú quieres, claro. No tengo planes para hoy y quiero pasar el día contigo.
—¿Lo dices en serio? ¿De verdad estarías dispuesto a venir a mi casa, al cumpleaños de mi sobrino?
—Claro, Ana, ¿por qué no? No me parece tan descabellado.
—Es que tú no sabes cómo es mi familia…
—Me imagino que como todas —reiteró con una sonrisa.
—No, qu é va. En cuanto me vean llegar con un hombre, van a querer saberlo todo, y no podrás huir de mi madre, y mucho menos de mi tía.
—Podré soportarlo.
—De acuerdo, pero si te someten a un tercer grado en cuanto te vean entrar por la puerta, no digas que no te avisé.
—Tranquila, sabré sobrellevarlos. —Me guiñó un ojo.
Definitivamente, me estaba volviendo loca por ese hombre.
—Está bien, ¡ que Dios nos pille confesados! —dije teatralmente—. Vámonos de cumpleaños.
— ¡ Perfecto! —Vino hasta mí y me dio un beso—. Antes de ir donde tus padres, si no te importa, me gustaría pasar un momento por casa para cambiarme de ropa.
—Como quieras. —Volví al baño para secarme el pelo y maquillarme. Antes de encender el secador, me giré hacia Pablo; había un asunto que me rondaba la mente y, si no lo decía, iba a explotar—. Una última cosa, Pablo: ¿y cómo te voy a presentar? —Lo miré inquieta.
—Hombre, pues me imagino que por mi nombre. Pablo estaría bien. —Sonrió. Era consciente de a qué me refería.
—No quiero decir eso, sino qué voy a decir que eres.
—Agente deportivo creo que es bastante acertado—. Sonrió de nuevo, pero al ver que mi cara seguía seria, me levantó la barbilla para que mis ojos quedaran frente a los suyos y contestó con una media sonrisa encantadora—. No lo sé, ¿qué te parece algo parecido a tu novio?