Diario de una soltera convencida Capítulo 15
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Capítulo 15

Lo correcto habría sido decir que era hora de intentar dormir, porque fue imposible conciliar un sueño reparador.

Mi mente no dejaba de inventar todo tipo de combinaciones de respuestas a mi mensaje a Darcy.

Cuando, por fin, después de unas veinte contestaciones diferentes con sus consiguientes réplicas, conseguí dormirme, no fue mucho mejor.

Me encontraba en mitad de un sueño extremadamente raro. Pablo, Adrián y yo estábamos en la fiesta de Navidad de mi empresa, y yo discutía con uno de ellos, no sé con cuál. Tenía la sensación de que iba a pasar algo y cuando llegó ese momento, me desperté.

Preparé café y tostadas para desayunar mientras echaba una ojeada a las noticias por internet.

Lo admito, también miré si había señales de Darcy; ni rastro de respuesta.

A las ocho estaba lista y saliendo del garaje de casa en dirección a la oficina.

Paola había pasado un par de días atrás a traerme el coche, ya reparado por completo después de la visita al taller.

Cuarenta minutos después ya estaba en mi despacho, leyendo el periódico y esperando a que Paola entrara como un torbellino por la puerta, ansiosa de novedades del tema Darcy.

Habíamos hablado todos los días por teléfono, y estaba emocionada con todo el jueguecito de la doble identidad; le parecía romántico y emocionante.

Me quedé mirando la calle. El día se había levantado completamente invernal, oscuro y frío; amenazaba con empezar a llover en cualquier momento.

Pensaba en las vueltas de la vida y en cómo no somos más que simples marionetas en manos del destino, y más aún cuando se trata del amor.

No es justo que la vida te ponga delante a esa persona que lo significa todo, que te completa y te llena, para que, sin previo aviso, desaparezca y, sin embargo, el mundo sigue girando como si no hubiera sucedido nada.

Sabía lo que se sentía al amar, había experimentado esas mariposas, que nada m ás valía la pena y que habría dado mi vida por otra persona; yo sabía lo que era el amor.

Y también sabía lo que representaba perderlo.

Sabía lo que era estar en el cielo, y os puedo asegurar que también conocía el infierno.

—Hola, guapa —dijo Paola, acercándose a tocarme la frente para asegurarse de que no tenía fiebre—. ¿Estás mejor?

—No hace falta que juegues a las mamás conmigo. No tengo fiebre y me siento mucho mejor; sigo congestionada, pero no como antes.

Dejó un café encima de la mesa y se sentó en el sillón a tomarse el suyo sin decir nada más. No era normal en ella estar tan seria, ni siquiera había mencionado aún a Darcy. Conté un minuto y seguía en silencio; eso sí que ya me preocupaba.

—¿Qué te pasa, Paola? —No pude esperar más. Me miró en silencio y siguió con su café—. Paola, te conozco. Cuéntamelo.

—No es nada; voy a mi sitio. —Me levanté y le agarré la mano para evitar que saliera.

—Vuelve a sentarte ahora mismo y empieza a contar. ¿Qué te pasa?

—Est á bien. H e discutido con Luis —dijo volviendo a sentarse en el sillón.

—Algo así me imaginaba. ¿ Qué le has hecho?

—¿Qué le he hecho yo? Ana, se supone que eres mi amiga.

—Y lo soy, pero también te conozco, ¿qué has hecho esta vez?

—Pues te equivocas, doña Sabelotodo, yo no he hecho nada. ¿Tú te crees que es normal que me pida que me case con él?

—¿Casarte? ¿Te lo ha pedido? Pero eso es maravilloso, Paola, felicidades. —Me acerqué a darle un abrazo, pero me frené en seco—. No es maravilloso, ¿me equivoco? Pero tú lo quieres, ¿no?

—Claro que lo quiero, pero no voy a casarme con él ni con nadie; no creo en el matrimonio, nunca lo he hecho y no lo haré. El matrimonio es una institución obsoleta y arcaica. No te he contado lo mejor: me ha dado un ultimátum. O nos casamos o me deja.

—¿Y qué has hecho? —pregunté, temiendo la respuesta.

—Pues está claro, ¿no? Lo he dejado.

—Lo siento mucho, Paola, pero al menos podrías reconsiderar tu opinión o hablarlo con él. Luis es una persona sensata y racional; estoy segura de que, si habláis sobre el tema, podéis llegar a un entendimiento.

—No, Ana, se acabó, y no voy a dar más vueltas a este asunto.

¿ Y tú, qué?, ¿cómo van las cosas con don Perfecto Caballero Inglés Macizorro?

, ¿qué me tienes que contar hoy? —El timbre estridente de la puerta comenzó a sonar.

Salvada por la campana, sonreí—. Voy a abrir, pero no te libras de contarme todo luego; tengo buena memoria y lo sabes.

La noticia me había caído como una bomba.

Sabía que Paola era contraria al matrimonio, aunque no pensaba que pudiera llegar hasta el extremo de dejar a Luis por esa razón; además, ella lo quería.

¿Tal vez el amor no era suficiente para asegurar que una relación de pareja funcionase?

¿Estaba lo mío con Pablo destinado al fracaso total?

¿Merecía la pena siquiera que lo intent ás emos? ¡Ana, para ya!

« Tengo que dejar de darle mil vueltas a las cosas » , me regañé por centésima vez en el soliloquio que solía mantener conmigo misma de vez en cuando.

Tuve la sensación de que alguien me miraba y oí una risa detrás de mí.

— ¿ Hablando sola? ¿Tan mal nos estamos portando que ya te hemos vuelto loca? —Hablando del rey de Roma. Era Pablo el que sonreía desde la puerta de mi despacho, más guapo de lo que lo había visto nunca, si eso era posible.

El traje de chaqueta azul oscuro que llevaba, junto con la camisa blanca sin corbata, mezclaba el aspecto informal y serio a la vez y, sobre todo, tremendamente irresistible. Completaba el look una barba de un par de días que le daba un aspecto muy sexy . ¡Reacciona ya, Ana!

—Hola, Pablo; no te preocupes, yo siempre he estado bastante loca. —Se acercó a saludarme y permanecí un segundo respirando su aroma. Olía a aire fresco mezclado con un olor muy masculino.

—No creo que sea para tanto, ¿no?

—Si tú lo dices… —Empezamos con la primera parte del tonteo diario.

— ¿ Recuperada ya?

—Bastante. A ún estoy un poco congestionada , pero nada en comparación con días atrás —traté de darle una nota melodramática.

—Ya vi tu estado de Instagram. Tengo que decirte que, para estar muriéndote, estás muy guapa.

—Gracias. —Desvié la vista como una adolescente mientras notaba c ó mo el calor subía por mis mejillas y me ponía colorada—. ¿Dón de está nuestro querido Adrián? ¿ Ya te has deshecho de él? Si necesitas ayuda para ocultar el cuerpo, conozco el lugar perfecto para esconderlo —bromeé.

—Gracias por el ofrecimiento —dijo con una sonrisa capaz de nublar el juicio de cualquiera—, pero aún no hemos llegado a eso. Tenía revisión de la rodilla y hemos quedado directamente aquí; no creo que tarde en llegar.

—Si quieres, vamos pasando a la sala de reuniones y vemos los contratos, ¿de acuerdo?

—Por supuesto. —Se apartó para dejarme salir—. Tú primero. —«Mi educado caballero inglés».

Adrián apareció unos veinte minutos después.

Estaba impecable, y muy guapo. ¿ Eso era una especie de competición a ver quién estaba más bueno?

É l no llevaba traje, sino unos vaqueros oscuros, una camisa azul y una americana gris marengo.

Traía una sonrisa de oreja a oreja. Me dio dos besos con entusiasmo y se sentó en la silla que había justo a mi lado.

—¿Y esa cara? ¿Qué te han dicho? —Pablo fue el primero en preguntar.

—¿Qué le pasa a mi cara? —se sorprendió a la vez que chocaba la mano con Pablo. Los hombres y sus masculinos saludos.

—Nada, no sé, estás… feliz.

—Sí, lo estoy. Parece que las cosas empiezan a irme bien —manifestó con una enorme sonrisa—. Me han dicho que todo va perfectamente y que en menos tiempo del esperado… ¡podré volver a entrenar!

—Eso son excelentes noticias —dije adelantándome a Pablo—. Me alegro muchísimo por ti.

—Sí, son las mejores noticias que podían darme.

Dentro de poco cerraremos mi fichaje, en febrero estaré jugando al fútbol en el Santiago Bernab é u con la camiseta del Madrid y voy a anunciar futbolines y colonias.

Voy a ser como Cristiano Ronaldo, pero más guapo.

—Se echó a reír— . ¿Qué más puedo pedir?

— ¿ Una novia como la suya? —bromeó Pablo, al que miré con mi mejor cara de « todos sois iguales » —. Si te gustan ese tipo de mujeres —disimuló—; no es mi tipo.

—Ya, seguro —contesté con suspicacia y una nota de celos.

—Es verdad. —Vi cómo cierto color se extendía por sus mejillas y no pude evitar una sonrisa perversa; lo había hecho sonrojarse. Se acercó a mí antes de volver a sentarse y me susurró—: Prefiero las morenas que hablan solas y me hacen reír.

Entonces fueron mis mejillas las que se tiñeron de rojo sin remedio.

La firma transcurrió sin incidentes. Adrián estaba feliz con los dos contratos que le había conseguido. Los spots para televisión se filmarían la semana siguiente, ya que la intención de las dos marcas era empezar a emitirlos antes de Reyes.

—Ana, te gusta el fútbol —dijo Adrián mientras comíamos, unas horas después.

—¿De verdad me estás preguntando si me gusta el fútbol?

—Se trataba de una afirmación. —Sonrió de nuevo. Tengo que reconocer que podría acostumbrarme a esa sonrisa y a ese Adrián feliz. No tenía nada que ver con el de unas semanas atrás—. Me han dado hoy las entradas para el partido del sábado, jugamos contra el…

—Valencia —me adelanté—, lo sé.

—Me preguntaba si te apetecería venir. Podr íamos ir al partido los cuatro: Pablo, Clarisa, tú y yo. D espués, salir a cenar y a tomar una copa, ¿qué te parece?

—Nunca diría que no a un buen partido de fútbol, pero no sé si estoy tan recuperada como para meterme en un estadio con el frío que está haciendo; podría recaer.

—Tranquila, los asientos de Adrián son cubiertos. Es un palco VIP , hay calefacción. Ven, será divertido —dijo Pablo sin darme opción a réplica.

—Lo pasaremos bien, di que sí —insistió Adrián poniendo su mejor cara de niño bueno y una mirada tierna que no tenía nada que envidiar al Gato con Botas de Shrek .

—De acuerdo —acepté.

—Perfecto, mañana hablamos para ver cómo quedamos.

Yo me tengo que marchar, que me están esperando para una sesión de tortura.

Deseadme suerte: Clarisa quiere mirar zapatos, y eso supone toda la tarde de zapatería en zapatería.

En fin…, seguro que Cristiano Ronaldo no tiene que sufrir así.

—Se acercó a darme dos efusivos besos y se fue.

Pablo y yo nos quedamos mirándonos sin decir nada hasta que estallamos en carcajadas.

—Este Adrián es único —dije.

—Y que lo digas. —Me miró y yo temblé al ver su mirada—. Ahora que se ha ido, ¿ qué te parece si tú y yo seguimos con un café?

—Me parece perfecto, no tengo nada más que hacer por hoy.

Acababa de terminar la frase cuando sonó mi tono de mensaje en el móvil; era Paola.

Aún tenemos una conversación pendiente. Paso para recogerte a las diez a tu casa para ir a cenar y a tomar una copa. No admito un no por respuesta.

—Te reclaman. —Pude detectar cierto tono de pena en su voz, o quizá eran imaginaciones mías.

—Tranquilo, es Paola, quiere que cenemos juntas.

—Entonces, ¿tienes tiempo aún?

—Sí, hasta las diez no he quedado, así que soy toda tuya hasta las siete más o menos…

¿Qué había dicho? Pablo sonrió más ampliamente, llamó al camarero y pidió dos cafés. Se acercó más a mí.

—Perfecto, me encanta.

Puso su mano en mi barbilla, me sonrió a la vez que giraba mi cara para tenerla frente a la suya y me besó dulcemente en los labios.