Diario de una soltera convencida Capítulo 16
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Capítulo 16

Acababan de dar las diez de la mañana y yo estaba entrando por la puerta de mi casa. No sabía cómo definir esa noche. Había tenido risas, bailes, mojitos, un intento de agresión y un buen desayuno… Creo que no me olvido nada, ah sí: una escena lésbica.

Había llegado a casa cerca de las nueve de la noche después de estar toda la tarde con Pablo, paseando, hablando, riendo y —lo confieso— besándonos.

Me sentía como una adolescente con las hormonas revolucionadas, pero no podía apartar las manos de él cuando lo tenía cerca, y a él le pasaba lo mismo.

Los besos cada vez eran más ardientes, las manos empezaban a tantear terrenos desconocidos.

Me había aprendido, casi de memoria, la forma de su espalda al arquearse para besarme.

Habíamos tenido que parar varias veces en el coche, ya que la temperatura se estaba elevando demasiado.

No sabía cómo había ocurrido, pero empezaba a sentir emociones muy intensas.

Mi cuerpo se rebelaba contra mí y cada vez pedía más, llegar más lejos, sentirl o aún más cerca de mi piel.

Tenía que dejar de pensar así o sufriría una combustión espontánea en cualquier momento. Me ponía a cien, no lo podía negar.

No habían dado las diez cuando ya tenía a Paola frente a la puerta de mi casa. Había reservado mesa en uno de nuestros restaurantes favoritos y no quería llegar tarde.

Después del interrogatorio correspondiente sobre las últimas novedades de Darcy, y de contarle la tarde que había pasado con Pablo, llegó el turno de sus explicaciones.

Conocía a Paola desde hacía mucho tiempo, ella siempre me había dicho que no creía en el matrimonio; pese a ello, yo pensaba que, llegado el momento, sus prioridades cambiarían y estaría dispuesta dar el paso.

No es que yo tuviera la mentalidad de mi abuela, que se hacía cruces solo de pensar en intimar con un hombre antes de estar sagradamente bendecidos por la Iglesia, pero creía en el matrimonio, y estaba convencida de que Paola, al final, daría su brazo a torcer.

—No lo entiendo, Paola —le expuse mientras me comía el último trozo de tarta de chocolate.

—Es sencillo, Ana. Se acabó, y ya está.

—¿Vas a poner el punto final a una relación de más de ocho años por eso?

—No se trata de poner fin a una relación, sino de que Luis no está respetando mis decisiones.

Quiere forzarme a hacer algo que no deseo, algo en lo que no creo, y lo peor es que no lo hace por él, sino por el lavado de cerebro al que lo han sometido en su casa.

Ana, si después de ocho años juntos me viene con estas, ¿qué será lo siguiente? ¿Que tengamos hijos?

—Tampoco creo que sea una petición tan descabellada, ¿no?

—Ana —me miró como si me hubiera vuelto loca, poniendo los ojos en blanco—, nuestros puntos de vista sobre el matrimonio y los hijos son muy diferentes, y lo sabes.

Tú crees en el matrimonio y la fidelidad y todas esas cosas, y lo respeto, pero yo no opino igual.

Si Luis me quiere, tiene que aceptar eso; yo no puedo darle más.

Llámame egoísta, pero es mi forma de ver la vida, y no voy a atarme a una relación en la que no se me respeta, ¿lo entiendes?

—Sí, lo entiendo. No lo comparto, no hace falta que te lo diga, pero eres mi amiga, y no creo que deba juzgarte por ello.

—Gracias. —Cogió su copa y tomó un poco más de vino—. Y ahora cambiemos de tema. Nos hemos puesto demasiado serias y no me gusta. ¿Dónde vamos a tomarnos esa copa?

Miré la hora: era casi la una y sabía que, si tomábamos una copa, llegaría a casa muy tarde, y tenía muchas cosas que hacer el sábado.

Entre ellas, ir a la peluquería para ponerme monísima para el partido; si Adrián iba del brazo de una modelo espectacular, yo no quería aparecer como la madrastra de Blancanieves .

—Mejor dejamos esa copa para otro día, Paola, mañana me espera un día completo.

—Porfa. —Me miró con pena y haciendo un puchero—. Solo una.

—Paola, tú y yo sabemos que no va a ser solo una. —Hizo otro mohín lastimero y yo no pude resistirme, finalmente me rendí—. Una, y a casa.

¿Una, y a casa? ¿Por qué siempre que dices algo parecido a eso acabas llegando a casa más tarde que nunca?

Es como si en ese momento tuviera lugar una conjunción cósmica que imposibilitara que esa afirmación se hiciera realidad.

Como si el universo entero se pusiera en tu contra para que no pudieras llevar a cabo tu propósito.

Eso fue exactamente lo que nos pasó a Paola y a mí.

Acabamos en un pub cercano al restaurante; pedimos un par de mojitos y nos sentamos en una de las mesitas del fondo.

Era uno de esos lugares de moda decorado a la última y en el que, miraras donde miraras, había gente.

Todos vestían como si fueran a salir en el último catálogo de Calvin Klein, tacones y melenas al viento, vaqueros y minifaldas.

Me sentía fuera de lugar, como si me hubiera colado en la fiesta de disfraces de un niño y yo fuera el payaso que habían contratado para entretenerlos.

Me tomé el mojito en dos tragos; necesitaba un poco de la desinhibición que proporciona el alcohol para poder desprenderme de esa sensación.

Era consciente de que eso no iba a solventar mis problemas, pero una cosa es ser alcohólica y otra, tomarse un par de copas.

Además, ¿quién no lo ha hecho? El que esté libre de pecado, ya sabe.

Ya me he desviado. Si a los dos mojitos que nos habíamos tomado, sumamos el vino de la cena, el chupito al que nos habían invitado en el restaurante y otro más el camarero al pedir la segunda copa, la mezcla ya comenzaba a ser realmente explosiva.

Estábamos animadas y bailando cuando un par de moscardones se acercaron con ganas de molestar.

Moscardón . Dícese de ese tipo pesado, más bien feo, que se acerca en la discoteca mientras tú intentas bailar con tu amiga y, situándose a tu lado disimuladamente, se esfuerza en que su cuerpo se interponga entre tu amiga y tú hasta quedar cada vez más próximo al tuyo.

Esta vez no había sido solo uno el que había iniciado la aproximación, sino que el ataque había sido en escuadrón, estrategia que yo no soportaba, pero que llevaba los diablos a Paola y, sobre todo, a su genio.

Sabía que en cualquier momento sacaría a relucir su arsenal de defensa, que consistía en tres pasos: primero, empujar para alejar al moscardón.

Segundo, ataque frontal; se encararía con ellos mostrando su vena más macarra.

Y, por último, si los pasos anteriores no habían resultado suficientes y los moscardones seguían molestando, recurriría a las medidas desesperadas.

Temía que llegara ese momento, ya que nunca sabía qué iba a ocurrir.

Desde que la conocía, solo la había visto recurrir a esas medidas en una ocasión, y os puedo asegurar que el moscardón en cuestión nunca más se acercó a nosotras.

La sucesión de imágenes no estaba nítida en mi cabeza; recordaba a Paola acercándose a mí y cómo sus labios se unieron a los míos.

Paola me besó (ya os he dicho que había escena lésbica).

Tengo que reconocer que la estrategia, si bien no era lo que yo esperaba que hiciera, obtuvo un resultado plenamente satisfactorio y los moscardones volaron lejos de nosotras. Moscardones 0-Paola 1.

Hay algo que nunca nunca nunca, bajo ningún concepto, hago en un pub o discoteca, a no ser que sea de extraordinaria y urgente necesidad: ir al baño.

Vosotras me entendéis. Primero, aguantar una fila que parece que nunca acaba.

Da la impresión de que, más que al baño, vamos a que nos regalen algo.

Una vez superado el reto de la fila, viene el segundo desafío: intentar hacer pis sin que se te caiga el bolso, sacando el kleenex y evitando que la puerta se abra.

Me río yo de la Misión: imposible de Tom Cruise.

Nos dirigíamos a la barra cuando comenzó la catástrofe.

Paola tropezó, tirando toda la bebida sobre el minivestido rosa fucsia de la rubia oxigenada que estaba a su lado.

El asunto no habría pasado a mayores si no hubiera sido porque, en nuestra infinita buena suerte, habíamos ido a dar con la tía que tenía peor carácter del local (por no decir otra cosa…).

Se encaró a Paola, recriminándole que le había manchado su estupendo vestido nuevo de Gucci (ya os digo yo que ese vestido no pasaba de Puco de mercadillo de su barrio).

La paciencia de Paola tiene un límite, y ella lo sobrepasó con creces.

En el momento en que los bolsos empezaron a volar, decidí que era hora de agarrar a Paola del brazo y sacarla de allí mientras por su boca escupía lindezas aptas solo fuera del horario infantil.

Seguíamos muertas de risa cuando, ¿sabéis quiénes aparecieron a nuestro lado?

¡Los moscardones! Escapamos más rápido que el rayo, que es igual a la velocidad que nos permitían los diez centímetros de tacón que ambas llevábamos más los dos mojitos.

Eran las cinco de la mañana (como en la canción…) y las ganas de marcharnos a casa se habían esfumado.

No me importaba nada: ni Pablo ni Adrián ni Darcy ni mis ojeras para el partido.

Solo quería seguir bailando y tomando mojitos con Paola, y eso fue justo lo que hicimos.

A las nueve y media de la mañana nos metimos en un taxi para volver a casa; los zapatos en la mano, el estómago lleno después del homenaje que nos habíamos dado a base de tortitas con nata y batidos de chocolate blanco en el VIPS , ni rastro de maquillaje, pero con la sensación de haberlo dado todo.