Capítulo 14
Esa misma noche comenté la única publicación que tenía el supuesto Darcy con una de las frases de la famosa novela de la gran autora inglesa:
Yo no quería que usted pensara bien de mí, pero usted lo hizo sin yo quererlo.
Había decidido arriesgar lo poco que quedaba de mi maltrecho corazón. Cuando pulsé el botón de enviar, el miedo me invadió, pero ya no podía hacer nada. La suerte estaba echada.
No tenía sueño, así que me tumbé en el sofá a ver una película. No podía apartar de mis pensamientos las palabras de Paola. «Vive, arriésgate y ama de nuevo».
¿Estaba preparada para volver a amar? Era un verbo que había conocido en el pasado, aunque hacía tanto que no lo conjugaba en tiempo presente…
«¿Qué estoy pensando?», me regañé.
No solo estaba dando por sentado que Darcy era Pablo, sino que además estaba conjeturando ya acerca de una relación. Pablo me había dicho que le gustaba, sin embargo, eso no significaba que quisiera una relación conmigo. Hasta ahí había un largo camino, ¿no?
Sus señales estaban ahí y no eran invención mía, ¿o sí? Me había besado. Dos veces. Y no habían sido precisamente dos besos de amigos, eso era obvio. Es algo que se intuye. Una mujer sabe cuándo un hombre está interesado en ella.
Pausé la película, a la que no estaba prestando atención, y abrí de nuevo mi diario; escribir me iría bien para aclarar las ideas. Había dejado abierto Instagram a la espera de novedades y, al mirar, ahí estaba lo que esperaba, la respuesta a mi comentario:
¿De verdad no querías que pensara bien de ti?
P .D.: Al final te has decidido a darme la oportunidad, me alegro.
El corazón se me aceleró. Volví a releerlo un par de veces y no pude evitar una sonrisa al contestar:
En mi mente nunca estuvo que pensaras más allá de lo que tú mismo querías pensar.
P.D.: Las oportunidades se ganan a fuerza de insistir.
Era muy tarde, y posiblemente no obtuviera una respuesta, pero no podía apartar la vista de la pantalla y de actualizar la página esperando la señal. No habían pasado ni cinco minutos cuando, por fin, llegó lo que tanto ansiaba:
Ingenioso juego de palabras, no esperaba menos de una mente brillante. Pero querer pensar y pensar no son lo mismo.
P.D.: Solo hay dos cosas que nunca vuelven atrás, la palabra pronunciada y la oportunidad perdida, y a mí no me gusta perder mis oportunidades.
Puse las manos sobre el teclado y empecé a escribir: Muy buena elección…
Borré inmediatamente. ¿Qué tipo de respuesta merecía ese comentario?
Era fácil decir algo ingenioso cuando tenía a la otra persona delante, pero no en ese momento.
Sabía leer los gestos, me movía como pez en el agua en esas situaciones, eran las mías, sin embargo, ahora no estaba segura de saber qué decir, porque un teclado puede ser frío, distante, y las palabras escritas pueden ser interpretadas de muchas maneras.
Tenía una nueva respuesta.
Solo espero no haberla perdido contigo.
Justo las palabras necesarias. Estaría cometiendo un grave error si no le daba una oportunidad a la persona que estaba al otro lado de la pantalla. Sabía exactamente qué tenía que decir.
Las oportunidades no se escapan de las manos de aquellos que hacen lo posible por retenerlas.
Abrí los mensajes directos; quería hablar con él lejos de las miradas indiscretas de todo el mundo, una conversación real.
O al menos, todo lo real que podía ser a través de una pantalla de ordenador.
Mis ojos buscaron su nombre entre mis contactos y se iluminaron al encontrarlo.
¿Esperaba a que se decidiera a hablarme o iniciaba yo la conversación?
«Ana, ya es hora de coger el toro por los cuernos».
Abrí una ventana de conversación y escribí.
ANA: ¿Sigue estando ahí?
Un segundo…, dos segundos…, cinco segundos… Por fin, en la pantalla se vio aquello que ansiaba: «Escribiendo».
DARCY: Siempre estaré aquí. Tenía miedo de que vos no estuviera. No debe tener miedo de mí.
ANA: ¿Que no tenga miedo? ¿Orgulloso y por encima del bien y del mal, señor?
DARCY: Consigue hacerme reír. ¿Yo, orgulloso? Le recuerdo que ha sido usted la que ha tardado en aceptarme. ¿Ha sido su prejuicio lo que la ha hecho flaquear en su decisión?
ANA: ¿Prejuicio? Creía que me valoraba más, señor Darcy. Pero me gustaría saber su nombre real, si fuera posible. Aprecio la originalidad, pero preferiría conocer el verdadero nombre que se esconde detrás de esa identidad.
DARCY: Le estoy diciendo la verdad sobre mi nombre, no hay más de lo que puede ver, o, mejor dicho, leer.
ANA: ¿Está seguro de que no hay más? De todas formas, no estamos en igualdad de condiciones y no es justo. Usted conoce mi verdadero nombre y yo no.
DARCY: Está bien. Si, como dice, esto no es justo para usted, tengo algo que proponerle: cree un perfil para que podamos seguir conversando de esta manera.
ANA: ¿Por qué es necesario todo esto? ¿Por qué no ser sinceros?
DARCY: ¿Quién dice que yo no esté siendo sincero? Estoy abriendo, o intentando abrir, mi corazón. ¿No es de sobra conocido que nunca somos más nosotros mismos que cuando tenemos una máscara delante? ¿Por qué quitarnos la máscara tan pronto?
¿Realmente tenía razón? Estaba segura de que era Pablo, pero… ¿y si no era él? ¿Estaba dispuesta a correr ese riesgo?
ANA: Está bien, si quieres que sea así, será de esa forma. Crearé un nuevo perfil privado para seguirle. ¿Puedo confiar en su persona? ¿Será completamente sincero conmigo? ¿Estará aquí mañana?
DARCY: Siempre. En todo. No lo dude.
ANA: Buenas noches.
DARCY: Buenas noches, bella dama. Dulces sueños.
Cerré el ordenador con una sensación extraña.
Toda esa situación, a pesar de parecerme total y absolutamente surrealista, había sido lo más emocionante que me había pasado en los últimos años.
Si Pablo quería jugar, no iba a ser yo quien pusiera fin al juego.
Si la partida ya había empezado, yo ya había puesto todas las cartas encima de la mesa, aunque sabía que todavía quedaba mucho por jugar.
Antes de irme a la cama, creé un perfil cuyo nombre no podía ser otro que Elizabeth Bennet, y seguí a Fitzwilliam Darcy.
Los dos días siguientes me quedé en casa, más obligada por Ricardo que por decisión propia. Había insistido en que terminara de reponerme al cien por cien. Apenas tuve noticias de Pablo, salvo para concertar una reunión en la que firmar los contratos de las campañas elegidas.
Por el contrario, y ante mi sorpresa, había sido Adrián el que se había interesado por mi estado de salud y con quien había conversado por WhatsApp durante esos dos días.
Siendo sincera, había sido muy agradable y divertido, me había hecho reír con sus locas ocurrencias y sus comentarios, sobre todo.
Siempre tenía una opinión que estaba dispuesto a compartir.
Lo mejor de esos dos días habían sido las noches, en las que Darcy y Elizabeth habían mantenido conversaciones hasta altas horas de la madrugada.
Al principio me resultó muy extraño hablar con él siguiéndole el juego, sabiendo que era Pablo.
Al final me había acostumbrado y podía ser yo misma.
Habíamos charlado de cine, de literatura, de la actualidad, de deporte; teníamos mucho más en común de lo que pensaba.
Me gustaba su forma de ver las cosas, con los pies en el suelo, pero intentando ver el lado positivo.
La noche del jueves esperé hasta más de las doce a que Darcy diera señales de vida. No pude quedarme más, ya que al día siguiente volvía a la oficina. Decepcionada por no haber podido mantener mi conversación diaria con él, abrí la opción de mensajes privados para mandarle uno.
ELIZABETH: Mi querido Darcy, esta noche te he echado de menos.
Espero que no haya sido nada importante lo que ha hecho que hayas faltado a nuestra cita.
Me he acostumbrado rápidamente a que seas tú la última persona con la que hablo antes de ir a dormir.
Hoy no puedo esperar más por ti, ya que mañana vuelvo a la oficina.
Espero que podamos hablar mañana. Un beso. Tu amiga, Lizzie.
Al presionar en «enviar» me asaltaron las dudas. ¿Parecía demasiado desesperada?, ¿no debería haberle dicho que lo echaba de menos? Dejé de darle vueltas y me metí en la cama. Mañana sería otro día, y ya no podía volver atrás, el mensaje estaba enviado.