Diario de una soltera convencida Capítulo 2
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Capítulo 2

El más que merecido descanso del guerrero y un poco de paz era lo que me esperaba, y merecía, por fin, tras un día agotador.

Después de revisar y poner en orden todo lo referente a la reunión en el despacho de Ricardo, nos dirigimos a la sala de juntas.

La negociación había resultado todo un éxito y entre la labia de Ricardo y los informes que había redactado en las últimas semanas, habíamos llegado a un acuerdo muy satisfactorio para todas las partes.

Estaba en mi despacho disfrutando del resto de las galletas, a la vez que recogía mis cosas para marcharme a casa cuando Ricardo entró sin llamar, con esa cara que tan bien conocía y que solo vaticinaba una cosa: problemas.

El rostro de Ricardo era totalmente transparente y, para bien o para mal, incapaz de disimular sus inquietudes.

—Ana —empezó titubeante.

—Ricardo, no lo digas —pedí antes de que dijera una palabra—.

Por favor, no puedo. Acabamos de salir de una reunión de tres horas; son casi las ocho de la tarde y estoy hecha polvo; he tenido un día horrible, y me da miedo bajar a ver cómo está mi coche.

Esto es lo único que he comido hoy —señalé las galletas—, así que, por favor, no puedo con más problemas ahora mismo.

—Sabes que no te lo pediría si no fuera importante. Es un asunto delicado, no puede esperar a mañana. Se trata del tema Adrián Castillo.

—Vale, está bien. S é que me v oy a arrepentir de esto, lo sé. Dame diez minutos para descansar un poco y estoy en tu despacho.

— ¡ Gracias! Eres la mejor.

—Deja de hacerme la pelota, ya he dicho que sí.

Y ahí murió toda mi convicción de mantenerme fuerte frente a los hombres. Ricardo había sabido tocar las teclas adecuadas. Me encanta mi trabajo y, lo reconozco, soy tremendamente ambiciosa, pero creo que eso no es malo, ¿no?

Al menos, el sencillo vestido negro que había elegido esa mañana había resultado ser muy cómodo, aunque llevar más de doce horas sobre los tacones no ayudaba a mitigar mi dolor de espalda.

Después de asearme un poco, hacerme una coleta y retocar el maquillaje, volví a mi despacho. Sobre la mesa había una nota de Paola.

He echado un vistazo a tu coche y no está tan mal como crees, nada que no pueda solucionarse con un poco de chapa y pintura.

Ya he llamado al taller y mañana vendrán a recogerlo a primera hora, así que lo siento, pero vas a tener que volver a casa en taxi.

También te he enviado las últimas propuestas del acuerdo de McGrady; estúdialas y mañana lo vemos.

Vete a casa pronto, date un baño y descansa. Te veo mañana. Un beso.

P.D.: Te he dejado algo de comer en el cajón, y no me des las gracias, ya sé que soy un sol.

« Dios bendiga a Paola ». Abrí el cajón y ahí estaban: una bolsa de grasientas patatas fritas, mis favoritas, y una Coca-Cola Light. Me puse cómoda en uno de los sillones que decoraban mi despacho, me quité los zapatos y abrí el buscador de internet para despejarme un rato.

Me encantaba ese lugar. Tras el último ascenso, Ricardo me había dado libertad para amueblarlo como yo creyera conveniente, y así lo había hecho.

Siguiendo la línea del resto de la s oficinas, estaba decorado de manera sobria en tonos blancos, negros y haya.

Delante del gran ventanal acristalado, y justo en el centro del enorme despacho de más de veinte metros, se alzaba mi mesa, un gran escritorio de madera con la superficie en color negro, y una silla de piel, también en negro.

En una de las esquinas, una gran mesa redonda en madera para reuniones, con varias sillas tapizadas en blanco y negro.

Junto a la mesa, una estantería que ocupaba toda la pared, llena de libros y carpetas de archivo.

Al otro lado, estaba mi rincón de relax, formado por una pequeña mesita baja del mismo tono que el escritorio y un par de cómodos sillones en blanco.

El despacho contaba también con un pequeño aseo propio.

La decoración minimalista la conformaban un par de cuadros abstractos, un gran centro de orquídeas —mi flor favorita— en la mesa de reuniones y una bonita alfombra persa.

Después de comer unas cuantas patatas y beberme toda la Coca-Cola, volvía a ser persona, más o menos.

— ¿ Cuál es el problema? —pregunté a Ricardo que daba vueltas frenético por su despacho.

—Adrián Castillo —respondió mientras me observaba sin añadir nada más. « Lo que me faltaba, ahora tiene ganas de jugar » .

—Ya me los has dicho antes, Ricardo, no estoy para juegos. —Traté de sonar convincente a pesar del cansancio— ¿Qué pasa?

Os resumo: Adrián Castillo era uno de los futbolistas de moda y uno de los que acaparaban más portadas en los diarios deportivos.

A sus veintisiete años, estaba viviendo la mejor época de toda su carrera hasta el momento, hartándose a meter goles cada fin de semana.

En junio del año siguiente terminaba contrato con su club, el Getafe, y era un secreto a voces que su intención era no renovar y cambiar de aires.

En ese momento había una dura lucha entre varios de los clubs nacionales más importantes para ver quién lograba hacerse con sus servicios para la siguiente temporada que comenzaba en agosto.

Hacía unos meses, Pablo, su agente y mano derecha nos había encomendado hacernos cargo de su cartera de negocios.

No es por dármelas, pero había obtenido un más que suculento acuerdo con una importante empresa de ropa deportiva.

—Se firma con Adidas esta semana; tras la última reunión todo estaba cerrado —continué.

—Ha surgido un problema. Se ha lesionado en el entrenamiento de esta tarde.

—¡Oh, no! Esto no me huele nada bien —sentándome—. ¿Es muy grave?

—Algo de menisco, según he entendido; entre tres y cuatro meses. Pablo me ha llamado hace un rato. El problema es que se ha filtrado a la prensa, no sé cómo, la negociación con el Real Madrid, y ya sabes lo que eso implica.

Sí, claro que lo sabía. Se suponía que ningún jugador podía negociar con otro club hasta seis meses antes de la finalización de su contrato y, aunque se trataba de una práctica aceptada por todos en el mundo del fútbol, una cosa eran los rumores y otra, la certeza.

—Imagino que no están muy contentos ninguno de los dos clubs , ni el Getafe ni el Real Madrid.

—Me temo que no. Según Pablo, el Madrid se está replanteando el fichaje: no están seguros de si es fiable contratarlo al ser la segunda lesión en la misma rodilla y, aunque estén dispuestos a llegar a un acuerdo con su club actual para incorporarlo al equipo en el mercado de invierno, no son partidarios de un traspaso tan costoso si el jugador no está en perfectas condiciones.

No sabemos cómo, pero estas noticias también han llegado a Adidas, y ahora no saben si resulta rentable pagar las cifras que habíamos negociado, ya que las condiciones no son las mismas.

—¿Qué vamos a hacer?

—No lo sé —suspiró Ricardo—. Respecto al tema del Madrid, no podemos hacer nada; Pablo me ha dicho que ya ha concertado una reunión con ellos y que verá contigo cómo llevar el tema.

Respecto a Adidas, hay que volver a convencerlos de que el acuerdo es económicamente rentable para todas las partes.

Estamos de nuevo en la casilla de salida, pero esta vez en clara desventaja.

Prepárate: en veinte minutos estarán aquí, y nos espera una dura negociación.

—Está bien, Ricardo —respondí sin poder ocultar mi pesar.

—Ana. —Mi jefe me paró cuando estaba en la puerta—.

No hace falta que te diga lo importante que sería para la empresa que todo este asunto llegara a buen puerto.

—Asentí. Sabía lo que nos jugábamos—. Consigue ese contrato y un tercio de mis acciones serán tuyas, te lo prometo. Serás socia de pleno derecho.

—Espero que sea verdad. Soy de las que no olvidan, y llevas prometiendo esas acciones desde hace mucho tiempo. Sabes tan bien como yo que me las he ganado.

Entré en mi despacho feliz y hecha una furia a partes iguales.

Ese contrato se había convertido en una cuestión personal.

Le había dedicado más horas de las que podía recordar y no permitiría que nada lo estropeara.

Iba a firmarse, y esas acciones iban a ser mías.

No iba a consentir que nada, ni nadie, se interpusiera en mi camino profesional.

El cliente en cuestión no era precisamente santo de mi devoción. Para ser sincera, me parecía prepotente, arrogante, bastante desagradable y… sexy , tremendamente sexy . «Ana, ¡¿qué estás pensando?!», me recriminé. Unos golpecitos en la puerta de mi despacho rompieron el hilo de mis pensamientos.

—Adelante —dije desde el escritorio, dando paso a quien fuera que hubiera interrumpido mi soliloquio interior.

Era Pablo, el agente de Adrián, y no podía ser más diferente a él. Pablo era la persona con la que habíamos llevado todo el tema de las contrataciones; Adrián apenas había asistido a un par de reuniones. Pablo era su hombre de confianza.

Por lo que Pablo me había contado en esos meses y lo que había investigado por mi cuenta, se conocían desde pequeños, y llevaba ejerciendo como su mano derecha en los negocios un par de años.

Tal vez Pablo careciera de la formación adecuada y no tuviera todos los conocimientos necesarios, pero lo suplía con corazón, trabajo, esfuerzo y, sobre todo, capacidad de convicción.

Sin duda, se trataba de uno de los negociadores más duros a los que me había enfrentado en los últimos años… , además de un bombón.

—Buenas noches, Ana —saludó.

Y con esas tres únicas palabras, mi cerebro sufrió un cortocircuito en toda regla.

Resultaba terriblemente injusto que a alguien le quedara tan bien un simple pantalón de pinzas gris marengo y una camisa blanca remangada, algo que, por otro lado, me parecía muy sugerente en un hombre, sobre todo si dejaba a la vista unos bonitos y torneados antebrazos.

«Ya me estoy perdiendo de nuevo, pero la culpa es suya.

No se puede ir por la vida así, provocando al personal. Una es sensible…».

—Hola, Pablo, ¿cómo estás? —devolví el saludo con una risa tonta.

—Bien, ¿tú qué tal? Me alegro de verte, aunque hubiera preferido que fuera en otras circunstancias. Siento las horas —se disculpó con sinceridad.

Entró en mi despacho con una de esas sonrisas tan suyas, capaces de lograr que todas mis habilidades, incluidas la motora y la comunicativa, se fueran de paseo durante unos segundos.

Decir que Pablo era muy guapo equivalía a considerar la Capilla Sixtina una obra maestra: se quedaba corto, muy corto.

Era el típico hombre al que haces una revisión completa cuando se cruza en tu camino y que tras de sí va dejando un reguero de babas.

Alto, cerca del metro ochenta y cinco, pelo muy oscuro y una cara de rasgos simétricos, facciones marcadas y unos ojos marrón chocolate tremendamente expresivos, vivos y seductores.

Pero, ante todo, y aparte de un físico de escándalo, poseía algo que me atraía aún más y que había podido conocer a lo largo de los últimos meses de reuniones: era un encanto.

Os seré sincera: eso, y que tenía un culo impresionante en vaqueros.

«¡Ana!». Tuve que reñirme una vez más. Nada de hombres, solo trabajo.

«Los hombres son el enemigo, los hombres no me aportan nada, soy soltera convencida», me repetí mentalmente mientras me levantaba, no sin antes echar un vistazo a mi aspecto en la cristalera del despacho.

No tenía mi mejor día, pero tampoco estaba mal.

—Yo también me alegro de verte —dije, recordando de pronto mi buena educación.

«Y mucho». Aunque eso, obviamente, lo omití.

Le di dos besos y aspiré su olor; a pesar de que ya eran más de las ocho de la tarde, olía a loción para afeitado, a colonia y a hombre.

¡Mierda, otra vez esos pensamientos! Ese aroma era irresistible, como cuando pasas delante de una pastelería y huele a pan recién hecho: no puedes evitar inhalar y empiezas a babear, solo deseas comprar ese pan y que ese olor te llene por completo…

, sentir cómo ese olor va entrando en ti.

—No te preocupes por las horas. En este trabajo ya me he acostumbrado a no tener un horario decente. —Algo parecido a una risa salió de mi garganta. Dios, no podía ser más falsa.

—Mal hecho. No permitas que Ricardo se aproveche de ti y te esclavice. Hay vida fuera de estas cuatro paredes.

Me deslumbró de nuevo con una de esas sonrisas de dientes perfectos.

Ese tipo de sonrisas que iluminan el rostro y lo hacen aún más irresistible.

Pablo era de esas personas que, cuando sonríen, lo hacen con todo el cuerpo.

Resumiendo, y como ya os he dicho antes: me parecía un auténtico bombón.

Bueno, a mí y a la mitad de la población femenina y parte de la masculina.

«Yo sí que me aprovechaba de ti y te esclavizaba», pensó mi pervertido subconsciente. «¡No, no, no! Respira hondo, Ana».

—Mi vida es muy aburrida, y trabajar es lo que mejor sé hacer.

—No es posible que alguien como tú lleve una vida aburrida. No sé por qué no te creo. Seguro que tienes alguien por ahí que te anima y te hace la vida más entretenida.

—Pues te equivocas; soy una pobre trabajadora a la que nadie quiere —gimoteé en tono divertido.

—Eso será porque tú lo deseas. Imagino que hay una cola de aquí a China de hombres que estarían más que encantados de animar tu vida.

—Ninguno interesante ni que merezca la pena. Sospecho que les doy miedo a los hombres, y no sé por qué, si soy de lo más inofensiva.

«¿Estoy ligando con él?».

—¿Inofensiva? De eso no estoy tan seguro, tendría que comprobarlo por mí mismo para creerte.

—No me asustas. —Sonreí.

«Definitivamente, estoy tonteando con él».

Me miró y yo lo miré. Sus ojos se cruzaron con los míos y, por un instante, me sentí vulnerable y desnuda.

«Ana, aleja esos pensamientos… ¡ahora mismo!».

—Buenas tardes, Pablo. —Ricardo saludó desde la puerta de mi despacho, rompiendo el ambiente. Salvada por la campana—. Vamos pasando a la sala de juntas, por favor.

—Tú primero, Ana. —Pablo me cedió el paso.

«Justo a tiempo», pensé mientras contoneaba las curvas de mi cuerpo con más estilo que Beyoncé, consciente de que Pablo iba detrás.