Diario de una soltera convencida Capítulo 1
3%

Capítulo 1

¡Tenía hambre! Para ser completamente sincera, no es que tuviera hambre, es que estaba famélica.

Lo único consistente que mi estómago había tenido el gusto de digerir ese día habían sido las dos míseras galletas que había podido tomar antes de meterme a la que, se suponía, iba a ser la última reunión de la jornada.

Pero ya se sabe que una propone y los demás disponen, así que allí estaba yo, después de un día horrible, esperando a que un hombre se dignara a aparecer en la reunión a la que tenía que haber llegado hacía apenas unas… ¡dos horas y media!

Eran más de las diez de la noche, estaba agotada física y mentalmente, y por mi cabeza cruzaban pensamientos encaminados al asesinato.

De todas formas, y pensándolo mejor, qué pereza ir a la cárcel, ¿no?

Aunque seguro que allí a esas horas hubiera estado ya con el estómago lleno y preparada para dormir.

Mejor no: las rayas blancas y negras no me favorecen demasiado.

Lo siento, tengo una vida interior demasiado intensa y ya me estoy dispersando… A lo que iba:

Ese día se suponía que era mi día D . Sabéis a qué me refiero, ¿verdad?

Ese día que supone una barrera invisible en tu vida, entre el antes y el después, el renacimiento como alguien distinto a quien eras ayer.

En algún momento de nuestras vidas todos tenemos un día D , lo marcamos en rojo intenso en nuestro calendario y nos convencemos a nosotros mismos de que, a partir de ese momento, toda nuestra existencia cambiará.

Como os he dicho, ese iba a ser mi día D, y digo iba, porque fue mi día I . Infernal. Insoportable. Interminable .

Os preguntar é is, y con razón, qué tenía de especial un día como ese; pues bien, ese día comenzaba mi feliz trayectoria como soltera convencida (que, para dejarlo claro desde el principio, no es lo mismo que solterona).

Iba a ser el punto de inicio de mi vida lejos del género masculino, exceptuando los temas laborales, por supuesto, porque una cosa era ser soltera convencida y otra muy diferente, morir de inanición.

Además, aún tenía que pagar el préstamo del coche, la hipoteca del ático y los últimos Manolos que me había comprado, un capricho tras mi última ruptura.

Sé lo que estáis pensando: un poquito radical, ¿no?

Pero había decidido no malgastar ni un minuto más en un hombre.

Desde entonces, para mí, se había acabado esperar a alguien que sabía que nunca iba a aparecer.

Se terminó eso de soñar con algo que sabía que no volvería a ocurrir.

Los cuentos de hadas ya no eran para mí; había renegado de ellos y de los hombres.

Pero de nuevo me estoy desviando de lo realmente importante.

En ese momento, me moría de hambre. Lo único que ocupaba mis pensamientos era mi pijama, mis zapatillas blanditas y una buena hamburguesa.

Quedaría mejor si dijera una ensalada, pero, a pesar de que hace poco que me conocéis, sabéis que mentiría.

Mi estómago rugía y pedía comida de verdad, no unas cuantas hojas de lechuga con un mal aliño.

¿La razón? Esa tarde, aprovechando la hora de la comida, se me había ocurrido una brillante idea, algo que no habría tenido nada de especial si no fuera porque había sido como una pequeña aventura en África: había estado de compras en unos grandes almacenes. Sí, sí, reíos, pero esa es la realidad.

Había acudido a uno de esos edificios enormes que tienen seis plantas de más de mil metros cuadrados cada una, en los que no es posible saber dónde está nada y en los que es necesario un GPS únicamente para ser capaz de ubicarte.

Lo de encontrar a la primera aquello que estás buscando ya son palabras mayores.

Después de dar veinte vueltas, preguntar a dos dependientes cuyas indicaciones no me sirvieron de nada y terminar mirando uno de esos planos de situación tan ilustrativos que nadie entiende, me di cuenta de que la sección de ropa de mujer estaba en la planta baja, justo en la esquina opuesta a donde me encontraba en ese momento.

Al final, treinta minutos después de entrar, y con el mismo cansancio que si hubiera corrido la maratón de Nueva York, debido en gran parte a los preciosos peep toes rojos con tacones de aguja de ocho centímetros que había elegido esa mañana, había desistido de la ropa y conseguido llegar a la sección de papelería.

Quería comprar una libreta para utilizarla como mi diario de soltera convencida.

Todas me parecían adecuadas, así que me asaltó una duda: ¿qué tipo de libreta elegiríais para escribir un diario de soltera?

Ni siquiera en un acontecimiento tan simple como ese podía dejar de hacer acto de presencia una de las virtudes que mejor me definen: la inseguridad.

¿ Qué le voy a hacer si soy de naturaleza indecisa?

Después de sopesarlo, había reducido mis opciones a dos: una de tamaño mediano, con las hojas en diferentes colores y unos grandes corazones en la cubierta, y otra del mismo tamaño, con hojas en blanco y el paisaje idílico de una playa.

Personalmente, la que más me gustaba era la de corazones (soy un poco cursi, es cierto).

Ahora bien, me parecía irónico reflexionar sobre mi soltería en una libreta que veía más adecuada para que cualquier adolescente con las hormonas revolucionadas escribiera: « Querido diario, hoy me ha mirado».

Eso limitaba bastante mis alternativas y dejaba la de la playa como la más acertada.

Cuando llegué a la caja para pagar, había tres personas delante de mí, cada una diferente a la anterior.

No es que yo me fije en esas cosas. Vale, sí lo hago , ¿ para qué nos vamos a engañar?

Pero ese día estaba totalmente justificado, porque el dependiente no es que fuera poco avispado, sino lo que comúnmente se conoce como un pan sin sal.

Después de diez minutos esperando, y tras comprobar que llegaba tarde, me convencí de que era más útil escribir mi diario en el ordenador.

No ocupa espacio en la estantería, resulta más fácil de borrar y tiene corrector por si se cuela alguna falta.

El problema surgió cuando llegué al coche sin haber validado el ticket de aparcamiento en la planta superior.

Media vuelta, se ha dicho. Mi primer pensamiento al llegar: «No hay nadie, mejor, más rápido».

¿Por qué siempre tenemos el pensamiento equivocado en el momento erróneo?

El karma se vengó de mí: había perdido el maldito ticket .

Busqué y rebusqué por el bolso, la chaqueta, el monedero, volví al coche, pero nada, así que acudí el puesto de control y allí no había nadie.

No os cuesta creerme, ¿verdad? Creo que son como una especie de triángulo de las Bermudas, y todo el que se acerca por allí desaparece misteriosamente.

Después de dar dos vueltas por el parking , encontré a un señor muy amable que me atendió a base de algo parecido a gruñidos. Os haré un resumen rápido de nuestro intercambio de sonidos, porque palabras, las justas:

—Disculpe, he tenido un problema. Creo que he perdido el ticket del parking y no sé qué debo hacer ahora, ¿podría ayudarme? —pregunté muy educadamente.

— Grrr tiene gggrrr que gggirrr arriba.

—Perdone, pero no lo he entendido, ¿ qué tengo que hacer?

— Grrr tiene gggrrr que gggirrr arriba.

—Buf. —Respiré hondo y lo volví a intentar—: Creo que con el ruido de los coches no lo he entendido bien.

—Arriba, arriba…

Al final, mi amigo el hombre de Cromañón y yo nos entendimos.

Está claro que tengo dotes para las lenguas muertas.

Pero ahí no terminó todo. Subí al puesto de control superior y, ¿sabéis quién estaba allí?

No, no era el mismo. ¡ Era el hombre de Cromañón dos!

Le conté la historia del ticket perdido y, entre gruñidos, logré entender que tenía que pagar un día entero de parking .

Después de quejarme, porque me parecía intolerable, pagué religiosamente y regresé a mi coche para poder salir, por fin, de ese infierno.

« Voy a llegar tarde, voy a llegar tarde. Tenemos una reunión con un potencial cliente muy importante que nos puede dar unos buenos beneficios y Ricardo debe estar subiéndose por las paredes » .

Las tres y media; no había comido y mi estómago empezaba a quejarse.

Toda la Castellana estaba atascada porque un niñato con un Porsche amarillo había pensado que la calle era de su propiedad y había decidido atravesar un par de carriles y se había quedado plantado, nunca mejor dicho, en los setos que sirven de medianas.

Los minutos corrían en mi contra; llegaba muy tarde, mi jefe me iba a matar.

Intent é localizar mi iPhone en el bolso, pero una de las asas se había enganchado y no era capaz de soltarla.

En mi lucha titánica contra el bolso, iba ganando él, y eso era algo que no podía permitir.

Con toda la fuerza de la que fui capaz, me preparé para realizar el último intento, busqué la energía en mi interior y tiré del bolso.

Al principio se resistió, pero finalmente conseguí ganar la batalla. Aunque…

Los momentos posteriores fueron una sucesión de imágenes a cámara superlenta ante mis ojos. El bolso me dio en la cara; el coche que me precedía se puso en movimiento; el mío, no, pero el de detrás, sí , y entonces escuché el más horrible de los sonidos: ¡pum! ¡¡ crac!!

¡No p odía ser! Todos los afables conductores a mi alrededor golpeaban sin piedad el claxon, chillaban y gruñían, mostrando unos modales sumamente refinados propios de años de educación en un colegio de pago (y de los caros), así que arranqué el motor y salí de allí como pude.

Perfecto, tenía que rellenar el parte, pero no había nadie.

¡Se había ido! Miré mi coche, mi querido Audi.

Tan perfecto, tan rojo, tan mío. Me enamoré de él en cuanto lo vi en el concesionario.

Eso sí que fue amor a primera vista, y no la tontería esa que nos venden en las comedias románticas.

Fue poner mis ojos en su maravillosa carrocería, en su tapicería de piel clara, y saber que estaba predestinado a ser mío.

En pleno momento de crisis, el altavoz del coche empezó a sonar. Era mi ayudante y mejor amiga, Paola.

—Ana, ¿se puede saber dónde te has metido?

Ricardo lleva un buen rato preguntando por ti.

Según me ha dicho te necesita para perfilar unos últimos detalles del contrato con los Fernández antes de la reunión y ya ha entrado cuatro veces a tu despacho.

¿Estás bien? —dijo con un tono que denotaba preocupación.

—Mi coche, mi precioso coche —lloriqueé, lastimera, al escucharla—.

Estoy en un atasco y alguien ha decidido comerse la parte trasera de mi coche y darse a la fuga.

Tenías que ver cómo me ha dejado todo. —Oí unas risas al otro lado del teléfono—.

Eso, tú ríete de mí. Menudo respeto; se supone que soy tu jefa.

Un día de estos te despido, ya verás, y luego vendrás llorando y suplicando.

—Sí, Ana, lo que tú digas. —Trataba de disimular, sin éxito, la risa—. No me estoy riendo de ti. Tú estás bien, ¿no?

—Bueno, sí , pero mi coche…

—Entonces, ya está, súbete al coche, arranca y ven ya a la oficina. Yo voy a contarle lo que ha pasado a Ricardo, pero date prisa. ¿Has comido algo? —me preguntó antes de colgar.

—Está bien. —Asentí mientras volvía al coche, como una niña pequeña haciendo pucheros a su madre—. No, no he comido.

—No te preocupes, tengo algo por aquí para que al menos aguantes la reunión. Date prisa.

Una hora y cuarto después de la hora a la que se suponía que tendría que haber vuelto, por fin entré en el garaje del moderno y elegante edificio de oficinas donde se localizaba González nunca cerrábamos un caso hasta que el trabajo estaba completo, costara lo que costara.

En la nómina había empresarios, analistas financieros, expertos contables, asesores jurídicos y un largo etcétera de profesionales reputados y altamente cualificados entre los que intentaba abrirme un hueco como abogada desde hacía más de un lustro.

Tras varios años como pasante en un bufete de abogados al terminar la universidad, comencé mi carrera en la empresa y, gracias a mi esfuerzo y trabajo constantes, había conseguido escalar puestos hasta llegar a donde estaba en ese momento. El ascenso a socia se veía cada día más cerca.

—No tengo nada más que esto.

En cuanto puse un pie en las oficinas, Paola ya estaba en la puerta de mi despacho con un café y unas galletas.

Podía ser un incordio a veces, pero no sé qué habría sido de mí sin ella a mi lado.

Había comenzado a trabajar en la empresa hacía cuatro años como becaria temporal y secretaria de Diego Bianchi, y se había ganado un puesto fijo en menos de dos meses.

Con el tiempo, pasó a ser mi asistente personal.

Eficaz en todos los sentidos, me conocía como un libro abierto y sabía qué necesitaba en cada momento.

Era mi mano derecha y, sobre todo, una buena amiga que había sabido estar a mi lado cuando más la necesité.

Engullía como los pavos la primera galleta cuando Ricardo entró en mi despacho, la cara colorada como se le ponía siempre que estaba estresado y las cosas no iban como él había planeado. Bebí un poco de café para tragar la galleta, que se había quedado pegada a mi garganta.

—¿Estás bien? —preguntó al verme.

—Sí, lo siento. Todo estaba atascado por un accidente y, además, un imbécil me ha destrozado el coche. —Vale, puede que « destrozar » fuera un poco exagerado, pero se trataba de mi querido Audi.

—Tranquila; vamos a mi despacho, tenemos que ver unas cosas antes de la reunión.

Asentí, suspirando y abandonando mis galletas encima de la mesa.

« Adiós, galletas » .