Capítulo 9
Con las mismas ganas de ver a Adrián que de tirarme de un cuarto piso, me preparé para mi planazo del sábado por la tarde.
Teniendo en cuenta el cabreo que me invadía, lo que menos me apetecía era arreglarme, así que opté por la comodidad: un vaquero desgastado, unas botas planas color camel y un polo negro, a conjunto con mi ánimo.
Me recogí el pelo en una coleta, me apliqué un poco de base de maquillaje, rímel y brillo de labios. Más que suficiente.
Fue al pedir un taxi para acudir a la reunión cuando mi mente empezó a funcionar y me topé de bruces con la realidad.
El Porsche amarillo en la Castellana, el que había provocado el atasco que había hecho que llegara tarde a la oficina, el causante indirecto del golpe en mi coche era…
¡Adrián! Os aseguro que, si en ese momento hubiera estado delante de mí, habría acabado con él.
Mientras esperaba el taxi, me quedé al rico solecito de la tarde pensando en qué estarían haciendo en ese momento Vanesa y Gema.
Añoré tener un momento para mí misma. Realmente necesitaba ese fin de semana para desconectar, pero las cosas no habían salido como lo había planeado.
«Una vez más», recalcó mi subconsciente.
Ese parecía ser el lema de mi vida. Nada sucedía como lo había planeado. Nada .
Pablo había salido a recibirme a la entrada. Tenía ojeras muy marcadas; se notaba que no estaba pasando por un buen momento. Dejando a un lado mi mal humor, lo saludé con una sonrisa, o al menos un atisbo de ella.
—Lo siento, Ana, no sé cómo agradecerte esto. Lamento haber arruinado tu fin de semana. —Se inclinó para darme dos besos, pero ni siquiera ese gesto logró mejorar mi ánimo.
—No has sido tú, Pablo, y como ya te dije, no vamos a ganar nada lamentándonos. No vuelvas a decir que lo sientes, ¿vale?
—Adrián está dentro. Aún tiene la rodilla muy hinchada y debe llevar el vendaje unos días más.
La casa de Adrián no era como yo me la había imaginado; tampoco es que esperara la mansión Playboy, pero sí algo diferente, teniendo en cuenta al propietario. No esperaba algo tan normal y, a decir verdad, con tan buen gusto.
Residía en un chalé en un pueblo de la sierra de Madrid cuyo interior estaba dividido en tres alturas.
La planta en la que nos encontrábamos constaba de un salón comedor en dos ambientes y una enorme cocina con office preciosa, todo el espacio abierto y lleno de luz.
Estaba cuidado hasta el más mínimo detalle, desde los sofás hasta las lámparas, pasando por unos grandes paneles japoneses que decoraban el salón.
Tenía un aspecto masculino, pero a la vez acogedor y agradable.
Pablo señaló el camino hacia el salón, y lo seguí. Adrián estaba sentado con la pierna sobre un cojín; la televisión sintonizada en uno de esos canales de videoclips musicales. Su cara no era mucho mejor que la de Pablo.
—Hola, Adrián, ¿cómo estás? —saludé.
—Hola. Un poco molesto porque aún necesito ayuda para hacer algunas cosas y apoyarme en la muleta, pero el dolor es soportable. Gracias.
—Me alegro de que estés mejor. —Traté de dejar a un lado el tono borde que no había podido disimular al saludarlo.
Después de ofrecerme algo de beber, y ante mi negativa, nos sentamos los tres a la gran mesa central del comedor, donde encendí el ordenador y esperé para poder conectarme al wifi con la clave que Adrián me había dado.
Ninguno pronunció una palabra. La tensión podía mascarse en el ambiente.
Nada de bromas, nada de pullitas ni miradas coquetas.
—¿Habéis recibido alguna noticia? —Rompí el incómodo silencio. No soy buena en ese tipo de situaciones, no van con mi carácter.
—Esta mañana me ha llamado el director técnico del Madrid para ver cómo evolucionaba de la lesión. Mantenemos la reunión para el lunes como estaba previsto.
—Eso significa que no todo está perdido. —Respiré creo que, por primera vez desde la noche anterior, cuando vi la noticia en la televisión.
—Está muy complicado. No sé cómo vamos a convencerlos de que el accidente fue algo fortuito y que no causó la lesión.
Además, ahora vamos a cambiar de estrategia: queremos que los clubs negocien y que el fichaje se concrete para el mercado de invierno, de ese modo, en febrero, cuando Adrián esté completamente recuperado, volverá a los terrenos de juego vistiendo la camiseta blanca del Real Madrid.
—Pablo, ¿estás seguro de que es buena idea mentir? —No dejaba de asombrarme hasta qué punto llegaba su amistad.
—¿Quién ha hablado de mentir? Solo he dicho que tenemos que convencerlos de que el accidente no causó la lesión, sino que esta se produjo en el entrenamiento.
El asombro se dibujó en mi cara.
—Anoche me dijiste que la lesión se debía al accidente.
—Me equivoqué. Adrián me ha contado todo. Jura y perjura que la lesión no la originó el accidente. Cuando salió del coche, tenía la rodilla perfectamente, y fue en el entrenamiento, al ir a rematar, cuando notó el pinchazo y el dolor.
—Ana —dijo por fin el aludido—, mírame. —Hice lo que me pedía y sentí un escalofrío al notar sus ojos verdes fijos en los míos—.
Te juro que el accidente no tuvo nada que ver con la lesión.
Créeme, si fuera así, yo sería el primero que lo diría, pero no lo es, y no voy a dejar que un error acabe con mi carrera de esa forma.
—¿Por qué no dijiste nada del accidente?
—Yo no soy Cristiano Ronaldo, los periodistas no me persiguen. Ni se me ocurrió pensar que algún medio pudiera siquiera enterarse. Está bien, lo admito, he pecado de novato y de inexperto. Ahora me doy cuenta de que todo lo que rodea al Madrid tiene una dimensión diferente.
—Lo que no entiendo es cómo han llegado esas fotos a la prensa. —La frase salió sola de mi boca antes de que el pensamiento se gestara en mi mente.
—Ana, tú estabas allí. Siento lo de tu coche por la parte que me toca —dijo, recordándome cómo había terminado mi Audi en el taller—.
¿Viste algo raro? —Negué, tratando de rememorar ese día y lo ocurrido tras el accidente—.
Las fotos debieron de tomarlas desde los coches de alrededor, pero el problema es que esas fotos cayeron en manos de un reportero oportunista.
Horas antes de que saltara la noticia, me llamó para chantajearme: ofreció ocultarlas siempre y cuando accediera a concederles una entrevista con mi novia, pero me negué por completo.
Cuando quise avisar a Pablo, era muy tarde; ya estaban circulando por internet y no se podía parar.
No acababa de convencerme la versión de Adrián, pero no me quedaba más remedio que creerla.
—Está bien. Mi opinión en este asunto es que vas a tener que contar todo esto a la prensa.
—No, me niego a exponer así mi vida. Soy jugador de fútbol, no una marioneta para los medios —repuso sin apenas pensarlo.
—Te recuerdo que eres un jugador de fútbol lesionado, a punto de terminar contrato, sin equipo para el año que viene y con la credibilidad por el suelo. Creo que en este caso vas a tener que tragarte tu orgullo y contar todo.
Me quedé mirándolo seria. No había ni un ápice de remordimiento en mi gesto y mucho menos me iba a acobardar, aunque me mirara con mala cara y pudiera ver la furia dibujada en sus verdes pupilas.
Estaba acostumbrada a tratar con tipos más duros que él, y no me daba miedo.
Estaba preparada para eso y mucho más. Adrián no iba a poder conmigo.
Si quería mi ayuda, las cosas se iban a hacer a mi modo.
—De acuerdo —dijo por fin—, pero yo decidiré qué cuento y cómo.
—Vale, estoy de acuerdo con eso —intervino Pablo, que, durante nuestra disputa, se había mantenido al margen—. Entonces mañana convoco la rueda de prensa para el lunes temprano, ¿os parece?
Durante el resto de la tarde preparamos la nueva estrategia a seguir, empezando por la creación del perfil en Instagram de Adrián y un plan alternativo con otras marcas deportivas en caso de no llegar a un acuerdo con Adidas.
—El lunes publicaremos la rueda de prensa —dije bebiendo un trago de Coca-Cola—.
A partir de ahora es tu responsabilidad compartir contenidos.
Con el móvil no tendrás dificultades, ya que puedes estar conectado las veinticuatro horas.
Vamos a hacer un lavado de imagen a conciencia.
—Intenté no prestar atención al gesto de desagrado de Adrián, pero acabé por saltar—: ¿Y ahora qué problema hay?
—Nada, no me gusta lo del lavado de imagen.
—Haberlo pensado antes de empotrar el coche en la Castellana —solté sin pensar—. Tenemos que vender lo bueno que eres en todos los aspectos de tu vida. Siento mucho informarte que el mundo real es así, y ahora mismo esto es lo que nos toca.
En los últimos meses habíamos tenido bastantes reuniones para cerrar el acuerdo con la marca y, aunque siempre era Pablo quien llevaba la voz cantante había podido conocer también a Adrián. Este era totalmente transparente en sus reacciones. Sus ojos protestaban antes que sus palabras.
—Adrián, si no estás de acuerdo con esto y no vas a poner de tu parte, me parece una tontería perder el tiempo.
—A partir de ahora todo el mundo sabrá lo que hago o dejo de hacer. No me gusta esta situación —se quejó.
Lo miré, y toda mi rabia interior salió de golpe y sin previo aviso. Como dice mi madre, soy muy tranquila, pero cuando se activa el muñeco diabólico que llevo dentro, puede arder Troya en solo un segundo.
—Se acabó, estoy harta de ti y de tus bobadas.
—Apagué el ordenador. Pablo me dirigió una mirada de súplica—.
Mira, Pablo, nada de esto es contra ti. Pero sí va contigo —me dirigí directamente a Adrián—.
No sé si piensas que todo el mundo debe bailarte el agua y aguantar cualquier cosa, pero yo no estoy dispuesta a hacerlo.
Me he dejado los cuernos por conseguirte lo mejor; es mi trabajo y no me he quejado nunca.
Si he tenido que quedarme en la oficina hasta la madrugada trabajando, lo he hecho, ilusa de mí, porque pensaba que merecías la pena.
Terminé de guardar el portátil en la funda. Pablo se acercó a mí para calmarme, pero yo ya salía por la puerta.
—Y para que lo sepas: en este momento yo debería estar con mis amigas pasando el fin de semana en Santander.
¿Y dónde estoy? ¡Aquí! Escuchando cómo no haces más que protestar y poner pegas a todo lo que proponemos para salvar tu bonito culo de un problema en el que te has metido tú solito.
No he oído de tus labios aún ni una disculpa ni una explicación coherente.
Estoy cansada de este asunto, de ti y de todas tus tonterías.
¿No quieres hacer las cosas a mi manera?
¡Perfecto! Hazlas como te dé la gana, pero no cuentes conmigo.
A partir del lunes tendremos que valorar si nos merece la pena seguir vinculados contigo.
Al fin y al cabo, no eres más que un cliente, y te puedo asegurar que, por suerte, no nos faltan.
Lo que no voy a hacer es poner en riesgo la integridad de la empresa, mi reputación y mucho menos mi salud mental. Pablo, el lunes hablamos. Adiós.
Y tras soltar el discurso de carrerilla y casi sin respirar, cogí mi bolso, mi abrigo y salí de allí sin volver la vista atrás.
«Dios, ¡qué a gusto me había quedado!».