Capítulo 24
Era consciente de que la música había terminado y de que estaba haciendo el ridículo, pero era incapaz de separar mi cuerpo del de Pablo.
Me sentía cómoda entre sus brazos, me invadía una sensación de seguridad que hacía mucho tiempo que no experimentaba.
En lugar de distanciarme, estreché aún más el abrazo y me aferré a su cuerpo buscando su calor.
El mundo que nos rodeaba no tenía importancia en ese momento.
Fue al escuchar su risa cuando me aparté, una vez más, colorada como un tomate.
—Lo siento —dije sin levantar la vista de sus zapatos.
—No tienes que sentir nada. —Alzó mi cara para que lo mirara—. Habría alargado la canción toda la noche solo por el placer de tenerte entre mis brazos.
—Hacía mucho tiempo que no bailaba con nadie y me he dejado llevar.
—Me encanta cuando te dejas llevar —susurró con su voz más sensual. Me temblaron hasta las rodillas al sentir su aliento en mi cuello—. Sabes que tenemos una conversación pendiente, ¿verdad? ¿Quieres seguir bailando o vamos a algún lugar tranquilo?
Ahí estaba el momento . Tenía que llegar. Había sido consciente de ello durante toda la noche, pero… ¿tenía que ser ya? Me habría encantado poder disfrutar un poco más de mi sueño. Además, a ún no tenía una decisión tomada. ¿ Por qué no podían ser las cosas más sencillas?
—Busquemos un lugar para poder hablar. —Tomó mi mano entre las suyas y me arrastró fuera de la zona de baile, donde ya empezaba una nueva canción. Yo me dejé guiar sin hacer más comentarios.
¿Qué estaba haciendo? ¿Qué esperaba de mí? ¿Qu é se suponía que iba a decir? ¿Por qué me metía en esos líos? Al fondo del salón vislumbré una de las salidas de emergencia. ¿Debería salir huyendo? « Ana, compórtate como una mujer adulta y no como una cría de quince años».
—¿Te parece bien si entramos aquí? —Escuché la voz de Pablo y fui consciente de que estábamos solos y lejos de la multitud que llenaba el salón; solo pude asentir.
Abrió la puerta. Todo estaba en penumbra salvo por la claridad que se colaba entre los estores. Fue en ese momento cuando Pablo se quedó parado, haciendo que chocara con él.
— ¿ Qué pasa? —dije sin entender nada.
—Será mejor que busquemos otro sitio, creo que este está ocupado.
Entonces me llegaron las risas y pude distinguir el contorno de dos bultos que se movían.
¡ Dios mío, qué vergüenza! Reprimiendo la risa y dando media vuelta, salimos de allí.
Al cerrar, oí una risa familiar, una risa contagiosa que había oído durante los últimos años casi a diario, y reconocí uno de los bultos… Paola.
Y de inmediato supe a quién correspondía el otro… Adrián.
Me percaté de lo que esas risas y esos bultos significaban: Paola se lo estaba montando con Adrián en la fiesta de Navidad, delante de las narices de cientos de personas, de todos sus jefes y de mí. Notaba c ó mo mi cara se iba poniendo blanca por la impresión.
—Ana, ¿ qué pasa? —Pablo me miró asustado.
—¿Será posible? —fue lo único coherente que fui capaz de decir—. ¿C ó mo pueden ser tan descarados?
—¿Quién?
—¿Quién va a ser? Tu amigo y mi amiga.
—¿Paola y Adrián?
—Sí, reconocería la risa de Paola en cualquier lugar del mundo.
Teniendo en cuenta los acontecimientos de la noche y que llevo sin verlos desde hace un buen rato, te puedo asegurar que esos que se lo están pasando bien ahí dentro son ellos.
Lo que me faltaba. Tu amigo no tenía bastantes problemas: su novia monta el numerito de la noche, y ahora está ahí… ¡tirándose a mi asistente!
—Tranquila, Ana—trat ó de calmarme para que dejara de dar la nota—. Nos están mirando, por favor. Vámonos de aquí, creo que la fiesta ha terminado.
—Sí, por favor, sácame de aquí o te juro que soy capaz de entrar ahí y sacar a Paola de las orejas.
Pablo volvió a tomarme de la mano y nos acercamos a recoger nuestros abrigos.
Ricardo no pudo disimular su cara de sorpresa al ver que nos íbamos juntos.
En el trayecto hasta el coche, por alguna razón que no lograba entender, mi enfado crecía por momentos.
¿Por qué me había puesto así? ¿Por qué me importaba tanto si Paola se liaba con Adrián o no?
Los dos eran mayorcitos para saber lo que hacían y cometer sus propios errores.
Ninguno de los dos comentamos nada sobre lo que había ocurrido en la sala, ni siquiera cuando llegamos al coche y nos incorporamos al tráfico nocturno de Madrid. Recorrimos las calles desiertas sin dirigirnos la palabra. Cuando Pablo paró el motor, advertí el alcance de la situación.
—Hemos llegado. —Extrajo la llave de contacto del coche y me la mostró—.
A partir de aquí, tú decides qué hago con esta llave y qué pasará después.
Desde don de yo estoy, tengo dos opciones.
Puedo volver a meterla en el contacto, darte las buenas noches e irme a mi casa, y maña na seguimos siendo tan amigos.
Pero también puedo cerrar el coche, guardarla en mi chaqueta y subir a tu casa e intentar ver qué ocurre con lo nuestro mañana.
Yo sé lo que quiero hacer, lo llevo sabiendo desde hace muchos meses; ahora eres tú la que debe tomar esa decisión.
No vamos a hacer nada que tú no quieras.
Pablo había dejado las opciones muy claras y todas las cartas estaban sobre la mesa.
Era yo quien tenía que decidir de una vez por todas si estaba dispuesta a coger el toro por los cuernos y ver qué iba a pasar en nuestras vidas a partir de este momento, o salir huyendo como alma que lleva el diablo sin mirar atrás.
Ya sé que no estaba tomando la decisión que condujera a la paz mundial, pero sí se trataba de la decisión que podía llevar algo de paz a mi mente y a mi vida.
Tic, tac, tic, tac. La lucha en mi interior me desesperaba.
Sabía lo que quería hacer, y aun así tenía tanto miedo de hacerlo…
Salir de ese coche con Pablo significaba lanzarme a la piscina en plancha, con los ojos cerrados y sin la certeza de si habr ía agua en el fondo.
Sabía que no habría marcha atrás, que las cosas no volverían a ser nunca más como eran ahora.
Sabía que estaba traicionando todos mis principios de soltera convencida.
¿A quién quería engañar? Llevaba deseando durante semanas, puede que, durante meses, que aquello sucediera.
Las ventanillas del coche estaban comenzando a empañarse a causa de nuestras respiraciones. Fuera cada vez hacía más frío; dentro el aire se estaba cargando, y el aroma de Pablo inundó todos mis sentidos y se me impregnó en la piel.
Cerré los ojos y me dejé invadir por ese olor, dejando que traspasara mis defensas hasta el rincón más oculto de mi maltrecha alma. «¡Sé valiente!», gritaba mi subconsciente a pleno pulmón.
Abrí la puerta y, al cerrarla tras de mí, pude notar la decepción de Pablo y un suspiro de resignación. Rodeé el coche y, con resolución, abrí la puerta del conductor ante su mirada dubitativa.
—Sal del coche y dame la llave. Yo me encargo de guardarla —dije con una seguridad que no sentía, pero que trataba de transmitir a mi voz.
Mi subconsciente daba volteretas y hacía la ola mientras Pablo salía del coche y me entregaba la llave.
—Toda tuya. —Cogí el llavero y, apuntando al coche, cerré las puertas y lo guardé en mi bolso. La decisión estaba tomada.
Sus manos me acercaron a su cuerpo mientras contenía la respiración.
Alcé la cabeza para mirarlo a los ojos y estuve segura de que era lo correcto; le sonreí y me aproximé a sus labios.
Con una mirada picarona, le mordí el inferior y, cuando noté que una risa iba a escapar de su garganta, me lancé a su boca sin freno y con toda la pasión que llevaba semanas controlando.
Como si no existiera el mañana, como si todo se acabara esa noche, me dejé llevar por sus besos y sus caricias, sus labios y ese aroma que ahora me pertenecía.