Diario de una soltera convencida Capítulo 8
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Capítulo 8

Oficialmente mi escapada de chicas comenzaba el viernes a las tres de la tarde y terminaba a la medianoche del domingo.

Mis amigas, Vanesa y Gema, tenían que pasar por la oficina a recogerme y después nos montaríamos en un avión con destino a un spa en Santander, del que, después de los miles de tratamientos contratados, volveríamos tranquilas, relajadas y con un cutis que ni el culito de un bebé.

Esa era la teoría, pero la realidad fue muy diferente.

Primero, milagrosamente, salí de la oficina a la hora prevista y sin ningún contratiempo.

Pablo había llamado para contarme que la operación de Adrián había ido a la perfección y que, si se cumplían todos los plazos de recuperación, en un par de meses estaría sobre los terrenos de juego de nuevo.

Después de los minutos de tonteo correspondientes y de fijar la siguiente reunión para el martes, nos deseamos buen fin de semana y nos despedimos sin más.

Segundo, y siguiendo con el horario preestablecido, llegamos al aeropuerto con el tiempo suficiente para pasar el control de pasajeros y tomar un café antes de embarcar. El vuelo, sin ninguna incidencia adicional, había despegado y aterrizado a la hora programada.

Tercero, llegamos perfectamente al spa (bueno, dimos alguna vuelta de más por culpa del gps, pero eso no fue relevante). Nos registramos en el hotel y nos pusimos manos a la obra. Para empezar, una cura desintoxicante completa para todo el cuerpo.

Cuarto y último, totalmente relajadas y en un estado cercano a lo que debe de sentirse en el nirvana, subimos a nuestra habitación a darnos una ducha para salir a cenar y tomar unas copas. Felicidad en estado puro.

No sé si habréis visto la película Dos vidas en un instante .

Me gusta mucho, el argumento es sencillo pero significativo: cómo cambia tu vida por un acontecimiento determinado, y la diferencia que marca un simple minuto.

En la peli, si la protagonista llega un minuto antes al andén y coge el tren, entra en casa a tiempo de descubrir a su infiel marido.

Si llega un minuto después, el tren ya se ha marchado, por tanto, no descubre la infidelidad.

¿A qué viene todo esto? A que el acontecimiento que marcó mi fin de semana de chicas fue permitir que Gema se duchara en primer lugar.

Ella es la más lenta a la hora de arreglarse, así que siempre que nos juntamos las tres dejamos que sea ella la primera en ducharse.

Mientras Vanesa hablaba con su novio por teléfono, encendí la televisión justo en el momento en que en la pantalla aparecía una foto de un Porsche amarillo en medio de la Castellana con el titular: « La verdad sobre la lesión de Adrián Castillo, ¿el fin de su carrera? ».

No exagero ni un ápice si os digo que mi grito se oyó en la Patagonia.

Corrí a por el móvil y, tal como imaginaba, tenía ocho llamadas perdidas de Pablo, seis de Ricardo y cinco del número de la oficina, además de diez WhatsApp de Pablo y varios de Paola.

Tardé un segundo en reaccionar y decidir a quién llamaba antes.

Necesitaba información de primera mano. Vanesa y Gema me observaban desde el otro lado de la habitación sin entender nada, como si hubiera perdido completamente la cabeza.

La verdad, iba camino de hacerlo. Iba a matar a alguien, y cierto futbolista de ojos verdes tenía todas las papeletas.

—¿Se puede saber qué sucede, Pablo? —fue mi saludo. No tenía tiempo ni ganas de andarme con rodeos.

—Ana, lo siento. No te habría llamado si no fuera importante.

—¿Me puedes explicar qué significa esa foto? Dime que no es lo que estoy pensando o te juro que, por muy amigo tuyo que sea, mato a Adrián.

—Si lo que estás pensando es que esa foto corresponde al coche de Adrián empotrado contra la mediana de la Castellana, la respuesta es «Sí».

Si estás pensando que esa es la causa de la lesión, la respuesta «Sí».

Si estás pensando que el Real Madrid va a paralizar el fichaje, la respuesta es «Sí»; acaban de llamarme.

Si estás pensando en matarlo, no te preocupes, ya lo haré por ti —soltó de un tirón.

Las piernas comenzaron a flaquearme y tuve que sentarme en el borde del sofá. En la televisión, repetían una y otra vez las mismas imágenes, como si fuera mi propia representación de un bucle infernal. Apagué el televisor.

—¿Por qué no me dijiste nada, Pablo?

—Porque yo tampoco lo sabía. Me enteré un par de horas antes de que salieran las fotos. Adrián no me había contado nada.

—¿Cómo es posible que no haya dicho nada? ¿En serio es tan tonto como para pensar que no iba a salir a la luz? ¿Has hablado con alguien de Adidas?

—Ni idea, no sé qué demonios le pasa por esa mente de chorlito suya para no decir nada.

Sí, también me han llamado, te puedes imaginar lo que me han dicho.

Han roto el acuerdo; se niegan a tener a alguien así relacionado con su marca y, ahora mismo, los entiendo.

Me ha decepcionado como nunca lo había hecho.

En su voz se notaban la derrota y la tristeza por ver cómo su mejor amigo, alguien que era como un hermano para él, le fallaba de esa forma.

—Los lamentos no nos llevan a ninguna parte, Pablo, y aunque el asesinato sería una buena opción en estos momentos, la idea de ir a la cárcel no lo es tanto.

Intenté bromear, pero se quedó solo en eso, un mal intento de quitar hierro a una situación que, obviamente, nos estaba sobrepasando a los dos por minutos.

—Solo queda volver a trabajar y tratar de encontrar una solución a todo esto. Intentaré volar a Madrid esta noche y mañana a primera hora estoy en el hospital —dije con convicción. No había nada que pudiera hacer desde allí.

—Ni por asomo, no voy a permitir que las tonterías de Adrián te arruinen el fin de semana.

—El fin de semana ya está estropeado. No puedo permanecer aquí de brazos cruzados amargando a mis amigas. Lo mejor es que vuelva y nos pongamos a trabajar.

—Pero, Ana…

—Pablo, es mi trabajo, tranquilo.

—No hace falta que vayas al hospital, mañana le dan el alta y regresa a casa. Si te parece bien, quedamos allí; te mando la dirección por WhatsApp.

—Perfecto, confírmame también la hora.

—Gracias y lo siento mucho. Te prometo que te compensaré —dijo con una voz que me pareció demasiado seductora dadas las circunstancias.

¿En serio pensaba que era el momento más oportuno para eso? O tal vez fueron solo imaginaciones mías y lo pagué con el pobre hombre, pero no podía creer lo que estaba pasando.

—No te preocupes —contesté con un tono tirando a borde, muy borde, de hecho—. Repito, es mi trabajo. Hasta mañana.

No di pie para que añadiera nada más y colgué. No tenía ganas de zalamerías. Dejé el móvil encima de la mesa y empecé a gritar como loca.

—¡Será imbécil! ¡Dios mío, ¿cómo se puede ser tan tonto?! Niñato malcriado, egoísta, prepotente… ¡Ahhh! Me marcho, chicas.

Mis amigas se miraban entre ellas sin saber qué decir y sin dar crédito a mi estado.

—¿Cómo que te marchas? —dijo Gema por fin, rompiendo el tenso silencio.

—Tengo que volver a Madrid. Resulta que la lesión de Adrián Castillo fue causada por un accidente y no en el entrenamiento.

—¿Tú que tienes que ver con eso? ¿No es algo que debería solucionar su agente?

—Yo estoy negociando con Adidas; ahora ha roto el acuerdo que teníamos y todo se ha ido al traste. Lo mato, os juro que lo mato. Solo se le puede ocurrir a un niñato engreído como él no decir nada. Vosotras quedaos. Yo voy a llamar a Paola para que me consiga un billete para esta misma noche.

Así que allí estaba. Eran más de las dos de la mañana y estaba de vuelta en mi casa, dando por terminado mi fin de semana de chicas.

En ese instante sí que estaba totalmente convencida de mi ideario.

¡No quería un hombre cerca ni en pintura!

Y, sobre todo, a Adrián. Le pedí a Dios que me diera paciencia, porque ese asunto se estaba convirtiendo en la peor tortura de mi vida.