Diario de una soltera convencida Capítulo 23
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Capítulo 23

La noche acabó tornándose en un esperpento digno de Valle-Inclán.

Lo que había empezado como una anécdota con el asunto del vestido terminó con Clarisa marchándose de la fiesta hecha una furia, después de propinarle una sonora bofetada a Adrián delante de todos, y no sin antes derramar una copa de vino sobre Paola.

Sí, sí, como lo leéis. Un espectáculo. ¿Qué pasó?

Os lo voy a explicar con todo lujo de detalles.

Todo transcurría con normalidad. Estábamos sentados los cinco en una mesa, charlando animadamente, después de nuestra estampida en grupo hacia el bufet.

Clarisa se había acercado, por fin, a la mesa con su plato, intentando participar en la conversación con resultados nada alentadores: nadie le hacía caso.

Pablo y yo comentábamos lo buena que estaba la comida mientras Paola y Adrián estaban…

¿cómo lo digo? La verdad, se habían pasado toda la cena tonteando.

Adrián era irresistible cuando sacaba a relucir su lado más encantador, y Paola no había resultado una presa difícil de atrapar.

No podía apartar la mirada de él ni dejar de reírle las bromas y de mostrarse seductora y coqueta.

La cara de Clarisa se había ido transformando a medida que avanzaba la noche.

Lo que había comenzado como un desplante sin importancia se estaba convirtiendo en una afrenta en toda regla, y se notaba por su gesto que, tarde o temprano, iba a saltar.

Por desgracia, mi intuición femenina no falló, y no había pasado ni una hora cuando Clarisa se levantó y le dijo a Adrián que quería hablar con él.

Pablo y yo intercambiamos una mirada significativa; intuíamos que la tempestad estaba a punto de desatarse.

Adrián, que también sabía lo que se le venía encima, la miró con cara de pocos amigos, pero se levantó y la siguió.

—¿Se puede saber qué estás haciendo? —Aprovech é ese momento para acercarme a mi amiga.

—¿Has probado este? —Me ofreció un pequeño canapé de salmón—. Está buenísimo, me comería toda la bandeja.

— ¿ Quieres dejar de desviarte? Me has escuchado perfectamente, ¿qué haces?

—Pues estoy cenando, ¿no lo ves?

—¡Paola! No te hagas la tonta, por favor.

—¿Qué quieres que te diga? Yo no estoy haciendo nada malo —dijo por fin—, solo estoy hablando con Adrián, no sé por qué te pones así.

—Paola, tú y yo conocemos la diferencia entre solo hablar y… algo más. Bueno, en realidad, tú, yo y toda la mesa, incluida Clarisa, su novia, ¿la recuerdas?

—Ana, no dramatices. Estamos en una fiesta y nos estamos divirtiendo, no es más que una conversación inocente.

—¿Inocente? Lo que me faltaba por oír. Eso es un tonteo en toda regla.

—Y si lo fuera, ¿ qué pasa?

—Pues que tiene novia.

—Exacto, tiene novia. No soy yo quien tendría que dar explicaciones en caso de que esto no fuera más que una conversación inocente. Creo que te has equivocado de persona a la que pedir…

Paola se calló. Desde la otra punta de la sala llegaban los gritos de Clarisa y Adrián, perfectamente distinguibles incluso por encima de la música y las conversaciones que, de repente, comenzaron a apagarse.

— ¿ Cómo tienes el valor de decirme eso? —Pudo entenderse con claridad a Clarisa.

Me sentía violenta. Todo el mundo se había percatado de la situación y cientos de caras se habían girado en su dirección.

Pablo fue el primero en intervenir y se acercó a la pareja para intentar calmar los ánimos, pero no pudo llegar hasta allí, ya que Clarisa volvía hacia la mesa con cara de muy pocos amigos.

Todo sucedió en un abrir y cerrar de ojos.

— ¡ Que te aproveche! —gritó mientras tomaba una copa de vino y la derramaba sobre el vestido de Paola—. ¡No quiero volver a verte en toda mi vida! —se dirigió a Adrián, que la había seguido.

Este trató de retenerla, pero antes de que pudiera siquiera ponerle la mano en el hombro, Clarisa se dio la vuelta y le soltó un bofetón.

Salió de la sala como alma que lleva el diablo y dejando tras de sí un murmullo de voces.

Fue Paola quien reaccionó en primer lugar: echó a correr hacia el baño.

Seguí sus pasos en cuanto fui consciente de la situación.

En el baño, Paola trataba en vano de limpiarse el vestido mientras maldecía.

—Será hija de…

—Paola, te lo advertí. Estabas jugando con fuego y ya sabes lo que pasa…

—¿Cómo? —Me miró como si hubiera dicho la cosa más estúpida del mundo—. ¿ Ahora resulta que la culpa la tengo yo? Encima la defiendes, después de lo que ha hecho. Está loca, es una demente, no sé cómo Adrián ha podido estar con una persona así.

—Paola, yo no la estoy defendiendo. Solo te digo que puedo entender por qué se ha puesto así. No estoy de acuerdo con su forma de actuar, aunque creo que tanto Adrián como tú os lo habéis ganado a pulso esta noche.

El sonido de unos golpes en la puerta interrumpió a Paola justo cuando tenía la respuesta a mi último comentario en la punta de la lengua. La conocía demasiado bien. La puerta se abrió: era Adrián.

—Paola, lo siento, ¿puedo hablar contigo? Me gustaría disculparme por la escenita que ha montado, me siento avergonzado. Hemos fastidiado toda la fiesta y hemos dado, sin duda, el espectáculo de la noche.

—Está bien, dame un par de minutos más. Salgo enseguida —dijo mientras seguía restregando la mancha.

Adrián desapareció tras la puerta dejándonos de nuevo en silencio, con el único sonido del agua al caer.

— ¿ No vas a rebatirme? —pregunté, asombrada ante su mutismo.

—No voy a decirte nada. Si eso es lo que opinas, estupendo.

Pensaba que eras mi amiga, y en lugar de apoyarme, te pones de parte de esa psicópata.

Ahora, si me perdonas, Adrián me espera, y a la vista de que esta mancha ya no va a salir de mi vestido, me gustaría oír lo que tiene que decirme y tomarme un par de copas más para olvidar que ahora mismo debo de ser la comidilla de toda la sala.

Salió sin darme opción alguna a réplica. Yo no había dicho nada malo, y mucho menos me había puesto del lado de Clarisa. ¡Faltaría más! ¡Como éramos tan buenas amigas! Y no era como si no le hubiera advertido a Paola.

¿Y Adrián? ¡Qué cara más dura! ¿Disculparse por la escenita que había montado Clarisa?

El primero que había montado la escenita había sido él.

Lo que no era normal era acudir a una fiesta con tu novia y pasarte toda la cena tirándole los trastos descaradamente a otra mujer delante de sus propias narices.

¿Por qué me importaba tanto todo aquello?

No era yo la que tenía una mancha en el vestido del tamaño de un elefante ni la novia ofendida, entonces, ¿ por qué tenía esa sensación de…

¡ cabreo!? Eso es, estaba cabreada. Con Paola, porque se había enfadado conmigo sin venir a cuento, solo por intentar comportarme como una buena amiga.

Con Clarisa, porque había arruinado una fiesta que marchaba sobre ruedas.

Con Adrián, porque… ¿Por qué estaba tan molesta con él? ¿Por qué me importaba?

En lugar de divertirme con Pablo, seguí en el baño dándole vueltas al asunto hasta que unos nuevos golpes y unos murmullos tras la puerta me devolvieron a la realidad.

Abrí, y fuera había un par de mujeres esperando para entrar.

Salí sin llamar la atención ni realizar ningún comentario ante sus miradas de desaprobación.

Necesitaba hablar con Paola y aclarar ciertos puntos que habían quedado en el aire tras su espantada del aseo.

Ya habían retirado las mesas de catering y todo estaba preparado para que comenzara la música.

Entre la multitud que se agolpaba en pequeños grupos para bailar y charlar, intenté localizar a Paola; no la veía por ningún lugar, y Adrián también había desaparecido misteriosamente.

Estaba tan absorta en mi inspección que hasta que no noté una respiración sobre mi hombro no me di cuenta de que Pablo estaba a mi lado.

—¿Me reservas la primera canción? —susurró cerca de mi oído, erizándome la piel.

—Tendré que mirar mi carné de baile.

Intenté bromear para disimular la sonrisa boba que tenía en ese momento en la cara.

Sin darme tiempo a reaccionar, me agarró del brazo.

Los primeros acordes sonaban cuando Pablo se acercó.

Me estrechó contra su cuerpo mientras yo me derretía entre sus brazos al son de la maravillosa melodía de otro Pablo, Alborán, y su Por fin .