Capítulo 21
La fiesta de Navidad de mi empresa era siempre el acontecimiento del año.
Todo el mundo se esforzaba por lucir sus mejores galas y vestir su mejor sonrisa para recibir a los patrocinadores y clientes que durante los últimos años habían hecho que la empresa creciera y lograra hacerse un nombre de reconocido prestigio.
Se celebraba en el edificio de la compañía; para ello se habilitaba una planta entera con mesas llenas de todo tipo de manjares servidos por un catering .
El alcohol, la comida y la música se mezclaban con cientos de personas entre risas, conversaciones y bailes.
Estaba terminando de dar los últimos retoques al maquillaje cuando sonó el timbre; era mi taxi.
Me puse los zapatos y eché un último vistazo a mi aspecto en el espejo antes de salir.
El vestido que me había comprado, de un rojo precioso y corte asimétrico en los hombros, se ajustaba a la perfección a las curvas de mi cuerpo.
En la peluquería habían hecho un trabajo sensacional, y llevaba un semirrecogido y un maquillaje discreto y muy elegante.
Para completar el look me había puesto unos pequeños pendientes de brillante y mis zapatos preferidos, unos peep toes negros con un tacón de más de diez centímetros.
Además de sentar fenomenal, tenían un gran valor sentimental, ya que eran un recuerdo de alguien muy importante en mi vida.
En el ascensor me encontré con mis vecinos del quinto y bajamos charlando todo el trayecto.
Al salir del portal me di cuenta de que no hab ía ningún taxi esperando .
Iba a sacar el móvil para llamar de nuevo y pedir explicaciones cuando escuché algo detrás de mí, mejor dicho, a alguien detrás de mí.
—No hace falta que llames. He pagado la carrera y le he dicho que podía marcharse.
Podría reconocer esa voz en cualquier parte del mundo: Pablo.
Me di la vuelta para enfrentarlo. ¡¿ C ómo se atrevía?! Me quedé sin aliento al verlo.
¿Habéis visto alguna vez la perfección convertida en persona? Yo la descubrí en ese momento, justo delante de mí. Todo lo que os pueda decir sobre el aspecto de Pablo se queda en nada en comparación con la visión que tenía ante mis ojos.
Un impecable traje de chaqueta negro, una camisa blanca impoluta y una corbata oscura. El afeitado pulcro y el pelo engominado le daban un aspecto de dios griego, todo ello rematado con una sonrisa simplemente inigualable.
¡Mierda! E ra tan… tan… Mi cerebro no era capaz de encontrar una palabra para describirlo.
— ¿ Por qué has hecho eso? —conseguí preguntar por fin tras los minutos que hicieron falta para que la sangre volviera a alimentar mis neuronas.
—No vas a necesitarlo. He venido a llevarte a la fiesta —contestó con seguridad.
—No hacía falta que…
Sentí sus labios sobre los míos. ¿ Por qué siempre tenía que hacer eso? Cuando se separó de mí, me miró y se echó a reír.
—Es la única forma de conseguir callarte.
Ya que no has tenido la consideración de devolverme las llamadas durante toda la semana —me miró con suspicacia.
No podía hacerme la sorprendida—, he pensado que lo mejor sería venir directamente a hablar contigo.
Adrián me comentó que os visteis ayer —estaba claro que con ese hombre no se podían tener secretos— y me contó tus planes para ir a la fiesta hoy, así que aquí estoy, y no voy a admitir un « no » por respuesta. Tenemos una conversación pendiente.
Alargó su brazo y me ofreció la mano. Si aceptaba su ofrecimiento, no habr ía vuelta atrás . Sabía lo que eso significaba, y no podía hacerlo hasta después de nuestra conversación ; tenía que estar completamente segura. Sonreí y me puse a su lado, pasando junto a la mano, pero sin rozarla.
—Vamos —dije, intentando no dejarme influenciar por su cara de decepción.
—Está bien. —Se rindió y me guiñó un ojo—. Lo haremos a tu manera.
Pablo permanecía con la vista en la carretera, mientras que yo simplemente lo miraba a él.
El perfil de su rostro se dibujaba entre la oscuridad de la noche y el resplandor de los faros que lo iluminaban.
Pude apreciar con calma la forma de su cara, esos diminutos vellos que habían resistido al afeitado, la sombra de la nariz y los labios que había saboreado unos minutos antes.
En uno de los semáforos, volvió la cara hacia mí y yo aparté la mirada, avergonzada.
Al volver a mirarlo pude ver c ó mo su boca se curvaba en una risa canalla.
Como todos los años, habían tirado la casa por la ventana con la celebración.
Cuando llegamos, un aparcacoches se hizo cargo del vehículo.
La entrada estaba atestada de gente. Tomamos el ascensor y, a medida que subíamos, el sonido de las risas, de las conversaciones y de la música iba aumentando.
La fiesta era en la última planta del enorme edificio donde se ubicaba mi oficina.
Todo estaba magníficamente organizado y decorado con motivos navideños; a la entrada, todas las personas eran recibidas por un par de azafatas que, tras comprobar la invitación, se encargaban de recoger los abrigos y los llevaban al guardarropa.
En un alarde de caballerosidad, Pablo se acercó y me ayudó a quitarme el mío.
—Como puedes ver —comencé a decirle mientras me daba la vuelta—, esta fiesta es el acontecimiento del año. Todo el mundo está esperando que llegue este momento. A mí no me hace mucha gracia, si bien no puedo negar que otros años hemos conseguido negocios jugosos en ella. De todas formas…
Me callé al darme cuenta de que Pablo no estaba atendiendo a nada de lo que decía.
Su vista, fija en mí, parecía traspasar la seda del vestido.
Hacía años que no sentía ese tipo de mirada.
Sabéis a lo que me refiero, ¿ verdad? Esa mirada de deseo, esa mirada que hace que tiemble todo tu cuerpo, ya que adivinas perfectamente lo que la otra persona está pensando.
Me sentí cohibida por un segundo y, después, no pude evitar sentirme bien.
¿A qué mujer no le gusta saberse deseada?
Y más cuando la persona que la desea es alguien así.
—¿Pablo? —disimulé—. ¿Me estás haciendo caso?
—Lo siento —reaccionó por fin—. Vas a tener que repetirme cada palabra desde que te has quitado el abrigo, porque no me he enterado de nada.
Por cierto —se acercó más a mí, hasta que su cuerpo quedó tan pegado al mío que no cabía ni una aguja—, si todos los días eres preciosa, esta noche estás simplemente espectacular.
Sonreí ante el comentario. Sabía que en ese momento todas las miradas estaban puestas en nosotros, así que me aparté de él y giré en busca de una cara conocida; necesitaba alejarme unos minutos. Localicé junto a la barra a Paola.
— ¿ Saludamos? —dije señalando a mi amiga.
—Voy en un minuto, antes saludaré a Ricardo. —Me estaba marchando cuando noté cómo me sujetaba por la cintura y se acercaba a mi oído—. El vestido es precioso, pero me muero de ganas de ver lo que se esconde debajo de él.
Me guiñó un ojo, me dio un beso en la mejilla y se fue, dejándome en medio de la sala con unos coloretes igualitos que los de Heidi y con más calor que si acabara de salir de la sauna.
Cuando llegué donde estaba Paola, me temblaban las rodillas. Cogí la copa que tenía en la mano y, sin decir nada, me tomé más de la mitad de un trago.
—¿Hola? Mejor pídete tu bebida y no te tomes la mía, ¿no?
—Lo siento —me disculpé, ya más calmada.
— ¿ A qué ha venido eso? ¿Se puede saber cómo es que has llegado con Pablo? ¿Hay algo que tengas que contarme?
Le narré todo lo que había pasado desde que Pablo había pagado al taxista para que se marchara en la puerta de mi casa hasta el último comentario que me había susurrado.
—Toma. —Me tendió el resto de la copa—. Vas a necesitarlo.