Capítulo 22
«Tierra, trágame». Eso era lo único que me venía a la cabeza en aquel instante.
¿Cuáles pensáis que son los mayores miedos de una mujer cuando acude a un acontecimiento de estas características?
Los míos son que me tiren una copa de vino encima y que se me rompa un tacón.
Una vez soñé que se me rasgaba todo el vestido en medio de una reunión y tenía que ponerme un periódico para que no se me viera nada. Me estoy desviando del tema…
Sin embargo, hay uno por encima de todos, al menos para mí: que alguien haya tenido la fantástica idea de ponerse el mismo vestido que tú.
¿Os podéis imaginar lo que me pasó? ¡Había otro vestido igual que el mío!
Pero lo que hacía que la situación adquiriera tintes dramáticos era que el otro vestido estaba en el cuerpo de… ¡Clarisa!
¿Por qué los astros me castiga ban de esa manera? Había debido de ser una persona horrible en otra vida para que el universo se pusiera en mi contra de una forma tan despiadada. No podía ser otra, ¿ verdad?
Cuando la vi aparecer con Adrián, empecé a sentir taquicardias. Si Pablo me había dejado sin habla, Adrián no se quedaba atrás. Pero no fue él quien me dejó literalmente sin palabras, sino Clarisa. Cuando la vi entrar justo detrás de él, llevando el mismo vestido que yo, creí que me iba a desmayar.
Vale, quizá exagero, pero no me digáis que no es casualidad.
Mira que había vestidos en el mundo y personas en esa fiesta, y justo ella tenía que llevar uno igualito que el mío.
Una modelo de casi un metro ochenta de estatura y unas medidas de escándalo.
No hace falta que os diga a quién le quedaba mejor y el cuerpo de quién lucía espectacular enfundado en ese patrón.
Fue Pablo el primero en darse cuenta de que algo me pasaba, ya que de pronto mi tez se volvió blanca a pesar del maquillaje.
—¿Ana? ¿Qué sucede? Te has quedado muy callada. ¿Te encuentras mal? Estás pálida.
Seguía sin reaccionar; mi mirada estaba fija en la entrada, en el punto en el que Adrián y Clarisa se encontraban en ese momento, saludando a uno de los clientes de la empresa.
—¿Ana? —Volvió la cabeza, siguiendo la dirección de mi mirada, y vio a Adrián—. Ya han llegado Adrián y Clarisa. ¡ Oh! —Me miró; él también se había dado cuenta de lo del vestido.
—Un segundo —conseguí reaccionar—, necesito ir al baño. Paola, ven conmigo por favor.
—Pero no tengo ganas.
—Por favor. —Supliqué con la mirada y le hice una señal para que mirara hacia el lugar donde estaban Adrián y Clarisa. Entonces lo vio.
— ¡ Oh, mierda! —exclamó ella también—. Vale, tranquila, vamos —decía mientras me agarraba del brazo y me acompañaba al aseo.
¡Tenía que pasarme justo esa noche! La noche en la que todo cambiaría y que inclinaría la balanza hacia un lado u otro en lo que a mi futuro con Pablo se refería.
Ya sabéis que me gusta la tragedia griega, pero ese día creo que me merecía un poco de compasión, ¿no?
—Ana, tampoco es tan malo. Vale, lleva el mismo vestido que tú, pero no es el fin del mundo. Nadie tiene que darse cuenta. Actúa con normalidad, y solucionado.
—Claro, es lo más normal del mundo. Nadie se va a dar cuenta de que una modelo despampanante lleva la misma prenda que la insignificante de Ana.
¿Por qué me compraría este absurdo vestido y por qué he venido a esta fiesta?
Debería estar en mi casa, comiendo helado de chocolate y viendo la televisión, en lugar de haciendo el ridículo mientras te escondes en el baño.
—Tranquila.
— ¿Cómo quieres que me tranquilice? ¿Tú la has visto?
Es tan podridamente perfecta que hace d año solo mirarla.
Y mírame a mí. —Me esforcé en controlar las lágrimas.
Lo último que me faltaba era fastidiar todo el maquillaje por ponerme a llorar—.
¡Es como comparar a Helena Bonham Carter con Charlize Theron!
—Estás exagerando, y lo sabes. Creo que sé a qu é viene este numerito. No es solo por el vestido, ¿me equivoco? Estás asustada por la conversación con Pablo. Sabes que esta noche vas a tener que tomar una decisión y no sabes cómo afrontarlo.
—No, no es eso. —¿A quién pretend ía engañar?
—. Sí, sí es eso. De acuerdo, tengo miedo, Paola.
Estoy aterrorizada. No sé qué hacer, no sé qué decirle, no sé qué espera que haga…
No debería haber permitido que esto fuera tan lejos.
No debería haber permitido que me besara la primera vez; tendría que haber sido fuerte en mi idea de soltera convencida; debería…
—¿Deberías haber hecho? Por favor, si no has hecho nada.
Os habéis besado, ¿y qué? No va a pasar nada que tú no quieras que pase.
Esa conversación no tiene que ser nada malo.
Solo habla con él, aclara las cosas y decide en qué punto estáis los dos.
Hagas lo que hagas y decidas lo que decidas, sé consecuente contigo misma y, sobre todo, por una vez en tu vida, no hagas caso a tu cabeza y escucha a tu corazón.
Tranquila, ¿vale? —Me abrazó—. Sabes que estoy a tu lado, tomes la decisión que tomes.
—Gracias, Paola —le agradecí con sinceridad. A pesar de que Paola no era la serenidad en persona, siempre ponía orden en mi vida y en mi cabeza.
—Ahora salgamos de aquí, y te quiero ver con la cabeza muy alta. Esta noche estás espectacular, y no voy a permitir que ninguna modelucha de tres al cuarto te amargue la fiesta. Vamos a por una copa, comamos algo y bailemos; el resto lo afrontaremos cuando llegue. Ya sabes, cielo, paso a paso.
Salimos del baño cogidas del brazo y, antes de aproximarnos al lugar donde en ese momento departían animadamente Pablo, Adrián y Clarisa, nos encaminamos hacia la barra a pedir una copa y un par de chupitos.
Después de otro par de chupitos más, decidimos que ya estaba preparada para plantarle cara a mi vestido gemelo y nos acercamos a saludar.
—Guau, Ana —fueron las primeras palabras de Adrián al verme. Me dio dos besos y un abrazo—. Estás increíble. Las compras de ayer merecieron la pena, ¿eh?
—Gracias, Adri án, tú tampoco estás nada mal — bromeé, pero era verdad: estaba asombroso con un impecable traje de chaqueta negro y camisa en tono gris claro—. ¿Te acuerdas de Paola?
—Sí, claro. —Se acercó a saludarla también—. Me alegro de verte de nuevo. Por cierto, tú también estás muy guapa, ese tono resalta tus enormes y preciosos ojos. ¿De qué color son?
¿ Estaba ligando con ella o eran imaginaciones mías?
Eran imaginaciones mías. Lo cierto es que Paola estaba realmente guapa esa noche: el vestido azul Klein que llevaba realzaba el no muy habitual color ámbar de sus ojos, al contrario que los míos, marrones, como los de la mayoría de las españolitas.
Paola no era ninguna belleza deslumbrante, pero tenía algo especial en la mirada y en la sonrisa; todo ello, junto a su desparpajo y simpatía, hacía de ella un c ó ctel perfecto. Y explosivo.
Clarisa estaba hablando con Pablo y no se había dado cuenta de que estábamos allí.
O no se había querido dar cuenta. No lo tengo muy claro.
Al girarse y descubrir mi vestido, su cara cambió de color.
Minipunto para mí; eso significaba que el vestido no me quedaba mal del todo, ¿no?
O eso quería creer… Dejadme que me ilusione un poco, entonces lo necesitaba.
—Buenas noches, Ana. —Disimuló su cara de asombro como pudo—. Creo que tenemos el mismo gusto a la hora de vestirnos, aunque no sean del mismo diseñador —dijo esbozando una sonrisa irónica—. Te queda muy bien. Tiene razón Adrián, estás muy guapa… hoy.
¿Era necesario añadir la coletilla final? ¿Acaso el resto de los días estaba tan mal? No me considero una belleza de las que quitan el hipo, pero tampoco tengo parentesco alguno con los orcos de Mordor.
—Sí, eso parece. El mío es un Valentino, pensaba que eran iguales —mentí. Si quería guerra, la iba a tener—. Pero bueno, no pasa nada; el vestido es precioso y también te queda estupendamente.
¡Ahí, donde más duele! Un silencio sepulcral se adueñó de todos. El ambiente se había puesto tenso, así que la primera en romper el hielo fue, naturalmente, Paola.
—Esta es mi segunda copa, por lo que creo que debería ir a comer algo antes de que empiece una conga al son de la Macarena. Me voy a bufé, ¿alguien viene?
—Yo voy contigo —señaló Adrián ofreciendo su brazo—; estoy muerto de hambre y todo tiene muy buena pinta, ¿qué me recomiendas? —iba diciendo mientras se alejaban.
—Ana —Pablo se acercó a mí, pillándome desprevenida—, nosotros deberíamos tomar algo también, ¿vamos? —Asentí. Me agarró de la mano y me susurró al oído—: El vestido te sienta mucho mejor a ti.
—Gracias —dije. Apreté su mano y me di la vuelta, dejando a Clarisa sola en medio de la sala y sin saber qué hacer.