Diario de una soltera convencida Capítulo 4
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Capítulo 4

Aparté mis manos de las de Pablo y me lancé a la puerta como quien escapa de un peligro inminente.

«¿Qué has hecho? O, mejor dicho, ¿qué has estado a punto de hacer?

». El pensamiento me asaltó mientras huía hacia la puerta, todavía temblando.

El timbre me había salvado de cometer un gran error.

«¿Pero en qué estás pensando, Ana?». Una sensación extraña me hizo estremecer cuando abrí la puerta y lo vi.

Adrián.

Pero no un Adrián cualquiera, sino uno con vaqueros ajustados, jersey azul cielo con cuello en pico y cazadora de cuero negro. Es decir, el modelo perfecto que se exhibiría en cualquier anuncio de colonia y que sería capaz de hacerte soñar con él durante horas. Un regalo para la vista.

Como ya habréis intuido, si Pablo era capaz de dejar sin aliento a cualquiera, no os podéis imaginar cómo era Adrián.

No había centímetro de su pelo castaño que no estuviera perfectamente estudiado con un corte moderno y a la última.

No era tan alto como Pablo, pero su cuerpo, proporcionado y atlético gracias al deporte, le daba un aspecto inigualable.

Pero, ante todo, si algo destacaba en él, era la pose de galán irresistible del Hollywood de los años dorados y una mirada de intenso y penetrante verde.

Una mezcla perfecta entre la versión más canalla de James Dean y la seducción de Paul Newman.

Si Pablo era un bombón, Adrián era morbo en estado puro. Y, sobre todo, una tentación en todos los sentidos.

—Buenas noches, Ana. Siento las horas y la espera, pero ha surgido un imprevisto de última hora que debía solucionar.

¡Un imprevisto de última hora! ¿Aún tenía la desfachatez de llamar «un imprevisto» a llegar más de dos horas tarde y sin más explicación que esa?

—¿Se puede saber dónde te has metido? —explotó Pablo al verlo entrar en la sala de juntas, donde aún se hallaba tras mi huida despavorida.

—Calma, Pablo. Ya le he explicado a Ana que ha surgido un imprevisto de última hora —dijo Adrián con toda la parsimonia del mundo mientras yo reprimía las ganas de asesinarlo.

—¿Y no podías llamar por teléfono ni mandar un mensaje ni contestar ninguna de mis veinticinco llamadas?

Espero que tengas una razón y que sea buena, porque en este momento ese contrato tan jugoso e importante que teníamos casi cerrado está en suspenso, pendiente de una nueva reunión y de tus excusas.

—Si no os importa, yo me voy a sentar. No sé si os habéis dado cuenta, pero me cuesta un poco mantenerme en pie. —Señaló el par de muletas que llevaba—. La tengo —continuó mientras tomaba asiento—. Me refiero a esa buena razón que tú me pides.

—Estamos deseando oírla. —El enfado hacía que Pablo pareciera aún más fascinante. «¡Anaaa!», me regañé.

—Lo siento, pero no puedo. Tienes que confiar en mí, Pablo. Tú me conoces mejor que nadie y sabes que el fútbol es lo único que me queda y lo más importante para mí.

Y ya está, con solo una mirada logró que Pablo se calmara.

—Confiaré en ti, Adrián…, una vez más.

No me gustó, pero intenté no darle mayor importancia.

—De acuerdo —dije por fin, tratando de no pensar en las últimas palabras—.

Es muy tarde y creo que no es momento para hablar; ha sido un día muy largo y todos nos merecemos un descanso.

Propongo una cosa: vámonos a casa. —Rectifiqué cuando me di cuenta de las implicaciones de mi comentario—: Cada uno a la suya, quiero decir.

Mañana, cuando estemos más despejados, nos sentamos y planeamos una nueva estrategia, ¿os parece bien?

—Por mí, perfecto —señaló Pablo—. Estoy agotado y solo quiero llegar a casa y darme una ducha.

Después de apartar los pensamientos que me vinieron a la cabeza acerca de Pablo y una ducha, decidí que yo también necesitaba una… ¡pero bien fría!

Volví a mi despacho a recoger el bolso y cerrar.

Me aseguré de que todo estaba apagado, llamé al guardia de seguridad para informarle que nos íbamos y salí de la oficina junto a Pablo y Adrián.

Tomamos el ascensor al garaje; hasta que no llegué abajo no me di cuenta del estado en el que se encontraba toda la parte trasera de mi coche.

Con el revuelo de la reunión, se me había olvidado el golpe.

—¿Ese es tu coche? —preguntó Pablo al ver cómo miraba mi destrozado Audi—. ¿Qué te ha pasado?

—¡Mierda! Lo había olvidado. Esta tarde me he encontrado un atasco por culpa de un niñato que ha estrellado su Porsche amarillo en plena Castellana, he tenido un problema con el bolso…

—Me negué a contar nada de mi aparatosa lucha contra el bolso, en la que, como ya sabéis, había resultado ganador él—.

Algún gracioso me ha dado y se ha ido. Ese es el resultado.

—Pues vaya faena. Tienes toda la parte trasera completamente descolgada; no sé cómo has sido capaz de llegar hasta aquí, pero no vas a poder moverlo.

Era lo que me faltaba para completar un día maravilloso. Tenía que haber llamado un taxi.

—Paola me lo dijo, pero lo había olvidado —expuse mientras giraba de vuelta al ascensor—. Bueno, vosotros marchaos. Subiré de nuevo, pediré un taxi y esperaré allí.

—Ni por asomo, te llevamos nosotros. Adrián y yo no tenemos prisa, y no pienso dejarte sola aquí.

—Muchas gracias, pero no pasa nada. Llamo un taxi y en nada está aquí. Además, seguro que os están esperando para cenar. —¿Quién dijo que no podía ser sutil si me lo proponía?

—No te preocupes. En casa no me esperan nada más que un par de peces y una iguana, creo que pueden estar otro rato sin mí. Y a Adrián —Pablo señaló al aludido— creo que hoy tampoco lo espera nadie, ¿me equivoco?

—No, no te equivocas. Pensaba quedarme en tu casa a dormir de todas formas. Me temo que con estas —agitó las muletas— no puedo conducir, y necesito que alguien me lleve mañana a la clínica para el reconocimiento. Tengo consulta a las once de la mañana.

—Entonces no hay nada más que hablar. Todos al coche; dejamos primero a Ana en su casa y después nos vamos a la nuestra.

Al llegar al coche de Pablo, este se acercó para abrirle la puerta de atrás a Adrián y rápidamente abrió la de copiloto para mí.

—Si me haces el favor. —Sonrió.

—Gracias —respondí mientras me acomodaba en el asiento con una sonrisa aún más amplia.

Llegamos pronto a casa; me despedí de Adrián y le di las gracias a Pablo por acompañarme. Salí del vehículo sin más que decir y solo cuando oí el ruido del motor al continuar su marcha, me giré y lo vi alejarse. Suspiré y, por fin, después de un día horroroso, entré en el portal de mi edificio.

Hogar, dulce hogar. Abrí la puerta y solté el bolso sobre el sofá a la vez que cerraba con llave y lanzaba los zapatos lejos.

Mientras preparaba algo de cenar y un baño, escuché los mensajes del contestador.

Había uno de mi madre preguntándome si iría a comer a su casa el domingo, y otro de mi amiga Gema para proponerme quedar el fin de semana.

Salí del baño como nueva, cogí la pizza que había preparado y encendí la televisión un rato mientras cenaba.

Estaba en la cama cuando me di cuenta de que no había empezado mi diario de soltera, así que me tumbé y me dejé llevar:

He sido capaz de sobrevivir a uno de los días más desastrosos y estresantes de los últimos tiempos.

Me entra calor solo de pensar en ese momento con Pablo ¿Qué hubiera pasado después de besarnos?

Porque estaba claro que íbamos a hacerlo.

¿Cómo iba a poder mirarlo a la cara después de eso?

Pero ¿qué estoy haciendo? Se supone que este es mi diario de soltera y en la primera página ya estoy hablando de un hombre.

No tengo ni la más remota de idea de cómo enfocar el asunto de Adrián, me espera una buena noche de insomnio, lo presiento.

Estoy pensando en buscar un grito de guerra para mi lucha de mujer soltera, pero ahora mismo mis neuronas están en huelga.

Lo consultaré con la almohada, a ver si se me ocurre un slogan con gancho (algo así como el «You know you love me» de mi querida Gossip Girl). Seguiremos informando.

Besos.

Ana (soltera convencida, que no solterona)