Diario de una soltera convencida Capítulo 17
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Capítulo 17

Un sonido desagradable puso fin a mi maravilloso sueño.

Pablo y yo estábamos en mi casa, nos besábamos con dulzura, saboreando lentamente los labios del otro; sus manos recorrían mi espalda, subiendo y bajando en una lenta y deliciosa tortura, y justo en el momento en que la cosa se ponía interesante, apareció ese maldito ruido.

Ahí estaba otra vez, sonaba como un ring … ring … ¡Mierda! ¡El teléfono!

Me levanté corriendo del sofá. ¿Qué hacía en el sofá?

Tropecé con los zapatos y la ropa, que estaban desperdigados por el suelo del salón.

¿Qué hacía todo en el suelo? Busqué y localicé, después de varias vueltas, el bolso en la ducha.

No quiero pensar qué hacía el bolso en la ducha.

Me senté en el suelo del baño y contesté al móvil, por fin.

—¿Sí? —dije con una voz que parecía de ultratumba, debido, en su mayor parte, a la gran cantidad de cigarrillos que Paola y yo habíamos fumado la noche anterior.

Nunca había sido una fumadora empedernida, sino lo que se conocía como una fumadora social: solo lo hacía cuando salía a cenar, de copas o cuando estaba especialmente nerviosa.

—¿Ana? —¡Era Pablo!

—Sí, soy yo. —Carraspeé tratando de que mi voz volviera a ser la de siempre.

—Hola, estaba a punto de colgar. Menuda voz. Por lo que parece, la noche se ha alargado bastante, ¿no? —¡Eso era! La noche anterior había salido con Paola, se me había olvidado. « Menos mal, aún no me he vuelto loca » .

—Sí, la verdad es que he llegado hace… —miré el reloj: las doce y media— unas dos horas.

—¡Vaya! Entonces sí que se alargó. Espero que lo pasarais bien.

Las imágenes aparecieron nítidas en mi cabeza.

La cena con P aola y sus pucheros para tomar una copa y…

a casa. Los mojitos —de hecho, muchos mojitos—, una pelea con una rubia oxigenada y creía recordar que Paola me había besado.

S í, definit ivamente me besó tratando de ahuyentar el ataque de un escuadrón de moscardones en el pub .

Esa última información mejor me la guardaba para mí.

Pablo no tenía por qué saber tanto, ¿no creéis?

—Digamos que hemos vivido de todo, ya te contaré. —Cambié de tema—. ¿Qué querías?

—Te llamaba por lo del partido de esta noche, ¿te acuerdas?

—Sí, claro. Solo tengo un poco de resaca, no amnesia.

—Me alegra oír eso. Me ha pedido Adrián que te pregunte si prefieres ir al partido y cenar cuando salgamos o quedar primero para cenar y después ir al partido.

—Lo que vosotros prefiráis, no me gusta decidir lo que vamos a hacer todos.

—No tenemos preferencias, pero ¿ te parece bien que vayamos primero al partido y después sigamos con la cena y las copas? Así dejamos que duermas unas horas más.

—Me parece una gran idea.

—Paso a buscarte sobre las nueve para llegar sin retraso y poder aparcar.

—Estupendo, a las nueve estaré lista para la gran noche.

—Seguro que será una gran noche: estarás tú. Un beso.

Colgué aún con una sonrisa idiota en la cara y con las mejillas ardiendo como si hubiera apoyado la cara contra el radiador. No p odía ser que una tonta conversación con él me trastornara de esa forma, parecía una quinceañera.

Me levanté del suelo para volver a la cama y… ¡ ahhh, había un monstruo en mi baño! Ah, no, solo era yo… ¡Era yo! ¿Qué le había pasado a mi cara? ¿Y a mi pelo? Os voy a describir lo que vi: el pelo recogido en una especie de maraña indefinida y, en la cara, restos de sombra de ojos y de rímel.

Necesitaba urgentemente una sesión intensiva de peluquería y maquillaje profesional.

Pero también necesitaba dormir, porque si no lo hacía, las ojeras no las iban a cubrir ni diez capas de maquillaje.

Ten ía que estar perfecta. No por Pablo.

Bueno, sí , ¿a quién trato de engañar? Sopesé los pros y los contras en menos de diez segundos y me metí en la cama, esta vez sí, y program é el despertador para las cinco de la tarde.

Cuatro horas era tiempo suficiente para una sesión de chapa y pintura completa.

Me di media vuelta y un segundo después estaba ya en los brazos de Morfeo.

Otra vez ese ruido… ¿Qué era? ¿El teléfono otra vez? ¿Una no podía dormir tranquilamente su resaca o qué? Mir é la hora… ¡Mierda, me había dormido!

Eran más de las siete y media de la tarde, por lo que tenía apenas una hora y media para ducharme, vestirme, peinarme y maquillarme. Adiós, sesión de peluquería y maquillaje profesional; tendría que hacerlo yo sola.

19:45 h: salí corriendo de la cama, me desnud é por el pasillo, entr é en la ducha y restregué toda la capa de polvo y suciedad de mi pelo.

¿Pero dónde había estado la noche pasada?

¿En Afganistán, en una misión en el desierto?

Me pas é la crema exfoliante mientras actuaba la mascarilla, repasé la depilación, y lista.

Estaba fuera de la ducha en solo quince minutos; eso debería formar parte del Libro Guinness de los récords .

20:00 h: a ún seguía decidiendo qué ponerme.

Ya había desechado tres modelos que estaban desperdigados por encima de la cama, la silla y el suelo.

No era capaz de elegir. Situaciones desesperadas requieren medidas extremas.

Cogí el teléfono, marqué el número de Paola, conecté el altavoz y, ansiosa, esper é que contestara.

— ¿ Qué me pongo? —fue mi grito desesperado desde la otra punta de la habitación, a través del cuello del vestido que me estaba probando en ese momento y que se negaba a abrirse.

—¿Ana?

—Sí, soy yo —chillé, peleando con la cremallera—. En una hora viene Pablo y no sé qué ponerme, estoy sin peinar ni maquillar. ¡ Ayuda, por favor!

—Tranquila, empieza por tomar aire. Así, inspira, espira… —Empezó a hacer las respiraciones a través del móvil.

—¡Paola! —le grité al borde de un ataque de nervios.

—Solo quería calmarte. A ver, déjame que piense, tengo que visualizar tu armario y el modelo más adecuado. Veamos, tiene que ser elegante pero sexy . Sin exagerar. No, ese no…, aunque si ponemos el…

— ¡ Paola!

—Paciencia, el genio está creando. ¡Lo tengo!

20:20 h: Paola había acertado por completo en el vestuario. Pantalón pitillo negro con un top palabra de honor en tono tierra y, por supuesto, mi pieza maestra, lo que nunca puede faltar en una noche así: unos buenos tacones en color nude . ¡ ¿ Qué sería de mí sin ellos?!

20:30 h: no era capaz de domar mi pelo, pero no contaba con ayuda profesional, así que tendr ía que vencer yo sola al matojo en el que parecía que se había convertido mi melena, anteriormente lisa. Era imposible recogerlo ni alisarlo ni darle una forma decente.

20:55 h: había conseguido derrotar al pelo, más o menos, y ahora estaba con el maquillaje. La cosa no podía ir peor. Había pasado el pincel del rímel demasiado cerca del ojo y no paraba de llorar; se me estaba corriendo todo el eyeliner y no podía dejar de moquear.

21:00 h: seguía en crisis. Al menos Pablo aún no había dado señales. Tranquila, Ana, lo conseguirás. Sonó el telefonillo. ¡Mierda, era Pablo! Encima, puntual.

—Bajo en un momento, dame cinco minutos.

21:20 h: llegaba muy tarde. No podía ni detenerme a echar un último vistazo al resultado final. Me puse los zapatos, cogí el bolso, el abrigo y salí corriendo de casa.

Fuera esperaba Pablo, guapísimo. Llevaba una americana oscura, una camisa blanca y un vaquero también oscuro. Sonrió al verme salir del ascensor.

—Lo siento —fue lo primero que dije al atravesar la puerta.

—No te preocupes, tenemos tiempo para llegar. ¿ Madame ? —Me ofreció el brazo.

Enlacé mi brazo en el suyo y aspir é su aroma. El coche estaba aparcado justo delante del portal de mi casa, así que el trayecto fue más corto de lo que me habría gustado. Abrió la puerta del asiento del acompañante para que pudiera entrar, pero antes de cerrar se acerc ó a mi oído:

—Por cierto, la espera ha merecido la pena. Estás sensacional.

Sonrió de nuevo, me dio un beso en la mejilla, cerró la puerta y rodeó el coche para entrar. No dejó de sonreír ni cuando el motor despertó; la noche no podía haber empezado mejor.