Capítulo 11
No hace ni una semana estaba gritando a los cuatro vientos que me enorgullecía ser una mujer soltera y que era feliz con ello.
Tal vez gritar a los cuatro vientos sea exagerar, pero sí que lo plasmé en mi diario, y para mí, eso es bastante.
Ahora el universo se está vengando, lo entiendo y sé que lo merezco.
He traicionado una de las primeras pautas de mi decálogo de soltera convencida.
Está bien, no hay ningún decálogo, se me acaba de ocurrir, pero, pensándolo bien, voy a escribirlo ahora mismo.
DECÁLOGO DE UNA SOLTERA CONVENCIDA:
A ún no es un decálogo. T engo que terminarlo, pero las líneas generales están marcadas y son obvias: el amor no existe y los hombres son el enemigo.
Las mariposas que siento en el estómago, el calor que me sube cada vez que recuerdo el beso de Pablo, las lágrimas que inundan mis ojos al evocar la conversación de ayer…
Todo eso no es amor…, es un ¡constipado como la copa de un pino!
Voy a tomarme algo calentito y a meterme en la cama. Amor, bendito amor… En fin…
Se despide Ana, soltera (mocosa) convencida.
Pues sí, como lo leéis, el resultado de mi excursión del día anterior fue un resfriado de aúpa.
Hasta que no desperté esa mañana con fiebre, mocos y con una voz parecida a la de Manolo, no fui consciente del frío que había pasado.
Después de llamar a mi madre para decirle que no contaran conmigo para comer, me preparé una taza de leche caliente con miel, un antigripal y volví a meterme bajo las sábanas, el nórdico y la manta de mi cama.
Estaba calentita leyendo cuando sonó por primera vez el móvil.
Era mi hermana tratando de convencerme para ir a casa de mis padres, pero ante mi negativa me llamó mala hermana y me colgó.
No habían pasado ni diez minutos cuando empezó a sonar el móvil de nuevo.
Era Raúl, mi sobrino, para preguntarme si estaba malita y pedirme que fuera a verlo; quería enseñarme el diente que se le había caído y el coche que el ratoncito Pérez le había dejado bajo la almohada.
Viendo que habían recurrido a la artillería pesada, me rendí.
Antes de colgar, oí a mi madre y a mi tía cuchichear, vanagloriándose de su victoria.
Sin ganas de mirarme al espejo, me recogí el pelo en una coleta, me puse un vaquero, una sudadera y llamé un taxi.
Mis padres, Almudena y Vicente, llevan viviendo en el mismo barrio más de treinta y cinco años.
El sueño de mi padre era venirse a la capital, como él decía, porque en el pueblo no había futuro, así que empacaron las cosas y se mudaron.
Durante los primeros años estuvieron viviendo de alquiler, pero cuando mi madre se quedó embarazada, decidieron comprarse un piso con los ahorros que habían ido reuniendo.
En ese mismo piso llevan viviendo desde entonces, y ahí fue donde nos criaron a mis hermanos y a mí.
Viendo a mis padres, muchas veces pienso que el verdadero amor sí que existe; si juntamos los treinta y ocho años que llevan casados más los años de noviazgo, han pasado más de cuarenta años juntos.
¿El secreto? Según mi madre, el amor, el respeto y, sobre todo, aceptar a la otra persona tal cual es.
Según mi padre, mantener encendida la llama de la pasión en la habitación. Hombres, siempre pensando en lo mismo.
La casa parecía un hervidero de gente cuando entré. Mi hermano, su mujer y sus dos hijos, mi hermana, mis padres y mi tía ya estaban allí. El primero en salir a recibirme fue, como siempre, Raúl, que se colgó de mi cuello.
—Titaaa —gritó en mi oído, enseñándome el hueco vacío de su diente y su nuevo coche.
Después me acerqué a saludar a Leticia, mi cuñada, que estaba dándole el pecho a la pequeña Elisa, una preciosidad de cinco meses que me tenía loca.
Mi padre, mi hermano Fran y mi hermana Diana seguían el campeonato de Moto GP por la tele.
En la cocina, mi madre y mi tía terminaban de preparar la comida.
—Hola, mamá —saludé con un beso—. Me parece muy feo que utilices el diente de tu nieto para chantajearme.
—No seas mala, cariño, si no, no hay forma de verte. Con ese trabajo tuyo, no tienes tiempo de pasarte a hacernos ni una visita.
—Hola, tita. —Me acerqué a darle un beso a mi tía.
—Anastasia, hija, qué mala cara tienes —dijo con ese acento granadino que le salía por los costados.
—¿Cuántas veces tengo que decirte que no me llames así, tita?
—Hija, ese es tu nombre —añadió sonriendo—, y además era el de mi madre.
—Ya lo sé, pero sabes que no me gusta.
—Bueno, Ana, qué mala cara traes.
—Vaya, gracias, tita, da gusto venir a ver a la familia. —Le saqué la lengua y salí de la cocina—. Me voy con mi sobrino, que es el único que no se mete conmigo.
Ya lo sabéis, ese es uno de mis grandes secretos: mi verdadero nombre es Anastasia, una historia que quizá os cuente más adelante.
Como ocurría siempre, después de acabar hinchados cual pavos en Nochebuena tras el banquete preparado por mi madre, nos sentamos a tomar café y llegó el momento del interrogatorio de rigor. Para no perder la costumbre, yo fui el primer blanco de todas las dianas.
—Ana, ¿alguna novedad en tu vida que debamos saber? —preguntó mi madre, intentando sonsacarme si estaba viendo a alguien. Empezábamos con el tercer grado.
—No, mamá, no tengo novio. Sí, mamá, sigo trabajando hasta las tantas y el trabajo me absorbe por completo, y sí, mamá, ya sé que me voy a quedar sola como una vieja amargada.
—No quería decir eso, cariño, solo me preocupa que te pases los días encerrada en esa oficina. Tienes que salir más, conocer gente.
—Ya conozco mucha gente. Además, he decidido que soy una soltera convencida y feliz.
Me miró como si hubiera dicho la mayor tontería del mundo, pero estaba demasiado cansada para rebatirla.
—Verás cuando empieces a notar que te haces mayor y estás sola, ya me dirás si eres solterona o soltera convencida, como tú dices —contestó mi madre, visiblemente molesta.
Para tratar de cambiar de tema y distender el ambiente creado, mi hermano me preguntó por el nuevo contrato que tenía entre manos.
Sabía que por política interna de la empresa tenía prohibido revelar nada respecto a las negociaciones que llevábamos a cabo, pero una vez más insistió. Al final entré en su juego.
—No voy a daros ningún nombre, solo os daré pistas: estamos negociando un contrato de una marca de ropa deportiva con un deportista muy conocido y que está de moda, no digo más.
—Yo sé quién es —dijo mi madre, a la que ya se le había pasado el enfado—.
Es ese chico, ¿cómo se llama? Ese tan guapo que dicen que va a fichar por el Madrid, el que se estrelló con el coche en la Castellana.
—Miré a mi madre con cara de asombro. Tenía razón, no sabía si había sido suerte o intuición femenina, pero había acertado. Sonreí.
—¿Adrián Castillo? —gritó Fran, un gran aficionado al fútbol, como yo—. No me puedo creer que estés trabajando con Adrián Castillo y que no le hayas dicho nada a tu hermano.
—Ya sabes cómo son en mi trabajo. Por favor, que no salga de aquí. Mamá, ¿cómo lo sabías?
—Ayer me dijiste que habías tenido que volver a Madrid por culpa de un niñato que había estrellado su coche, ¿no? Puede que no sepa de fútbol, pero sí veo los cotilleos, y ha sido noticia desde el viernes.
—Muy bien, mamá, te podrías ganar la vida como detective.
—Hermanita, desembucha, ¿cómo es en persona? —preguntó mi hermana, ansiosa.
—No está mal.
—¿Que no está mal? ¿Pero tú has visto lo bueno que está?
—Sí, está bueno, aunque te puedo asegurar que es capaz de sacar de quicio a cualquiera, y no voy a contar nada más, ya os he dicho bastante. Así que, ahora, ¿quién me lleva a casa?
—¿Y tu coche? —preguntó mi padre.
—En el taller. Una larga historia. —No tenía ganas de explicarles que mi coche estaba en el taller por culpa del mismo accidente que podía costarle su carrera a Adrián. Ya había dado demasiada información por un día.