Capítulo 25
Habíamos seguido besándonos junto a su coche, disfrutando del sabor de nuestros labios. Una ráfaga de aire frío hizo que estornudara inoportunamente cuando las manos de Pablo comenzaban a recorrer mi espalda.
—¡Jesús! —dijo con una sonrisa deliciosa—. Creo que deberíamos continuar con esto en tu casa, o mañana tendrás una pulmonía de la cual no me gustaría sentirme responsable.
—Ajá —accedí mientras seguía depositando besos en su cuello.
—Ana, ¿ me estás escuchando? ¿Subimos?
—Ajá —repetí, centrada en mi único interés inmediato: quitarle la corbata y desabrochar la camisa.
—Eres increíble. —Sujetó delicadamente mis manos, consiguiendo que enfocara mi atención en sus palabras—. Cariño, será mejor que pares de hacer eso aquí, en la calle, o no voy a poder contenerme y vamos a montar el numerito a la vista de todos.
«¿ Cariño ? ¿Me ha llamado cariño ? » . A regañadientes me aparté, lo justo para que me tomara de la mano, pero en la puerta tuve que soltarlo para buscar las llaves de mi casa en el bolso, lo que se convirtió en una ardua tarea a pesar de las pequeñas dimensiones de este.
—¿Se puede saber dónde se han metido las malditas llaves?
—grité nerviosa pillando por sorpresa a Pablo, que empezó a reírse con fuerza—.
Pon las manos y sujeta —le indiqué mientras le daba el bolso y yo inspeccionaba con detenimiento dentro—.
Móvil, pintalabios, monedero, kleenex , espejo, un…
, esto mejor lo olvidamos —dije mientras guardaba un tampax en mi mano—, tus llaves…
¡Aquí están! ¿Pensabais que iba a ser tan fácil esconderos de mí, llaves del diablo?
—Estás loca. —Sin parar de reír, Pablo me atrajo hacia él. Me encantaba oír su risa.
—¿Así que crees que estoy loca? —pregunté fingiendo cara de ofendida. Fallé en el intento: las comisuras se arquearon poco a poco hasta que mi boca se torció en una sonrisa.
—Sí, pero me encanta tu locura. Me encantas toda tú. Eres una loca adorable.
Volvió a tomar mis labios entre los suyos; primero, con ternura, deleitándose en ellos, recorriéndolos poco a poco con su lengua, y después, con pasión, dejándome sin aliento.
—Vamos, abre esa puerta ya y subamos para que pueda demostrarte lo adorable que me resultas —dijo tras darme un leve mordisco y dejarme más encendida que las hogueras en San Juan.
Mientras esperábamos a que llegara el ascensor las manos de Pablo se colaron por mi abrigo, llegando hasta mis brazos, acariciándolos con dulzura.
Cuando el ascensor empezó a subir, Pablo me aprisionó contra la pared y empezó a quitarme las horquillas del pelo para soltar el recogido que llevaba.
Fue depositando un reguero de besos desde mi hombro desnudo hasta la clavícula.
Salimos del ascensor casi a trompicones, entre besos, caricias y risas.
Al llegar frente a mi piso, una imagen de mi casa me vino a la mente.
—Espera, espera —dije mientras detenía los besos de Pablo.
—¿Qué pasa, Ana? No irás a arrepentirte ahora.
—No, no es eso. Solo necesito que me des unos minutos. He salido deprisa y corriendo hacia la fiesta, he dejado la casa manga por hombro, con la ropa por medio y…
—No me importa cómo esté la casa. —Siguió besándome. Bajó el tirante del vestido y me dio un mordisco en el hombro para después aliviar la presión con más besos tiernos.
— ¿Qué vas a pensar de mí?
—Mira, Ana, —me empujó contra su cuerpo con un rápido movimiento—, ten por seguro que cuando crucemos esa puerta lo que menos me va a importar es que la casa tenga trastos por medio o que los platos estén sin fregar.
Tengo la intención de que toda esta ropa que llevas ahora esté en el suelo en menos de un minuto, así que abre ya o te juro que te la arranco en este descansillo y te hago el amor sobre la moqueta.
Sus palabras me resultaron del todo convincentes. Entramos en el ático al tiempo que Pablo cerraba la puerta y se lanzaba sobre mí igual que un león a por su presa. En su mirada pude leer el mismo deseo que en ese momento recorría cada centímetro de mi cuerpo.
No sé cómo lo hizo, pero en tan solo unos segundos, mi abrigo, junto al vestido, estaba ya tirado en el suelo.
Sin perder un momento, comencé yo también a desnudarlo.
La visión de Pablo sin camisa me dejó sin palabras: era sencillamente espléndido.
Cada músculo de su pecho estaba bien definido, delineado como a cincel, y una leve capa de suave vello oscuro cubría el abdomen, difuminándose en un fino y delicioso pasillo que se perdía en la cinturilla de sus pantalones de sastre negros.
Al principio me sentí cohibida —mi cuerpo no era precisamente perfecto—, sin embargo, una vez que estuve en ropa interior frente a él, Pablo se acercó a mi oído:
—No sabes las ganas que tenía de quitarte ese vestido. Me moría de ganas por besar las curvas que se intuían y que me llevan torturando toda la noche.
Me besó con dulzura y fue quitándome la ropa interior. Al oír su voz, todos mis miedos desaparecieron y, después de muchos años, volví a sentirme sexy y deseada.
—Ana, eres preciosa —dijo acariciando la sensible piel de mis pechos, haciendo que todo mi cuerpo se tensara y los pezones se endurecieran. Mi bajo vientre se sintió despertar y pedía más, más caricias, más besos y, sobre todo, más de Pablo.
La excitación era tan intensa que sentía que iba a estallar.
Con un movimiento experto, Pablo me tomó en brazos y, atravesando el salón de mi casa, llegó hasta el dormitorio, donde me depositó en la cama.
Poco a poco fue cubriendo de caricias y besos toda mi piel, desde las cumbres rosadas de mis pechos hasta el lugar más íntimo de mi cuerpo, provocando que un gemido intenso de placer escapara de mi garganta cuando sus dedos se perdieron en mi sexo, a la vez que volvía a recibir sus labios sobre los míos.
Sus movimientos certeros, a veces más lentos y otras más rápidos, me llevaron a un orgasmo que me cogió de improviso por su rapidez.
Totalmente desnuda y con una seguridad que me sorprendió a mí misma, me levanté para terminar de desvestirlo.
Con un leve empujón, lo tumbé en la cama y me senté a horcajadas sobre él mientras iba recorriendo toda su figura con la lengua.
Cuando sentí que me estremecía de la tensión, Pablo volvió a incorporarse para coger un preservativo y, sin dejar de besarme, invadió todo mi cuerpo.
Primero lentamente, hasta que nos acomodamos el uno al otro, y después aumentó la intensidad.
La fuerza de sus movimientos se incrementó hasta que noté que todo mi cuerpo ascendía en un éxtasis de placer y un grito brotaba de mi boca, al tiempo que sentía cómo él también alcanzaba el orgasmo y se hundía más en mí mientras ahogaba su pasión en mis labios.
Exhaustos, Pablo me abrazó hasta que el ritmo de nuestros corazones volvió a la normalidad. Mientras con una mano me sujetaba junto a su pecho, la otra dibujaba cosquillas en mi brazo.
—¿Estás bien? —preguntó después de un rato abrazados en silencio.
—Mejor que bien. —Me incorporé, apoyándome sobre su pecho, para poder mirarlo a la cara. Parecía imposible, pero estaba aún más—. Ha sido increíble.
—Tú eres increíble, cariño. —Depositó un suave beso en mi clavícula—. Había imaginado muchas veces cómo sería tenerte entre mis brazos y…
—¿Ha sido mejor o peor de lo que imaginabas? —La duda se dibujó en mi cara junto al miedo a haberlo decepcionado.
—Mejor, mucho mejor —me tranquilizó, y con una sonrisa pícara volvió a colocarse sobre mí—. Me ha gustado tanto el primero que creo que deber íamos ir a por un segundo —decía a la vez que comenzaba a verter de nuevo caricias sobre mi cuerpo.
—Me parece una gran idea. —Lo abracé y sentí c ó mo toda mi piel despertaba de nuevo a su tacto.
Cuando desperté eran más de las seis de la mañana y estaba tumbada en mi cama viendo cómo Pablo dormía plácidamente a mi lado. «¡¡¡Sí, Pablo duerme a mi lado!!!».
No os podéis imaginar lo que significaba ese momento para mí. Hacía casi dos años que no compartía mi cama con un hombre y ahora había uno en ella, y no era cualquiera. Era Pablo.
Dormía boca abajo, desnudo, tapado solo por el edredón, lo que me daba la posibilidad de disfrutar de la visión de su increíble anatomía.
¡Qué espalda! Debajo de la ropa se intuía un cuerpo fibroso y bien moldeado, pero no podía ni imaginarme hasta qué punto: era como un dios griego salido del mismísimo Olimpo.
Me entraban calores solo con pensar en todo lo que había ocurrido la noche pasada.