Diario de una soltera convencida Capítulo 5
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Capítulo 5

Cualquier plan maestro que quiera llevarse a efecto necesita un punto de partida, una premisa de la cual surgen cada una de las ideas que posteriormente se desarrollarán para alcanzar nuestro objetivo.

Pues bien, ahí iba la premisa principal de mi nuevo ideario de vida: los hombres no son necesarios, los hombres son el enemigo.

El primer paso para mi liberación del género masculino lo decidí esa mañana mientras me arreglaba para ir a la oficina.

Aunque no puedo decir que fuera una decisión propia, más bien me la encontré en medio de mi baño como una llamada desesperada, como un grito de socorro…

¡El grito que di yo cuando me miré al espejo!

Me iba a regalar un tratamiento completo de belleza ese fin de semana.

Ya sé lo que estáis pensando. Renegaba del género masculino y mi primera medida era ponerme guapa.

¡Pues claro! El tratamiento de belleza puede ser, y debería ser, solo pensando en nosotras, para que nos veamos mejor, y eso justamente fue lo que yo concluí.

Mi pelo lo pedía a gritos, y eso por no hablar de mi cara.

No había visto tanto grano junto desde que fui al cine a ver la última película Prince of Persia: Las arenas del tiempo (grano…

, arena… Está bien, el chiste era muy malo).

Quizá estoy exagerando un poco, pero al contemplarme en el espejo esa mañana me asusté de verdad cuando vi al ser que me devolvía la mirada desde el otro lado.

Algo que nadie debería ver si no desea sufrir traumas posteriores, algo con lo que los niños tendrían pesadillas para el resto de su vida (exagero otra vez).

Eso que había en mi espejo no era yo, era una mezcla entre un gremlin cabreado, el teletubbie rojo y Pumuki.

Pero lo peor de todo fue que, por primera vez en mi vida, me sentí mayor.

Después de llamar a dos de mis mejores amigas, Vanesa y Gema, para comentarles la idea, busqué por internet un centro de cuidado y belleza en el que concertar cita para ese fin de semana.

Encontré uno en Santander que me encantó; de esa forma saldríamos de Madrid unos días y nos pondríamos estupendas.

Contraté un tratamiento de algas marinas para no sé qué cosa de la circulación, peeling , exfoliación completa, tratamiento reductor, desintoxicante, anti edad, antiestrías y no sé cuántos anti- más que me explicó la chica que me atendió.

Tenían una promoción especial para mujeres de más de veinticinco años y, ¡bingo!

, cumplíamos todas las condiciones. Por lo tanto, ese fin de semana solo de mujeres me esperaba una sesión intensiva de cuidado femenino, cotilleos, chocolate y mojitos.

Pero primero tenía que acabar mi semana laboral, comenzando por la reunión con Pablo y Adrián de esa tarde.

Si la situación se había visto seriamente afectada tras la lesión, su comportamiento del día anterior no había ayudado nada a mejorar las cosas.

Teníamos que demostrarles que Adrián era la mejor imagen que podían elegir para vender sus productos.

Un jugador de su categoría les supondría unos resultados inmejorables a corto y, sobre todo, a largo plazo, ya que, a su edad, Adrián estaba en su mejor momento como profesional.

Nadie daría mejores beneficios a esa inversión inicial, pero lo más complicado era encontrar una buena explicación a su falta de compromiso. Pan comido, ¿no?

El principal problema era que ni yo misma estaba convencida de ello, así que no sabía cómo iba a ser capaz de persuadir a los demás.

Adrián no me caía bien. Era prepotente y engreído.

Se creía más guapo, más interesante, mejor jugador y más preparado que nadie.

Yo entendía perfectamente que esa no era la imagen que querían mostrar los responsables de la marca deportiva.

No sabía cómo Pablo y él podían ser amigos siendo tan diferentes, como dos polos opuestos en todos los sentidos.

Pablo era tan… ¡Ahí estaba otra vez ese pensamiento sobre Pablo!

De camino a la oficina, y mientras en la radio del taxi sonaba a todo volumen It´s raining men 1 , lo que parecía una broma pesada del destino, llamé a Paola para pedirle que anulara todas mis citas de esa tarde, ya que tenía la impresión de que la reunión con Pablo y Adrián no sería corta.

Si había algo que siempre había deseado desde niña era poder vivir algún día en el centro de Madrid.

Bueno, eso y ser cantante en un grupo de pop.

Vocación que desestimé al cumplir los quince años, cuando mis amigas y yo montamos un intento de grupo donde yo, por supuesto, era la vocalista.

Nuestro primer y único concierto fue en el cumpleaños de una compañera de instituto, y a la vista del éxito conseguido, nulo, por si os lo estáis preguntando, decidí reconducir mi carrera laboral y estudiar Derecho.

Aún me quedaba por cumplir uno de mis grandes sueños: ser agente FIFA para poder gestionar la representación de jugadores de fútbol a nivel profesional. Sin duda, una de las grandes asignaturas pendientes de mi vida y que esperaba poder completar en un futuro no muy lejano.

Ese fue el principal motivo por el que, desde el principio, me tomé el tema de Adrián como algo personal.

Sin embargo, en ese momento no sabía qué hacer.

No me podía creer que, después de todos los años que llevaba trabajando en la empresa, de todos los tratos y asuntos en los que había formado parte, y de todas las negociaciones que había manejado yo sola, en ese caso estuviese bloqueada como lo estaba.

Me sentía nerviosa, tenía miedo de defraudar a Ricardo, a mí misma e incluso a Pablo.

Y además estaba el incentivo de las acciones.

Llevaba fantaseando con ser socia de la empresa desde el mismo momento en que puse un pie en sus oficinas.

Hacía unos años había estado a punto de conseguirlo, pero por una serie de acontecimientos que no vienen al caso, perdí esa oportunidad cuando la rozaba con la yema de los dedos.

Esa era mi segunda ocasión de lograrlo y no iba a desperdiciarla.

Había trabajado demasiado duro los últimos tres años en busca de ese objetivo y ya estaba tan cerca que podía verlo con claridad: concretamente, a una firma de contrato entre un futbolista presuntuoso y una prestigiosa marca deportiva.

Salí del ascensor con esos pensamientos en mi cabeza, sin prestar atención a lo que me rodeaba. Saludé por inercia a la recepcionista y pasé a mi despacho; dejé el bolso y el abrigo en el armario y me acerqué al escritorio. El teléfono de mi mesa sonó apenas un minuto después.

—Buenos días, jefa, ¿cómo estás? —fue el saludo de Paola al descolgar.

—Cansada, muerta. Necesito…

—¿Un café? Voy ahora mismo a llevártelo.

—Eres un sol, ¿te lo he dicho alguna vez?

—Sí, pero puedes volver a decírmelo, no me importa escucharlo siempre que quieras.

¿Te llevo también los otros asuntos pendientes o pasas primero donde Ricardo?

Lleva un rato encerrado en su despacho sin pedir nada, lo que me parece muy raro.

Cuando ha llegado, la cara le colgaba hasta el suelo. ¿Tan mal fue la cosa ayer?

—Mal, no, peor. Ahora te cuento.

— OK , jefa, voy para allá.

—Cuántas veces te he dicho que no me llames…

No me dio tiempo a terminar la frase.

Revisé la prensa del día, que Paola había dejado sobre mi mesa.

Todos los periódicos se habían puesto de acuerdo y señalaban que la lesión de Adrián se había producido en el peor momento de la temporada y de su carrera.

Se hacían eco de las mismas noticias que había ofrecido su club en el comunicado en el que informaba de la lesión, y terminaban señalando que el alcance real de esta se sabría a lo largo de la mañana, después de someterse a las pruebas médicas correspondientes.

—Madre mía, jefa, cómo nos hemos puesto hoy, ¿no? —gritó Paola al entrar y sentarse. Me miró de una forma extraña—. ¿Te has visto en el espejo?

—Sí, ¿qué tengo?

—Nada, simplemente estás espectacular. Hacía mucho tiempo que no te veía tan guapa. Desde… espera, que recuerdo —dudó—, creo que no te había visto nunca así de guapa y estupenda. Aquí pasa algo; voy a por otro café para mí y me lo cuentas ahora mismo.

—Pero, Paola…

Otra vez me dejó con la palabra en la boca.

Me había esmerado al arreglarme ese día, pero tampoco creía que fuera para tanto.

No llevaba nada de estreno ni nada que no me hubiera puesto antes: un traje de chaqueta negro, un top fucsia con un buen escote y una camisa transparente del mismo tono encima (hay que saber jugar con las mejores armas que nos ha dado Dios, y, como ya se sabe, en el juego de la seducción, mejor insinuar que enseñar), y completaban el look unos peep toes también en fucsia.

Tenía un recuerdo de mí misma delante del espejo, probando mil y una combinaciones con el pelo para finalmente decidirme por recogérmelo del mismo modo en que solía hacerlo unos años atrás.

Una de las formas más sencillas de obtener un peinado casi de peluquería, rápido, en casa y, sobre todo, fácil.

Nunca he destacado por mis dotes como peluquera.

Al contrario, mi pobre Barbie sufrió durante años mis intentos desesperados por cambiarle el peinado con rulos, tintes y demás utensilios, que dieron como resultado una mezcla entre los peinados de Lady Gaga y Coco el de Barrio Sésamo .

Exactamente dos minutos después, Paola entró en mi despacho con su café y los últimos informes que teníamos que revisar, porque cotilla era un rato, pero también eficiente en su trabajo.

—Quiero que me cuentes qué ha pasado. —Se sentó frente a mí, ávida de información—.

¿Hay un hombre? Porque una mujer solo se viste así cuando hay un hombre de por medio.

Bien porque quiere que ese hombre sea algo más que un conocido, bien porque la ha tratado como un estropajo y quiere restregarle en los morros la mujer a la que ha abandonado.

Bueno, también porque hay un hombre que…

—Paola, déjate de suposiciones. No hay ningún hombre. —Dudé—. Bueno, pensándolo mejor, hay dos hombres.

—¿Dos? ¡Esa es mi jefa! Siempre apuntando a lo alto, ¿para qué conformarse con uno? Es lo que dice mi amiga Tesa. Conoces a Tesa, ¿verdad? Sí, seguro que la conoces. Creo que sí; te la presenté el año pasado en mi cumpleaños, es aquella que…

—Paola, por Dios, ¡para! Solo se trata de dos hombres con los que tengo que trabajar, y punto. No puedo negar que Adrián no está mal, pero de ahí…

—¿Que no está mal? ¿Tú te estás oyendo? Pareces mi abuela: es un buen hombre, es muy educado. ¡Está tremendo! ¿Acaso no has visto qué ojos, qué cara, que músculos y especialmente… ¡qué culo!?

—No hay forma de hablar en serio contigo, ¿eh? —Me eché a reír sin poder evitarlo.

—Pero, Ana, no me digas que no está para darse con él una buena fiesta, o dos, o las que se tercien…

—Paola, déjalo ya. Vas a acabar por ponerme colorada.

—De verdad, jefa. Si fueras la mitad de decidida en tu vida personal de lo que eres en la profesional, arrasarías.

—Muchas gracias por el cumplido, querida. Deja encima de la mesa los informes esos que llevas en el brazo y vete a terminar de transcribir lo que te di ayer. Ya sabes el lío de mañana que me espera, y quiero dejar solucionados estos temas antes de meterme de lleno en el asunto de Pablo.

—¡Y ahí está el otro hombre! Que, dicho sea de paso, tampoco está nada mal. No, señor, nada mal.

—¡Paola!

—Me rindo… de momento —dijo saliendo de mi oficina y guiñándome un ojo—. Ya no insisto más, pero me debes una copa al salir esta noche para que me cuentes todos los detalles escabrosos que estoy convencida que los hay, a mí no me engañas.

Era realmente insoportable cuando activaba el modo amiga maruja, pero era una de las pocas personas capaces de sacarme una sonrisa.

Paola era, como ella misma se definía, un espíritu libre.

Aunque llevaba una eternidad con la misma pareja, ella mandaba en su vida y hacía siempre lo que le daba la gana.

Yo nunca había entendido cómo esa relación seguía en pie después de tantos años y de todo lo que había hecho ella, pero la evidencia era que continuaban juntos y que, a pesar de lo que ella dijera, lo quería muchísimo.

Sin embargo, cada uno en su casa y Dios en la de todos.

—Está bien, reina cotilla, hablamos luego.

1 En inglés: «Llueven hombres».