Diario de una soltera convencida Capítulo 18
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Capítulo 18

La noche había empezado muy bien, pero se estropeó apenas quince minutos después. Gracias a mi retraso, los alrededores del estadio estaban completamente atascados cuando llegamos. Adrián nos había llamado ya tres veces.

Primero, para preguntar si Pablo me había recogido. La segunda vez, quiso saber por dónde íbamos y si nos faltaba mucho para llegar. Su tercera llamada fue un simple grito de socorro: «¿S e puede saber dónde os habéis metido? ».

Con cada llamada, mi estado de ansiedad crecía y me sentía más culpable; estaba atacada de los nervios. Sin embargo, Pablo parecía sereno y relajado. Incluso, por su sonrisa, parecía que disfrutaba de la situación.

—No te preocupes —me tranquilizó—. Vamos a llegar sin problemas antes de que empiece el partido, y si no llegamos, tampoco es el fin del mundo.

—Pero Adrián…

—Adrián es un pesado, no le hagas caso. Debe de estar tan aburrido con Clarisa que necesita que llegue alguien con quien poder mantener una conversación de al menos cinco minutos.

—Mira que eres cruel, no digas esas cosas. —Le di un golpecito en el brazo.

—No es crueldad, te lo puedo asegurar. Vamos a ver si al final de la noche tú misma no me das la razón.

Entramos en el palco justo en el momento en que el árbitro pitaba el inicio del partido.

Saludamos a Adrián, que me presentó a Clarisa.

A pesar de haberla visto infinidad de veces en la prensa, desfilando o del brazo de Adrián, no pude por menos que sentirme intimidada al tenerla frente a mí.

Sus piernas eran las más largas que había visto nunca de cerca en ninguna mujer, llevaba el pelo suelto y un vestido que insinuaba una anatomía casi perfecta.

Adrián nos ofreció algo de beber, y nos sentamos a ver el partido.

A los diez minutos empecé a comprender las palabras de Pablo en el coche.

Mientras los tres seguíamos el partido con entusiasmo y a la vez comentábamos las jugadas, Clarisa permanecía en silencio sin prestar atención a nada de lo que pasaba en el terreno de juego y sin desviar la vista de su smartphone .

Solo cuando los tres gritamos reclamando un penalti, pareció reaccionar, nos miró sin entender qué había pasado y volvió a lo suyo.

No es que yo no fuera adicta al móvil, que lo era, pero estando en mitad de un partido y con dos hombres al lado como Adrián y Pablo, os puedo asegurar que lo último en lo que me entretendría sería en mirar el dichoso aparatito.

Los tres disfrutamos del fútbol a lo grande.

Gritamos en las jugadas polémicas, cantamos los goles como locos y reímos como verdaderos niños.

Me sentía a gusto con ellos; la tensión de las últimas semanas se había esfumado y pude ver a dos hombres totalmente diferentes.

No paraban de gastarse bromas entre sí y me hacían partícipe de todas.

Por primera vez, pude verlos siendo realmente ellos y comencé a entender por qué eran tan buenos amigos.

La complicidad era más que evidente. Les conté todo lo que nos había pasado a Paola y a mí la noche anterior, y estuvieron riéndose a nuestra costa un buen rato.

Si yo pensaba que elegir mi vestuario había sido complicado, decidir un lugar para cenar cuando terminó el partido se convirtió en una verdadera odisea.

A cada restaurante que nombrábamos Clarisa era capaz de sacarle algún inconveniente.

Lo verdaderamente fascinante era que nunca decía que no de forma directa, sino que, en base a sus sutiles objeciones, era otro el que al final descartaba esa opción.

Tengo que reconocer que nunca había conocido a nadie con tal capacidad, y eso me irritaba aún más.

—Podr íamos quedarnos por aquí y cenar en algún restaurante cercano. Una de mis amigas de la universidad vive por la zona y conozco un par sitios donde se come de maravilla —propuse en primer lugar.

—Bueno, a mí no me importa, lo que queráis —empezó Clarisa—, pero estamos muy lejos de casa y, no sé, luego es muy pesado tener que volver si se hace muy tarde. Además, Adrián y yo no tenemos coche, así que tendríamos que coger un taxi, o bien que nos acercara Pablo. Pero como vosotros veáis.

—Sí, tienes razón, quizá sea mejor que nos movamos por Madrid capital. Es más cómodo para todos, ¿no? —terminé por darle la razón. Todos nos quedamos en silencio.

—Seguimos sin saber adónde ir —indicó por fin Pablo—. Quizá podemos ir al centro. La zona de La Latina y la Cava Baja me encantan; podemos tomar unos vinos y, además, se come muy bien. Tengo un amigo que trabaja en un restaurante, así que no tendríamos problema para encontrar mesa.

—El centro está muy bien —volvió al ataque Clarisa—, pero meternos un sábado por la noche con el coche por allí puede ser un infierno. Quizá no sea una buena opción, pero si queréis ir, yo no tengo problema.

—Tienes razón, sería de locos meterse por allí —titubeó Pablo.

De nuevo volvió el silencio incómodo.

—Basta ya, Clarisa, ¿adónde quieres ir? —cortó Adrián con un tono que llegaba a ser borde.

—A mí me da igual, adonde queráis, ya sabes que yo me adapto a todo.

—¿Que te adaptas? Pero si solo pones pegas a todos. —El tono de voz de Adrián empezó a subir.

—Adri án, no hace falta ponerse así — intervino Pablo tratando de poner paz—, ¿qué os parece si vamos a tomar algo por Serrano o Goya? Conozco un restaurante de alta cocina por la zona en el que los platos son deliciosos.

—Ni se te ocurra decir nada —sentenció Adrián antes de que Clarisa pudiera abrir la boca—. S é dónde dice y me gust a, así que vamos a ir ahí y no se hable más.

En el coche la situación no mejoró, al contrario, se tornó aún más tensa e incómoda.

Adrián ya no llevaba muletas, pero seguía sin poder conducir, y Clarisa no tenía carnet.

Yo había cedido el asiento de copiloto a Adrián, pero este se negó, así que durante la mitad del trayecto nos sentimos cohibidos por el silencio hasta que Pablo hizo un comentario sobre el partido y los dos comenzamos a charlar animadamente.

Sin embargo, en la parte trasera, Adrián miraba por la ventana sin prestar la más mínima atención a Clarisa, quien, por supuesto, estaba entretenida con su móvil.

¿De verdad Adrián podía estar enamorado de alguien como ella ?

Era posible que él y yo hubiéramos tenido varias discusiones en las últimas semanas, pero lo que no se podía negar era que, cuando te permitía conocerlo y dejaba atr ás esa fachada de prepotente, era alguien muy agradable, con buena conversación, divertido y simpático.

A través del espejo retrovisor eché un vistazo a los dos.

Me daba pena esa situación: de cara a la galería eran la pareja perfecta, guapos, famosos y estupendos, no obstante, la realidad era más bien la opuesta.

Adrián me vio mirar por el espejo y, en un gesto infantil muy tierno, me sacó la lengua, sonrió y siguió mirando por la ventana.

Podía ser insoportable, pero estaba claro que la persona sentada a su lado no era para él.

Después de lo que me pareció una eternidad, estábamos sentados a la mesa en el restaurante.

No tuvimos que esperar ni cinco minutos para conseguirla, a pesar de que parecía estar lleno.

Nos acomodaron en una zona bastante retirada y alejada de las miradas que se habían posado sobre nosotros nada más atravesar las puertas del restaurante.

Incomodidades de ir acompañada por uno de los futbolistas de moda.

Aunque la verdad era que, a pesar de la fama de Adrián, el acoso al que se veía sometido por parte de los aficionados no era tan grande como para impedirle llevar una vida normal.

No tenía problemas para salir a cenar, de copas o simplemente dar una vuelta con sus amigos, aunque no podía evitar los cuchicheos, las miradas indiscretas, los autógrafos y las fotos.

El siguiente momento en el que pasé un mal trago fue a la hora de pedir la cena.

Por supuesto, Clarisa no tenía hambre, así que solo quería una ensalada con poco aliño y agua sin gas.

Por el contrario, mi estómago pedía comida; no había tomado nada desde la cena de la noche anterior y estaba hambrienta.

Revisé la carta de arriba abajo varias veces, tenía una pinta estupenda y me apetecía todo.

Sin embargo, me daba vergüenza pedir lo que me gustaría a la vista de lo que iba a comer Clarisa.

Me sentí observada, por lo que alcé la cabeza y me encontré con tres pares de ojos mirándome.

—¿Ya te la has aprendido? —bromeó Adrián.

—Perdonad, yo tampoco tengo demasiada hambre —mentí—. Me está costando decidirme.

—Siempre que venimos aquí, Adrián y yo pedimos lo mismo —intervino Pablo mientras me quitaba la carta de las manos—. Estoy seguro de que te va a gustar, así que déjate de tonterías y vamos a comer, que aquí todo está buenísimo.

—Vale, me dejo llevar, pedid lo que queráis. Me f í o de vosotros.

Cuando el camarero vino a nuestra mesa, Pablo pidió la ensalada y el agua de Clarisa, un buen vino para el resto y tres menús degustaci ón especiales de la casa.

—Te va a encantar, sobre todo los postres. —Me guiñó un ojo y me cogió la mano por debajo de la mesa. Mi pulso se aceleró al contacto con su piel.

«¡ Ay, dios, este hombre va a acabar conmigo! » .

Apenas cinco minutos después empezaron a servirnos todo tipo de platos, desde un ceviche de pulpo y un tartar de salmón hasta solomillos en salsa roquefort.

Pablo tenía razón: todo estaba delicioso.

Y si la comida había sido espectacular, los postres, con la tarta de chocolate y el tiramisú a la cabeza, no se quedaron cortos.

Terminamos con un café, unos bombones belgas y un chupito cortesía de la casa.

Para cuando acabamos, los tres estábamos llenos.

—No voy a poder comer en una semana —brome ó Adrián—. Me encanta este sitio, está todo buenísimo.

—Sí… —corroboré a duras penas mientras masticaba el último bombón.

Pablo acercó un dedo a la comisura de mis labios, me quitó un trocito de chocolate que se había quedado allí y se lo llevó a la boca, en un gesto de complicidad tremendamente sensual, mientras se reía y yo notaba c ó mo la sangre bombeaba a mil revoluciones en mi corazón.

—Lo siento, soy adicta al chocolate y estos son mis bombones preferidos —pude aclarar por fin, muerta de la vergüenza—. Está todo delicioso.

—¿Una copa? —preguntó Adrián. Todos asentimos—. Mejor un mojito, pero solo uno, ¿no, Ana? —Me miró y se rio.

—Muy gracioso. —Le saqué la lengua haciéndome la indignada y devolviéndole la sonrisa.

Fuimos a uno de esos pubs de moda repletos de lo más selecto de la noche madrileña. Sentados en un reservado, Adrián y yo esperábamos a que Clarisa terminara de charlar con unos conocidos a los que había ido a saludar cuando entraron en el local y a que Pablo volviera con las bebidas.

—Lo siento. —Adrián acortó distancias para hablarme al oído , ya que el volumen de la música impedía mantener una conversación en un tono normal.

—¿Por qué? —contesté sorprendida.

—El numerito de Clarisa de antes y que hayas tenido que presenciar algo así.

—No pasa nada, tranquilo. —Había algo que me reconcomía por dentro y quería preguntarle, pero no quería ser cotilla ni importunarlo.

—Venga, dilo.

—¿Qué? —Se había dado cuenta.

—Hay algo que quieres preguntarme. Te voy conociendo y sé que hay algo rondando por esta cabecita tuya. —Me dio un ligero golpe en la sien.

—Por favor, no te enfades, y si estoy siendo indiscreta, no contestes.

—¿Qué hago con Clarisa? —Lo miré con cara de sorpresa.

Debía de ser demasiado transparente—. No es que seas transparente.

—¿Me estaba leyendo el pensamiento o es que con todo ese ruido ya no distinguía si estaba pensando en voz alta?

—. Ni yo mismo sé lo que hago con ella. Cuando nos conocimos, era diferente; hace ya mucho que no nos soportamos.

Creo que seguimos saliendo por comodidad, pero cada uno hace su vida, y si nos apetece vernos, pues lo hacemos.

—Creo que no es justo ni para ella ni para ti. No la conozco y no puedo opinar, pero en tu caso, sí . Creo que te mereces ser feliz, y no creo que ella te haga feliz.

—Tal vez, Ana, de todas formas, hace mucho que dejé de buscar eso.

—¿Qué exactamente? ¿El amor, la felicidad?

Justo en ese momento, Pablo llegó con las copas y Clarisa se aproximó para sacarme a bailar, así que Adrián se calló y mi pregunta se quedó en el aire sin respuesta.

La conversación con Adrián me dejó un sabor de boca amargo. No habíamos empezado con buen pie, pero se estaba ganando mi cariño y me dolía verlo tan derrotado como lo había visto en ese momento. ¿Sería posible que é l también hubiera renunciado al amor?