Diario de una soltera convencida Capítulo 13
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Capítulo 13

Las horas siguientes a ese momento en el que Pablo me sonrió están bastante confusas en mi cabeza a causa de la fiebre.

Recuerdo llegar a casa y sentir mucho frío, meterme en la cama y ver casi cuarenta grados en el termómetro.

Tuve unos sueños muy extraños con Pablo, Adrián y una piscina, de los que me desperté agobiada y empapada en sudor.

Por supuesto, cuando sonó el despertador, no fui capaz de levantarme para ir a la oficina y pasé toda la mañana metida en la cama, con la nariz como si fuera un tomate, casi sin voz y con fiebre.

La llamada al móvil de mi madre me despertó.

Fue escuchar mi voz (lo correcto sería decir mi no-voz) y resolver que vendría a casa.

Así son las madres, ¿no? Después de diez minutos logré convencerla para que no viniera, prometiéndole que, si me encontraba mucho peor, la llamaría de inmediato.

Cogí el portátil para tratar de escribir algo en mi diario, pero ya llevaba más de media hora con la pantalla delante de mí y únicamente había conseguido encadenar tres palabras: «Me estoy muriendo».

Un poco dramático por mi parte, sin embargo, realmente me encontraba fatal.

Sin ánimo, y sin ninguna inspiración para escribir dos líneas coherentes, abrí mi perfil de Instagram y actualicé con una publicación de una preciosa foto de un cachorro tirado en el suelo y como único comentario: «Muriéndome».

¡Abran paso a la tragedia griega en mi vida!

Me había llegado una solicitud de mensaje privado y se trataba del mismo Fitzwilliam Darcy del día anterior. Era una cuenta privada y no tenía ni seguidores ni seguía a nadie.

¿Tantos prejuicios despierto en vos para que no aceptéis un simple requerimiento de amistad? Dejadme entrar en vuestro mundo; estimo que mi petición no es tan desacertada ni molesta para que sea tomada a la ligera.

¡Premio para el artista! El ataque de risa me duró un buen rato.

Al menos, me alegró la mañana; unas risas nunca venían mal y, sobre todo, en mi estado de semicoma.

¿Darcy? ¿Prejuicio? Me imagino que todos conocéis la célebre obra de Jane Austen, Orgullo y prejuicio .

Parecía ser que el orgulloso señor Darcy se había trasladado hasta pleno siglo XXI y estaba intentando entrar en mi mundo.

Bastante dolor de cabeza tenía como para darle más importancia a un mensaje de alguien que lo más seguro es que fuera una máquina interesada en ofrecerme sus servicios sexuales, así que pasé de largo y sin siquiera molestarme en responder.

Eran cerca de las ocho de la tarde cuando Paola hizo acto de presencia en mi casa.

Como un torbellino, abrió ventanas y me sacó de la cama para que me metiera directa en la ducha.

Arregló un poco mi habitación, preparó la cena y puso la mesa para que cenáramos las dos.

Minutos después de su irrupción cual ciclón, mi casa parecía otra y olía maravillosamente bien.

La ducha me había sentado genial, y tenía hambre, ya que no había probado bocado en todo el día, a excepción de unas cuantas galletas y una Coca-Cola.

Cenamos entre risas y bromas. Lo más destacado del día era que ya estaba casi todo organizado para la fiesta de Navidad.

La fiesta que se celebraba justo después del puente de diciembre era una costumbre de la empresa, que invitaba a todos los responsables de las marcas con las que trabajábamos, clientes, patrocinadores y una larga lista de personalidades.

Se trataba de un gran acontecimiento, y a la vez una forma de forjar negocios futuros.

Personalmente, nunca me había gustado, sin embargo, no podía faltar.

Seguíamos hablando cuando sonó mi móvil. Miré la pantalla y vi que era un WhatsApp de Pablo; lo abrí con una sonrisa boba en la cara. Algo que, por descontado, no pasó desapercibido para mi amiga.

—Solo es Pablo. —Me adelanté a su pregunta mientras respondía—. Quiere saber cómo estoy. Me ha estado escribiendo todo el día para interesarse por mi salud.

—Ya…, solo Pablo. Estoy convencida de que aquí hay más cosas de las que me has contado. Se supone que somos amigas; yo te cuento todo, te sabes toda mi vida, y tú, nada, no es justo —dijo haciendo un mohín de lo más gracioso.

Si le contaba lo del beso, no iba a dejarlo pasar e iba a seguir insistiendo en el tema. Por otro lado, necesitaba hablarlo con alguien.

—Está bien, tú ganas, te cuento algo, pero…

—¡Bien! —Se entusiasmó como una niña pequeña dando palmas—. No te dejes los detalles más jugosos.

Le conté todo lo que había ocurrido con Pablo: el casi beso en la oficina, el tonteo descarado que ambos nos traíamos, lo que había pasado en casa de Adrián, cómo Pablo y yo habíamos cenado juntos después de encontrarme perdida y, al final, también lo del beso.

—Espera, espera —dijo, enloquecida, mientras soltaba las galletitas saladas que estaba comiendo—, ¿te besó? —Asentí simulando indiferencia—. ¿Y?

—Y ya está, le di las buenas noches y subí a mi casa.

—Sosa —me riñó a la vez que me lanzaba un cojín del sofá—.

Entonces, por eso había esa tensión en el ambiente el lunes, ¿no?

Ya notaba yo que pasaba algo, ya sabes que tengo esos poderes sensoriales.

—Me guiñó un ojo—. Bueno, más que sensoriales: tengo un par de ojos en la cara y no pude, ni quise, evitar fijarme en cómo Pablo no te quitaba ojo de encima. ¿Qué pasó después de que me fuera?

—Nada, me acompañó a casa y ya está.

De repente, las imágenes aparecieron nítidas en mi memoria; pensaba que había sido fruto de la fiebre.

Ahora lo veía con claridad, había sucedido.

Habíamos estado cenando cerca de casa, después Pablo me acompañó hasta la puerta.

Recordaba que me había dicho que yo le gustaba, pero que no iba a insistir.

Había añadido que me dejaría todo el tiempo que necesitara y después me había besado otra vez. ¿Cómo podía haber olvidado todo eso?

—¿Sabes qué te digo? —Me miró con una sonrisa—. Me alegro mucho de que te esté pasando todo esto. Ya era hora.

Mientras abría el lavaplatos y metía las tazas del café, no podía dejar de pensar en Pablo ni en sus besos.

¿Por qué tenía que aparecer justo ahora alguien como él?

Ahora que había renunciado al amor, que me había hecho a la idea de ser una soltera feliz y convencida, ahora que había sido capaz de dejar atrás todo el dolor.

—¿Ana? —Paola, apoyada en la puerta de la cocina, me llamó preocupada—. ¿Qué piensas?

—Paola, no puedo… —Pero no sabía qué decir: ¿sentir algo por Pablo?, ¿enamorarme?

—Ana, mírame. —Pude notar cómo su voz se había vuelto más firme—. Ahora me vas a escuchar, ¿vale?

—Paola, en serio… —traté de infundir a mi voz una seriedad que no pude.

—Ana, me vas a escuchar quieras o no. El otro día en la oficina me callé porque estábamos trabajando y ahí eres mi jefa, pero hoy no me voy a callar, porque estoy en tu casa y soy tu amiga. Te quiero y lo sabes, así que, a no ser que me eches de tu casa y me despidas como amiga, me vas a oír.

Tenía razón, era mi amiga y no iba a echarla de mi casa, así que guardé silencio.

—Así me gusta —continuó satisfecha—. Ana, ¿no es hora de pasar página?

Sé que aún duele, sé que lo has pasado mal, pero es momento de que sigas con tu vida.

Y no me refiero a trabajar todo el día y volver a tu casa sola.

Siento tener que ser yo quien te informe de que eso no es vida.

Me refiero a que vivas de verdad. Tienes casi treinta años y ya te has martirizado bastante por lo que sucedió, ¿no crees? ¿Cuánto ha pasado ya? ¿Dos? ¿Tres años?

—Casi tres años. —Las lágrimas corrían por mis mejillas.

—Se acabaron las lágrimas, cielo —dijo limpiando mi rostro—. El pasado es pasado, y ahí debe quedarse. Te mereces ser feliz, y creo que Pablo es la persona que puede hacer que llegue esa felicidad. ¿Por qué no le das una oportunidad a lo vuestro?

—No puedo, Paola. Sabes que después de lo que ocurrió todo cambió. No puedo permitirme el lujo de volver a amar de esa manera. Ya no creo en esas historias de amor de los libros que antes devoraba, ya no… —Algo se activó en mi interior—. ¡Eso es!

Salí corriendo hacia el portátil. Paola se quedó mirándome sin entender. Me siguió hasta donde había dejado el ordenador y esperó a que lo encendiera e iniciara sesión.

—¡Ya sé quién es Darcy!

—El protagonista de Orgullo y prejuicio , yo también lo sé.

—No me refiero a ese Darcy, sino a este Darcy. —Señalé el mensaje que tenía en mi perfil de Instagram—. Es Pablo.

—Ana, deja de intentar escabullirte, estamos hablando de algo muy serio.

—Paola, ¿no me escuchas? Te estoy diciendo que el misterioso Darcy que quiere agregarme como amiga es Pablo.

—¿Y tú qué sabes, Ana? Hay mucho pirado suelto por ahí. Déjate de tonterías y volvamos a lo importante. ¿Por qué no le das una oportunidad a Pablo?

—Pero, Paola, esto es importante. El otro día vi cómo Pablo se fijaba en la estantería de libros de mi despacho, sin embargo, no dijo nada.

—Ya, entiendo —murmuró sin demasiado convencimiento.

Aún no os he revelado cuál era mi mayor afición después del fútbol.

Coleccionaba libros de Jane Austen y, en especial, esa obra en concreto, Orgullo y prejuicio .

Tenía versiones de todo tipo, desde antiguas ediciones ilustradas que me había costado años encontrar hasta las últimas más modernas, así como libros en varios idiomas.

La mayoría los había comprado yo en librerías antiguas, en viajes, pero otros habían sido regalos de amigos y familia.

—El sábado por la noche, cuando estábamos cenando después de mi espantada de casa de Adrián, sacó el tema. Nos pusimos a hablar de nuestras aficiones y bromeó diciendo que él ya sabía cuáles eran las mías: el fútbol y Jane Austen.

—¿Qué vas a hacer? Aceptarás la solicitud, ¿no?

—No lo sé, Paola.

—Ana, es el momento de actuar. Esta es la señal que necesitabas para que sigas adelante. Hazme caso, por favor. Vive, arriésgate y ama de nuevo.

Me quedé mirando la pantalla con el ratón en la mano. Un movimiento podía cambiar todo. Se terminó el miedo. Suspiré y apreté la tecla izquierda del ratón, había llegado el momento de responder a ese mensaje y ver qué venía después.