Diario de una soltera convencida Capítulo 19
25%

Capítulo 19

Otra noche más en la que volvía cuando ya habían pasado los barrenderos.

Serían sobre las cuatro y media de la mañana cuando abrí la puerta de mi casa, cansada y con una enorme sonrisa en la cara.

No hace falta que os diga el causante. Pablo estaba despertando cosas en mí que hacía muchos años que no sentía, y comenzaba a darme mucho miedo, porque sabía hacia dónde conducía, irremediablemente, esa situación.

La noche terminó bastante bien. ¿Qué digo?

¡Muy bien! A l menos para mí. Lo de Adrián y Clarisa era un tema distinto.

Esa no era mi guerra, y yo no era nadie para meterme.

No le veía ningún futuro a esa relación, y estaba convencida de que al final uno de los dos iba a terminar haciendo mucho daño al otro.

Y si os soy sincera, egoístamente, esperaba que el dañado no fuera Adrián.

En lo que se refería a Pablo y a mí, todo había sido, en una palabra, perfecto.

Demasiado perfecto para ser real. Sobre las tres de la mañana, y después de varias indirectas que Clarisa no entendió, o no quiso entender, Adrián se levantó y dijo que se marchaba.

Le dolía la rodilla y estaba cansado. Pablo me preguntó si quería marcharme, y así lo hicimos , dejando a Clarisa bailando con una amiga.

La primera parada fue la casa de Adrián, que no abrió la boca en todo el camino de vuelta. Se despidió de nosotros rápidamente y entró en casa con cara de pocos amigos. Pobre.

—No entiendo qué hace con ella —comentó Pablo cuando volvíamos a tomar el rumbo hacia mi casa.

—Yo tampoco. ¿ Es normal que se comporten así? —dije, tratando de entender los pormenores de esa relación.

—No lo sé, es la primera vez que hago planes con ellos.

—¿Nunca habíais salido juntos? —pregunté intrigada. ¿C ómo Adrián había permitido e sa situación con su mejor amigo?

—Parece ser que a Clarisa le gustan otros ambientes que no son los míos; yo soy más de sitios tranquilos, y ella, de grandes aglomeraciones, como esta noche.

Cuando la conocí, me pareció maja, bastante superficial, pero parecía que Adrián estaba bien con ella.

En mi opinión, siempre era demasiado cariñosa y pegajosa, sobre todo cuando había prensa delante, no sé si me explico.

—Asentí—. Nunca me gustó que Adrián comenzara a salir con ella, pero es su vida, y es mayorcito.

Además, Adrián no se distingue precisamente por atender a consejos ajenos, así que mis palabras habrían caído en saco roto como tantas otras veces.

—No puedes hacer nada, Pablo. Como has dicho, ya es mayorcito; él sabrá lo que hace. Sinceramente, espero que espabile pronto. No sé si una relación así, a la larga, lo perjudicaría, y más en este momento en el que todos sus movimientos son observados y analizados hasta el más mínimo detalle.

—Lo sé. —Se encogió de hombros un instante y quedó pensativo—. Pero basta ya de hablar de Adrián y Clarisa, hablemos de nosotros.

¿Nosotros? Se me hizo un nudo en la garganta al escuchar esa palabra . Hacía tanto tiempo que no había un nosotros en mi vida que no sabía lo que significaba. Mi cara debió de reflejar pánico, porque Pablo me miró con una leve burla dibujada en la suya.

—Tranquila, no hace falta que salgas huyendo del coche. —Empecé a respirar de nuevo, y el color regresó a mi rostro—. Me refiero a qué vamos a hacer. Por si no te habías dado cuenta, ya hemos llegado.

Había estado tan inmersa en la conversación que no había notado que estábamos delante del portal de mi casa, parados, desde hacía un rato.

—Aún no tengo sueño, si te apetece dar una vuelta… —dijo.

—¿A las cuatro de la mañana? —Lo miré como si se hubiera vuelto loco.

—¿Hay alguna regla que no conozca que prohíba pasear por Madrid a ciertas horas de la noche? —Salió del vehículo—. ¿Vienes?

Lo imité; no hacía mucho frío. Cerró las puertas y bordeó el coche para ponerse a mi lado.

—Vamos —dijo mientras echaba a andar.

« Debo de estar loca » , pensé para mí misma, pero lo seguí. Cuando llegué a su altura, sacó la mano del bolsillo y tomó la mía.

—Mucho mejor. —Entrelazó sus dedos con los míos.

Hacía años que no caminaba de la mano de nadie.

Durante un rato ninguno de los dos dijo nada.

Las calles estaban vacías. Miré al cielo: la noche estaba despejada y a lo lejos se podía ver la luna y unas diminutas estrellas intentando encender la noche.

Posé la mirada de nuevo en el suelo. Notaba cómo Pablo me observaba en silencio.

—¿Qué pasa? —pregunté por fin, atreviéndome a levantar la vista hacia él.

—Nada, solo te miraba. ¿ Te he dicho alguna vez esta noche que estás realmente preciosa?

—Gracias —susurré mientras trataba de ocultar los coloretes que teñían en ese momento mis mejillas y, de nuevo, regresaba la vista al pavimento.

No podía ser que me pusiera colorada como una cría cada vez que me decía algo así. Pablo se dio cuenta y, colocando un dedo bajo mi barbilla, me alzó la cabeza para poder mirarme a los ojos. Y yo me perdí en la intensa oscuridad de su mirada. Se acercó lentamente y me besó.

No era la primera vez que me besaba, y lo sabéis, pero no sé por qué percibí algo diferente en su beso.

Sus labios, tal y como había sucedido el día anterior, buscaron ansiosos abrirse paso entre los míos con fuerza y pasión.

Sus manos me acercaban más a él y me estrechaban contra su cuerpo.

Estaba a punto de perder la noción de la realidad y dejarme llevar cuando algo se activó en mi cabeza y me separé de él.

—Lo siento. No puedo, Pablo. —Volví a iniciar la marcha.

—¿Qué es exactamente lo que no puedes? —Me siguió con la interrogación reflejada en la mirada.

—No puedo seguir con esto. Está mal, no podemos hacerlo; no está bien que tú y yo…

—¿Por qué está mal? —Extendió un brazo delante de mí para obligarme a parar—.

Ana, por favor, mírame. Somos dos personas adultas, y no puedes negar que existe atracción entre nosotros.

Ninguno de los dos tiene que dar explicaciones a nadie, somos libres, y no entiendo por qué tú y yo no podemos hacer esto cuando está claro que los dos queremos hacerlo.

—Porque no. —Ya sé que no fue un razonamiento muy maduro, pero no era capaz de darle otro cuando lo tenía tan cerca de mí y notaba aún el sabor de sus besos en mis labios —.

Porque trabajamos juntos, porque no estaría bien…

, porque yo no soy así, porque yo soy una soltera convencida, o al menos se suponía que lo era…

¡M ierda, lo dije en voz alta!

—¿Qué es eso de « soltera convencida » ?

—Nada, una tontería mía sin importancia.

—No creo que sea nada sin importancia cuando estás poniéndolo como excusa para levantar una barrera entre nosotros.

No sé a lo que te refieres, y tampoco tienes que explicármelo si no quieres.

Por favor, no pongas el trabajo como excusa.

Si vas a buscar un motivo razonable para que no te bese, hazlo en los próximos diez segundos, porque voy a volver a besarte, y esta vez no me vas a parar. —Miró el reloj—. Diez…

Mi cerebro trataba de pensar con claridad a la vez que el corazón se desbocaba en el pecho. «¿Qué hago? ¿Qué digo? Tengo que pensar en algo rápido para que no me be…». Sus labios detuvieron el hilo de mis argumentos. Me agarró con la misma intensidad de antes.

—Eres un tramposo —logré decir cuando por fin nos separamos—, no me has dado ni un segundo.

—Culpable. —Me dedicó una sonrisa espectacular y embaucadora—. No quería correr el riesgo de que encontraras alguna buena razón.

Regresamos al portal de mi casa con su brazo alrededor de mis hombros. Ninguno volvió a hacer ningún comentario. Al despedirse, me besó de nuevo. Observé cómo entraba en el coche, ponía el motor en marcha y se perdía en la oscuridad de la noche, que ya caía en toda su plenitud sobre Madrid.

No pude abrir mi diario porque lo había traicionado sin piedad, me sentía como una impostora.

S é que estáis pensando que soy demasiado tremendista, pero realmente yo creía en ese diario y en la idea de ser una soltera convencida.

Era feliz en un modo de vida que yo había elegido, en el que las cosas tenían sentido y, sobre todo, no era peligroso.

Lo de Pablo sí era peligroso. No sabía ni cómo llamarlo: rollo, flirteo, relación.

La realidad era que todo aquello no debería estar pasando. La culpa la ten ía yo porque no era más que una boba y me había dejado engatusar por sus palabras, sus miradas, sus sonrisas y sus besos.

Eran cerca de las siete de la mañana cuando, después de la vigésimo quinta vuelta a la almohada, me levanté a por el portátil.

No sé si lo recordaréis, porque parecía haber transcurrido una eternidad desde entonces, pero aún estaba esperando a que Darcy me contestara al último mensaje privado.

De nuevo el silencio era la respuesta. Estaba apagándolo cuando se abrió una ventana de conversación… ¡Darcy!

DARCY: Mi querida Lizzie, ¿qué haces despierta a estas horas?

Ya estaba de nuevo en mi cara la sonrisa estúpida. ¿Por qué?

ELIZABETH: Mi querido señor Darcy, qué placer volver a leerlo. Pensaba ya que había retirado sus favores hacia mi persona.

DARCY: Eso nunca. Caiga sobre mí la fuerza del destino si osara dejar de adorarla.

ELIZABETH: Muy trágico, ¿no cree?

DARCY: La realidad, querida Elizabeth. Si conocierais realmente la bondad de mis sentimientos hacia vos, no dudaríais en forma alguna de que son verdaderos.

¿Por qué estaba haciendo eso Pablo? ¿Eran imaginaciones mías o me estaba declarando su amor?

¡No podía ser! Era un poco pronto para ello, ¿no creéis?

No era posible que hablara de amor tan a la ligera.

¿O sí? Casi no nos conocíamos; quizá para él el amor no era más que una patraña sin importancia, quizá para él hablar de amor equivaliera a charlar del tiempo o de lo que iba a tomar como cena.

DARCY: Elizabeth, ¿has huido? ¿Por qué no respondes?

Lizzie, me estoy preocupando. Si algo de lo que he dicho te ha podido incomodar, lo retiro.

Sé que es pronto para hablar de sentimientos, sé que apenas hace unos días que nos conocemos y que no debería haber dicho nada.

Pero, tranquila, no quiero que huyas de mí; por favor, di algo.

ELIZABETH: Solo me han pillado por sorpresa tus palabras, no las esperaba. No puedo imaginarme hablando de sentimientos tan a la ligera, no me siento cómoda. Darcy, esto se está volviendo realmente extraño.

DARCY: Lo sé, pero de una cosa puedes estar segura: yo nunca te haría daño, confía en mí.

ELIZABETH: No puedo, ya no puedo confiar en nada que no sea real.

No puedo creer en los cuentos ni en los libros de amor; hace mucho que me prohibí a mí misma volver a soñar con esas historias.

Lo siento, es tarde y no puedo razonar con claridad.

A la luz del día las sombras de mi pasado son menos oscuras, pero por la noche me acechan sin descanso, mortificándome y dejándome sin fe.

Es tarde y debo irme. Espero encontrar las fuerzas y los ánimos para que volvamos a hablar. Buenas noches.

Cerré la ventana de conversación y desconecté la sesión sin darle tiempo a replicar.

Estaréis pensando que me volví loca; quizá lo estaba.

Quizá estaba perdiendo a Pablo, y tal vez estuviera cometiendo un gran error, pero después de todo lo que había pasado con él, todas las sombras de mi pasado habían vuelto a caer como losas sobre mi espalda, y os puedo asegurar que el peso era demasiado como para levantarlo.

El equipaje era demasiado abrumador y, en ese momento, más de lo que podía soportar.