Capítulo 20
Todo fue complicado esa semana. Sabía que, tarde o temprano, debía volver a ver a Pablo y que tendría que enfrentarlo después de nuestra conversación del sábado por la noche con nuestros falsos perfiles de Instagram. Todavía no sabía cómo iba a hacerlo.
¿P or qué lo había estropeado todo? ¿Por qué tuvieron que salir a la palestra los sentimientos? Con lo fácil que había sido dejarse llevar cuando no se trataba más que de unos besos. Mentirosa.
A pesar de que Paola insistió en que le contara todo lo que había pasado el sábado después del partido, no lo hice.
Me resultaba demasiado difícil. No tenía ganas ni fuerzas para escuchar reproches ni dar más explicaciones; era mi vida, y si alguien tenía que decidir cómo quería vivirla, esa era yo.
Aunque cometiera un error, era mi error.
Durante los siguientes cuatro días me centré en lo que mejor sé hacer: mi trabajo. También tuve tiempo de atiborrarme a helado de chocolate mientras cantaba a voz en grito en casa cual Bridget Jones desolada. Lo sé, la imagen no era una oda a la elegancia y al buen gusto.
Esos días volví a ser la primera en llegar a la oficina y la última en marcharme.
Había finiquitado los cabos sueltos de todos los contratos en los que estaba implicada, e incluso había tenido tiempo de organizar mi agenda para la siguiente semana de forma que fuera imposible encontrar un hueco vacío en el que pudieran colarse Adrián, sus contratos y, por ende, Pablo.
Mi huida se completó con mi total desaparición de Instagram.
Desactivé las notificaciones en el iPhone.
Al no haberle dado opciones de justificarse ante Lizzie, temía que lo intentara a través de mi perfil personal, y lo último que necesitaba era un mensaje de Pablo pidiendo explicaciones, y mucho menos pidiendo perdón.
No estaba preparada ni para dar las primeras y menos aún para aceptar lo segundo.
No tenía ganas de salir de compras, pero la fiesta de Navidad de la empresa era al día siguiente, y necesitaba un vestido.
Sabía que en esa ocasión no podría evadirme de Pablo y tendría que enfrentarme a mis palabras y a todas las llamadas y mensajes sin respuesta de la última semana.
Aunque por dentro todo eso me estaba destrozando, no iba a mostrarlo por fuera, así que me vestiría con mis mejores galas, iría a la peluquería y luciría una sonrisa espectacular para hacer frente a lo que tuviera que venir.
Salía de la última zapatería cuando mis ojos se detuvieron en él, sentado en la terraza de invierno de uno de los cafés de la zona, rodeado de un grupo de colegiales, con una sonrisa en la boca y atendiendo sin protestar a sus peticiones de fotos y autógrafos. Adrián.
Cuando me di cuenta, lo estaba mirando con una mueca embobada.
Haciendo honor a la verdad, era imposible no contemplarlo y no quedar atrapada por su magnetismo.
A lo largo de las últimas semanas, Adrián me había demostrado que era una de esas personas a las que hay que conocer para valorar de verdad. Y no solo por ser una cara bonita.
Entré en el café y me acerqué a su mesa sin decir nada. Saqué un cuaderno del bolso y me situé detrás de la última niña que estaba con Adrián.
— ¿ Me puede firmar a mí también? —Me acerqué, tratando de imitar la voz de una cría de quince años y conteniendo la risa.
—Por supuesto, guapa. —Justo en ese momento son ó su m óvil y se volvió para cogerlo—.
Espera un segundo, por favor. ¿Sí? —contestó al móvil—.
¿Clarisa? ¿Aún no has terminado? No , tranquila, te espero tomando otro café.
—Colgó visiblemente enfadado, pero cambió el gesto y se giró de nuevo hacia mí—.
¿Dónde estábamos? Ah, sí, iba a firmarte, pero antes necesito que me digas tu nombre.
—Ana —contesté intentando reprimir la risa. Levantó la vista del papel y me vio.
— ¡ Ana! ¿Qué haces aquí?
— ¿ No es obvio? Conseguir un autógrafo tuyo.
—Me alegro de verte. —Se levantó para darme dos besos y un abrazo que me pilló desprevenida.
—Yo también —contesté, sorprendida por su ímpetu.
—Tú también de compras, ¿ no? —Señaló mis bolsas.
—Ya sabes, la fiesta de Navidad de mañana. Quería comprar algo nuevo y bonito para ponerme.
—Yo he salido de compras por la misma razón.
Bueno, en realidad, yo no, Clarisa. Debe de estar puliéndose todo el saldo de la tarjeta de crédito, porque lleva más de dos horas en la tienda.
Me ha empezado a doler la rodilla al estar tanto tiempo de pie y he salido a sentarme; además, necesitaba huir de allí.
¿Tienes prisa? Siéntate a tomar un café conmigo.
—No, ya he terminado, pero no quiero molestarte.
—¿Molestarme? T ú nunca molestas. Además, ya me aburre estar solo. Espera, termino de firmar y seguimos hablando, ¿de acuerdo? Venga, siéntate.
Apartó las dos bolsas que tenía en la silla junto a él y me senté. Terminó de firmar y de sacarse unas cuantas fotos, y finalmente nos quedamos solos. Llamó al camarero para pedir dos cafés más y un par de trozos de tarta de chocolate para acompañarlos.
—¿Dónde te has metido esta semana? —preguntó nada más irse el camarero—. Pablo me dijo que te llamó un par de veces a la oficina y al móvil, aunque no pudo hablar contigo. Siempre estabas reunida o acababas de salir. ¿No estarás huyendo de nosotros? ¿O solo de él? —se rio solo por su broma.
—Claro que no. He tenido una semana complicada; con las Navidades tan cerca todo son prisas. Hay que cerrar antes de fin de año todos los asuntos abiertos, y he tenido reuniones a diario. Por supuesto que no me escondo de ti, y mucho menos de Pablo —mentí como una bellaca.
—Menos mal. Pensaba que después del numerito del sábado pasado no querrías saber nada más de mí. Por cierto, al final no pudimos terminar de hablar en condiciones. Ni pude disculparme por la actitud de Clarisa.
—Lo pasé muy bien el sábado. No tienes que disculparte por nada; Clarisa no hizo más que dar su opinión. — ¿Qué podía decir? « No soporto a tu novia, me parece una insoportable mu ñeca sin cerebro y no entiendo cómo alguien como tú está con ella» .
—Ana, admiro tu diplomacia, pero sabes tan bien como yo que lo único que hizo fue imponer su voluntad y tratarnos a los tres como si fuéramos niños pequeños.
No hizo más que protestar y estar pendiente de su móvil sin participar en la conversación.
Hacía mucho que yo tampoco disfrutaba tanto con un partido de fútbol, sin embargo, el comportamiento de Clarisa no fue el adecuado.
—No seas así, Adrián. Por mi parte, eso está olvidado. —De verdad lo sentía.
—¿Sabes? Antes no era de esa forma. Al menos cuando nos conocimos, o tal vez yo no quería verlo.
Solía ser divertida, me gustaba salir con ella; no era complicada, decía y hacía lo que sentía en cada momento, y eso era cómodo, pero ahora todo es diferente.
Ya no puedo recordar por qué estoy con ella.
—¿Cuánto tiempo lleváis juntos?
—Creo que llevamos viéndonos un año y medio más o menos, con algunos altibajos y rupturas temporales de por medio.
—No soy nadie para decirte esto, Adrián, pero no creo que esta situación sea buena para ninguno de los dos.
Si no sientes nada por ella, ¿por qué mantener una relación sin amor?
Adrián, el amor es un sentimiento demasiado bonito para menospreciarlo de esa manera, ¿no crees? —Me miró y tuve que callar.
«¿Se puede saber qué estás haciendo , Ana? ». Dar consejos gratuitos sobre el amor cuando yo no había hecho más que huir de él en los últimos años. Después de todo lo que le había dicho a Darcy, aún tenía el valor de hablarle a Adrián sobre unos sentimientos que yo misma empezaba a confundir.
— ¿ Qué pasa? Ibas a decir algo, pero te has quedado muy pensativa. ¿Algo va mal?
—No, solo creo que me estoy metiendo donde no me llaman.
Además de comportarme como la mayor de las hipócritas —dije en un arranque de sinceridad—.
Estoy aquí permitiéndome darte consejos cuando yo llevo sin tener una relación más años de los que puedo recordar.
Te hablo de amor y soy la primera que ya no sabe si cree en él o no.
Lo siento, ya estoy desvariando de nuevo y hablando más de la cuenta.
—Ana, conmigo puedes hacerlo, no hace falta que te pongas esa armadura de seguridad.
Acercó más su silla a la mía, hasta que nuestras piernas chocaron bajo la mesa. Era casi íntimo, inesperado y, sin embargo, me sentía muy cómoda con él. Era fácil hablar con Adrián.
—Sé que eres una mujer muy fuerte, no pasa nada por mostrarte vulnerable de vez en cuando.
Me pillaron desprevenida sus palabras. Adrián estaba comenzando a conocerme mucho más de lo que me hubiera imaginado.
— ¿ Tan mal te ha ido en el amor para que reniegues de esa forma?
—Es una larga historia.
—No tienes que dar explicaciones ni contar más de lo que has hecho.
Si me permites, voy a ser yo el que te diga algo: Pablo está loco por ti.
—Traté de hablar, pero me hizo callar—. Por favor, déjame terminar.
Sé todo lo que ha pasado entre vosotros, me lo ha contado; entre Pablo y yo no hay secretos.
Mira, Ana, no voy a intentar comprender tus pensamientos y tampoco sé si realmente sientes eso o no es más que miedo.
Solo hay una cosa de la que estoy seguro: Pablo es un gran tipo, no conozco a nadie que merezca más la pena que él.
Si de verdad no sientes nada o no crees que puedas llegar a sentir nada, habla con él y déjaselo claro antes de que os hagáis daño los dos.
Un silencio atronador se abrió paso en la mesa.
Allí estaba, delante de uno de los tíos más buenos que me había echado a la cara en los últimos tiempos, un tío al que hacía unas semanas no soportaba y con el que ahora compartía un café y confidencias.
¿En qué momento la conversación se había torcido hacia mí y mis sentimientos?
El tema allí eran Clarisa y él, y al final habíamos acabado volviendo las tornas hacia Pablo y yo.
¿Tendría razón? ¿De verdad Pablo estaba loco por mí?
Pero ¿ qué le había contado? ¿Lo de los besos? ¿Lo de Darcy?
—Creo que tenemos pendiente una conversación —acept é .
—Yo también. —Miró el reloj—. ¿Sabes qué? Estoy harto de estar aquí sentado. ¿Te apetece pasear y seguimos hablando?
—Está bien, pero solo si me firmas mi autógrafo, que aún me lo debes —bromeé. Sin embargo, él cogió una servilleta de la mesa, tomó el bolígrafo con el que había estado firmando, se concentró y se lanzó a escribir. Cuando terminó, dobló la servilleta y me la entregó.
—Aquí tienes. No lo leas ahora, ¿vale? Hazlo más tarde.