Capítulo 3
Soy una persona optimista. Mi lema de vida es ver siempre el vaso medio lleno, sin embargo, ese día parecía que el cosmos se había alineado en mi contra.
Suele decirse que, si las cosas están mal, aún pueden empeorar.
Os voy a contar un secreto: después de esa noche, todo se había vuelto de un negro azabache tan opaco que ni el mejor pintor iba a poder cubrirlo. Os preguntaréis qué pasó.
Las diez de la noche y allí seguía, muerta de cansancio, con un dolor de pies a causa de los tacones que no le deseaba ni a mi peor enemiga y soportando el continuo cruce de reproches entre todos los presentes.
Tratando de apaciguar los ánimos y de renegociar un contrato para un niñato malcriado que, una hora después de comenzar una reunión en la que podría decidirse su futuro profesional, aún no se había dignado a aparecer.
Pablo lo había llamado varias veces, pero no había forma de contactar con él. A pesar del enfado evidente debido al retraso, no podía esconder una sombra de preocupación por su amigo.
«¿A que es adorable? ¡ Ana, vuelve en ti! » .
— ¡ Esto es el colmo, me parece inaceptable el comportamiento que está demostrando Adrián! —exclamó Carlos, uno de los abogados de la marca deportiva, visiblemente enfadado.
—Lo siento muchísimo, no es normal en él — se excusó Pablo—. Tiene que estar a punto de llegar; ha debido de pasar algo para que aún no lo haya hecho. Lo último que Adrián querría en estas circunstancias es empeorar las cosas.
—Pablo, esto no es nada personal contra ti, pero si está proyectando esta imagen hoy, que se juega tanto, no sé qué pensar sobre lo que pueda hacer en el futuro.
—Pero… —fue su intento vano de continuar.
—Lo siento, pero tenemos que pensar lo que vamos a hacer.
De momento, el acuerdo al que habíamos llegado queda en suspenso hasta que Adrián se digne a dar la cara y dar alguna explicación, y, la verdad, espero que sea suficientemente convincente, porque en estos momentos, si por nosotros fuera, el acuerdo estaría roto.
Muchas gracias por todo. Creo que ya va siendo hora de que nos vayamos a casa; algunos tenemos responsabilidades familiares que atender.
—Lo sé, Carlos. No sé cómo disculparme ni qué decir —admitió Pablo, notablemente afectado.
—Creo que no sería bueno para nadie precipitarnos en este momento —dije con una mezcla de enfado, desilusión y desesperación, tratando de calmar a todos—.
Vamos a darle a Adrián un voto de confianza; seguro que hay una explicación razonable para su ausencia.
El contrato presenta unas condiciones inmejorables para ambas partes, y creo que tanto Pablo como Adrián se merecen una oportunidad.
Ricardo los acompañó hasta la puerta para despedirse de ellos y se fue directo a su despacho.
Llevaba el tiempo suficiente en la empresa para saber cuándo era mejor no molestarlo.
En ese preciso momento, fui consciente de que todo el mundo se había ido, y en la sala de reuniones quedábamos tan solo Pablo y yo.
Él volvía a estar al teléfono, con la mirada perdida y maldiciendo por lo bajo a Adrián.
Nunca lo había visto así; a pesar de la tensión que se había respirado hacía unos minutos en la reunión, en ningún momento había perdido la compostura ni mostrado gesto alguno que delatara su estado de ánimo.
De repente, un golpe sordo me sacó del ensimismamiento; Pablo había soltado el móvil sobre la mesa.
—Maldita sea, Adrián, ¿dónde te has metido? —Se pasó las manos por el pelo hasta quedar despeinado.
Rodeé la mesa y me acerqué a él para tranquilizarlo.
—No te preocupes, seguro que no ha ocurrido nada malo. Estoy convencida de que habrá una buena explicación y de que todo se solucionará. —Posé una mano sobre su brazo para tratar de calmarlo, no me gustaba verlo así.
—Estoy cansado, Ana. —No me agradó el tono de su voz, ya que, por primera vez, pude verlo realmente derrotado—.
En los últimos meses Adrián ha cambiado.
Quizá seas la última persona a la que debería contar esto, pero no sé qué está pasando.
Él no es as í, o al menos no solía ser así.
Lo de hoy no es más que la gota que ha colmado el vaso.
—Pablo, no te voy a pedir que me lo cuentes. Creo que eso es algo que deberías solucionar con Adrián. Lo único que te puedo decir es que ahora mismo se está jugando todo su futuro profesional.
Traté de mirarlo a los ojos. En ese momento, eran tan oscuros como una noche sin estrellas y estaban fijos en mí de una forma que me hizo estremecer. Tuve que tragar antes de poder continuar.
—T ú no tienes la culpa de lo q ue Adrián haga o deje de hacer. Es su vida, y no la tuya, la que se está decidiendo.
—Sé que no es mi culpa, pero no puedo agachar la cabeza y mirar para otro lado mientras echa a perder su vida y una oportunidad única.
—Lo sé. Tal vez es porque lo veo desde fuera, como un mero espectador, y no puedo entenderlo, pero si me permites, voy a darte un consejo.
No tires por la borda tus esfuerzos ni tu carrera.
Habla claro con Adrián y soluciona todo esto antes de que te salpique a ti.
—Llevaba muchos meses queriendo decirle esas palabras y nunca había encontrado el momento adecuado.
—Gracias, Ana. Aprecio que alguien como tú piense eso de mí, pero Adrián no es solo un cliente, es mi mejor amigo, y no puedo fallarle en estos momentos. Mi ética me lo impediría.
—Pues déjame que te diga que parece que él no piensa lo mismo —solté lo primero que cruzó mi mente.
—Tienes razón en que puede parecerlo, pero conozco a Adrián y sé que no es así; lo que menos me importa es si todo esto me salpica a mí o no.
Quiero saber dónde está, qué ha pasado y cómo solucionar este embrollo.
La prioridad es él. Agradezco tus palabras, me elogian, pero antes que agente, soy persona, y no podría hacer nada que fuera contra mis principios.
Los ojos de Pablo se tropezaron con los míos y de nuevo me sentí paralizada.
—Lamento haber sido tan directa, lo he dicho porque no me gusta verte así.
Mis pies, kamikazes sin sentido, me llevaron a acercarme más aún a él, y mis manos, a tomar las suyas.
Él no las apartó, al contrario, las sujetó con firmeza y clavó sus ojos en mí.
A pesar de mis ocho centímetros de tacón, era mucho más alto que yo.
Podía sentir tantas cosas solo mirándolo: miedo, angustia, dolor, enfado, sorpresa y…
deseo. Ese último sentimiento me pilló totalmente desprevenida.
Noté cómo mis piernas comenzaban a flaquear, las manos me sudaban y mi corazón iba a salirse del pecho.
«¿Por qué me mira de esa forma?».
Como si se tratara del clímax de cualquier película romántica, su banda sonora principal comenzó a sonar en mi cabeza.
Percibí cómo Pablo se acercaba cada vez más, cómo todo su cuerpo se relajaba y se entregaba a mí.
Vi nacer una media sonrisa en su cara; sus ojos brillaban, mientras que yo permanecí inmóvil, petrificada, incapaz de reaccionar.
«Va a besarme, va a besarme». Sentí su respiración entrecortada sobre mis labios y cerré los ojos, esperando.