Capítulo 10
Salí de allí echando chispas y me puse a caminar sin un rumbo definido. Me costaba creer que aún tuviera el valor de poner peros y de protestar ante las escasas opciones que nos quedaban de mitigar una situación de la que Adrián, y solo Adrián, era el único responsable.
Ni siquiera le había pedido explicaciones sobre el accidente y había admitido su palabra sobre la lesión.
Lo había creído sincero cuando me había contado cómo había salido a la luz el tema de las fotos.
Adrián era como la reencarnación del Dr. Jekyll y Mr. Hyde.
Tan pronto era simpático y agradable como se convertía en alguien insoportable, malcriado e insufrible.
Llevaba diez minutos dando vueltas a la deriva.
No conocía la zona y no veía a nadie por los alrededores al que poder preguntar.
Empezaba a hacer mucho frío y no tenía ni la más remota idea de dónde estaba.
Soy muy mala orientándome, así que mi análisis solo me llevó a una conclusión: estaba total y absolutamente perdida.
De pronto, un coche apareció de la nada y se aproximó hacia mí; la luz de las farolas aún no alumbraba, y no podía distinguir al conductor.
Por un instante, pensé en pararlo y preguntar cómo llegar hasta una zona civilizada.
El coche empezó a disminuir la velocidad, como si se acercara a cámara lenta.
Mi imaginación se disparó y las películas de miedo que, de vez en cuando, me obligaban a ver en el cine mis amigas, donde un psicópata persigue a la chica a través de una zona despejada para después descuartizarla, aparecieron en mi mente.
El coche se acercaba cada vez más y yo sentía cómo la angustia se apoderaba de mí. Mis músculos no respondían a mi instinto de huir. Me encontraba paralizada, y cada vez estaba más cerca. No podía moverme.
Cien metros…
Cincuenta metros. No tenía que haber salido así de casa de Adrián…
Treinta metros. Iba a matar a Adrián, todo era su culpa…
«¡Dios mío, quiero salir de aquí!»
Por fin, el coche llegó a mi altura y frenó. La ventanilla del copiloto descendió y una voz familiar sonó desde el interior.
—Ana, ¿qué haces aquí? Venga, sube.
Pablo. Respiré aliviada y subí al coche. Nunca me había alegrado tanto de ver a alguien, y la verdad era que me alegraba aún más que fuera él.
—¿Qué haces aquí? ¿Cómo me has encontrado? —pregunté, notando cómo mis músculos se desentumecían tras la tensión vivida.
—He salido detrás de ti, pero no te encontraba y he vuelto a por el coche para buscarte. Pensaba que habías llamado un taxi. Estaba de regreso a casa de Adrián cuando te he visto ahí parada, sola.
—Me perdí —admití ya más calmada—, estaba dando vueltas y no sé en qué momento me desorienté. Buscaba alguna forma de volver a la zona de chalés, pero esto es como un laberinto.
—Me alegro de que no te haya pasado nada. Ana, siento mucho…
—¿No te cansas de estar pidiendo siempre perdón por boca de Adrián? —lo corté antes de que pudiera pronunciar las mismas palabras una vez más—. Creo que ya es mayorcito para asumir las consecuencias de sus acciones, ¿no crees?
—Es más complicado de lo que imaginas. Lo conozco desde hace más de veinte años y admito que puede llegar a sacar de sus casillas a cualquiera, pero también sé qué tipo de persona es, y te puedo asegurar que es de los que merecen la pena.
Antes no era así, pero ha tenido que aprender a base de golpes que no puede fiarse de todo el mundo.
Tuvo que endurecerse, aunque, en el fondo, no es más que alguien que ha sufrido durante toda su vida.
—La vida no es sencilla, Pablo, pero no se puede ir por el mundo tratando a las personas de la forma en que lo ha hecho, y más cuando lo único que hacen es tratar de ayudarte. En lugar de agradecerlo, solo plantea obstáculos y se queja por todo.
Adrián no era el único con un pasado complicado ni el único al que la vida había golpeado, pero si algo había aprendido a lo largo de los años, en base a mi propia experiencia, era a mostrarme agradecida.
Con lo que tenía y, sobre todo, con las personas que el destino había puesto en mi camino y, de una u otra forma, me habían ayudado, o al menos, lo habían intentado.
—Cuando te han hecho daño y has perdido todo lo que te importa, no es tan sencillo seguir adelante, y Adrián lo está haciendo. Dale una oportunidad. Déjame que te cuente todo y después decides, ¿vale? Pero tienes que prometerme una cosa: Adrián nunca debe saber que te he contado esto.
Su mirada volvió a convertirse en una súplica, y no pude negarme. Me estaba metiendo en un problema y lo sabía. Pablo empezaba a ejercer más poder sobre mí del que debería permitir a nadie, y eso me asustaba. Demasiado.
Horas después, cuando cerré la puerta de mi casa, aún no sabía con certeza qué había ocurrido. No sabía si estaba más impresionada por la historia de Adrián que Pablo me había contado o por el beso que me había dado al despedirnos.
Sí, Pablo me había besado.
No hacía ni una semana que había empezado mi determinación de mantenerme como soltera convencida y, entonces, aparecía un hombre maravilloso en mi vida. Estaba hecha un verdadero lío, y miles de pensamientos abarrotaban mi cabeza.
Pero volvamos a antes de todo lo ocurrido antes del beso.
Pablo me llevó a un restaurante italiano precioso cercano a la casa de Adrián.
Ninguno de los dos dijo nada mientras nos sentábamos y nos entregaban la carta para elegir.
Tampoco hablamos mientras ojeábamos los platos ni cuando el camarero nos tomó nota.
Dejé que fuera él quien rompiera el silencio y empezara a relatar.
Comenzó a contarme cómo había conocido a Adrián cuando este tenía cinco años.
Su padre y él acababan de mudarse desde un pueblo de Extremadura a un pequeño almacén que los padres de Pablo tenían en su mismo portal y que hacía las veces de vivienda; eso era lo único que podían permitirse con su sueldo.
La madre de Pablo cuidaba de Adrián cuando su padre estaba trabajando, y de esa forma comenzó a forjarse su amistad.
Adrián nunca hablaba de su madre, así que Pablo dio por hecho que había muerto, pero un tiempo después de llegar a Madrid le contó que los había abandonado.
Un día, sin más, se fue de casa y nunca regresó.
Durante años, Adrián esperó que su madre volviera algún día; en cada carta a los Reyes Magos siempre escribía la misma petición.
Finalmente creció y se hizo a la idea de que no iba a suceder nunca.
Su padre tenía que trabajar muy duro para sacarlo adelante, apenas si estaba en casa, y Adrián pasaba los días con Pablo, como uno más en la familia.
La madre de Pablo se encargaba de llevarlo al colegio, darle de comer y cuidarlo, incluso muchos días dormía en su casa.
Adrián y Pablo pasaban las tardes jugando al fútbol, y fue su madre quien los inscribió en el equipo del barrio.
No sabía que estaba comenzando a labrar una brillante estrella y dándole un futuro que, de otra forma, tal vez nunca hubiera logrado.
Adrián empezó pronto a despuntar; destacaba entre todos sus compañeros y se hizo evidente que, con la formación adecuada, podría llegar muy lejos.
Estaba en el equipo de infantiles cuando un ojeador lo vio jugar y le ofreció un puesto en los juveniles del Alcorcón.
Ahí emprendió una meteórica carrera hasta acabar debutando en el primer equipo en Segunda División.
El resto de la historia ya era de sobra conocida para mí: pichichi y mejor jugar de la temporada, ofertas de varios equipos de Primera, su fichaje por el Osasuna y, posteriormente, por el Getafe.
La parte desconocida de esa historia era que, durante todos esos años, Adrián lo había pasado realmente mal.
Su padre empezó a tener problemas con el alcohol y el juego y se desentendió por completo de él.
Adrián se mudó de ciudad con apenas veintidós años, solo, sin familia y con mucho dinero que gastar.
A la vez que su fama crecía, comenzó a meterse en líos, y siempre era Pablo quien acudía a ayudarlo cuando metía la pata.
Adrián no volvió a saber nada de su padre hasta unos días antes del accidente, cuando lo llamaron para anunciarle que había muerto.
El día del accidente había ido a pagar las últimas deudas de juego que le había dejado como herencia para poder cerrar, por fin, ese capítulo de su vida.
—Tal vez te parezca insensible, pero también ha tenido mucha suerte —dije cuando Pablo terminó su relato—. Ha triunfado en un mundo tan difícil como el del fútbol; es un deportista reconocido y admirado; está a punto de conseguir el sueño de cualquiera, y lo está dejando escapar.
—¿Sabes por qué se comporta así? No es más que miedo a no saber estar a la altura de las circunstancias y, sobre todo, miedo de que el pasado pueda volver en cualquier momento y acabar con todo ese sueño.
Tiene miedo de que ciertas cosas que hizo salgan a la luz y acaben afectando a las personas de su entorno.
—¿A qué te refieres?
—Eso no puedo decírtelo. —Calló de pronto; sabía que había hablado demasiado—.
Ya te he contado más de lo que Adrián me permitiría.
Pero confía en mí, va a hacer todo lo que le has sugerido, de hecho, ya está empezando a manejarse con Instagram.
Sé que va a poner todo de su parte para que esto salga bien.
Por favor, no nos abandones ahora que ya tenemos tan cerca la meta.
Soy débil, lo reconozco, pero después de lo que Pablo me había contado, y más aún por la forma en que me miraba, quise creerlo y, finalmente, me rendí.
—Está bien, pero es la última oportunidad que le doy.
El tema de Adrián no volvió a salir durante el resto de la cena.
El fin de semana había resultado muy distinto a como lo había planeado, pero no podía negar que me gustaba cómo estaba terminando.
Pablo me llevó a casa y seguimos hablando en el coche un rato más; era increíble lo rápido que pasaba el tiempo a su lado.
Su conversación era divertida e ingeniosa, siempre tenía algo interesante que decir o una anécdota que contar.
No quería que la noche terminara así, sin embargo, no podía permitir que fuera a más.
Insistió en acompañarme hasta la puerta.
Allí estábamos los dos, uno enfrente del otro y sin atrevernos a realizar ningún movimiento que nos delatara.
Se acercó para darme un abrazo y yo no me aparté, al contrario, lo recibí gustosa.
Su tacto era increíblemente cálido y su piel despedía un olor tan intenso que me nubló los sentidos.
Tengo una regla sobre la duración de los abrazos de los hombres.
De uno a tres segundos, no quiere decir nada.
Si el abrazo se alarga más de cinco segundos, quiere decir que hay posibilidades, y si dura más de diez segundos, significa que tengo que activar todas mis alertas.
El abrazo con Pablo ya duraba cerca de quince segundos.
Me separé de él y me di la vuelta para marcharme cuando noté cómo una mano tomaba la mía para retenerme.
La lucha en mi interior fue titánica. Sabía lo que significaba que me detuviera, sabía qué pasaría si me giraba.
Luché contra mi yo interno, que me gritaba que huyera.
Mi convicción de ser soltera convencida me impedía seguir un segundo más allí.
Al final mandé callar a mi yo interno, lancé al garete todas mis convicciones y me di la vuelta.
Pablo me dedicó una sonrisa increíble mientras se aproximaba y me acariciaba el brazo con una mano y la mejilla con la otra.
—Eres preciosa —susurró antes de acercarse lentamente.
Me iba a besar, sabía que me iba a besar.
De nuevo empezó a sonar música en mi cabeza. Se acercó aún más, y justo en el momento en el que la música llegaba a su tono más alto, sus labios se posaron sobre los míos y me besó.
Como si estuviera tanteando el terreno, al principio fue tierno, hasta que poco a poco se aventuró a hacer el beso más profundo.
Todas mis barreras se derrumbaron al sentir sus brazos alrededor de mi cuerpo.
Dejé que mi mente se pausara durante un instante y decidí disfrutar del beso y de lo que Pablo y sus labios me hacían sentir.
Abrí levemente la boca aceptando sus caricias; su lengua la invadió, jugueteando con la mía, y me perdí en su agridulce sabor a manzana, canela y café.