Diario de una soltera convencida Prólogo
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Diario de una soltera convencida

Diario de una soltera convencida

Por Nur Grande

© inepub.com

Prólogo

No me lo puedo creer, aún estoy en estado de shock .

Acabo de colgar el teléfono y todavía pienso que me han tomado el pelo.

Rodrigo ha dejado a Luisa. No sabéis el disgusto que tenía, pobre.

No es que seamos íntimas, pero es mi amiga.

Además, está el tema de la sororidad entre mujeres: si una amiga sufre porque su novio la ha dejado, ahí estamos todas para clavar cuchillos (metafóricamente hablando, por supuesto) y despotricar a nuestras anchas sobre él y, ya de paso, sobre todo el género masculino.

Porque, admitámoslo, chicas, hay pocas cosas que nos gusten más que criticar a los hombres en comandita.

Pero es que, además, Rodrigo y Luisa eran la pareja ideal; solo hacía falta mirarlos para creer en el verdadero amor, y así, de repente, puf, se esfumó.

Para mí, esta ruptura es una catástrofe de proporciones similares a cuando Brad Pitt dejó a Jennifer Aniston.

«Hemos terminado». «Esto no va a funcionar».

«Queremos cosas diferentes». «No es por ti, es por mí».

«¿Podríamos seguir siendo amigos?». Seamos honestas: todas hemos echado mano alguna vez de esas frases a la hora de finiquitar una relación.

Yo, la primera, no voy a engañaros. Pero que Rodrigo haya recurrido a ellas para terminar con diez años de noviazgo y cinco de matrimonio solo quiere decir una cosa.

¿Estáis preparados para leerlo? Os voy a descubrir una de las grandes revelaciones de la historia.

Y no, no es la fórmula de la Coca-Cola. Allá voy: el amor no existe y las relaciones se terminan.

Así, sin paños calientes, a bocajarro y sin anestesia.

Después de lo que ha pasado hoy, cada día tengo más claro que las razones que conducen al final de una relación pueden ser tan variadas que a veces van más allá de la mera lógica , y ni Aristóteles con todos sus silogismos juntos sería capaz de descifrarlas.

Otras tantas, que una relación termine es lo más normal del mundo, como una sentencia ya dictada, en palabras del gran García Márquez, la crónica de una muerte anunciada .

Es en ese momento cuando, iluminado por una innata sabiduría en temas románticos, todo el mundo aprovecha para soltar frases del estilo: «N o era para ti» y « t ú te mereces algo mejor» .

¿Y eso no me lo podías haber dicho dos años, tres kilos y veinte cajas de pañuelos antes?

Nos habríamos ahorrado muchos problemas y muchas resacas, ¿no creéis?

¿Quiere eso decir que todas las relaciones están abocadas al fracaso desde el principio?

Atendiendo a mi experiencia personal, la respuesta es simple: sí.

Aunque suena muy fuerte, no se trata de una afirmación arbitraria hecha a la ligera, sino de una realidad aprendida a través de años de conocimiento, y sobre la cual he llegado a un razonamiento detallado y minucioso que os expondré a continuación:

Desde que somos pequeñas nos hacen creer en el amor como un cuento de hadas en el que una preciosa princesa, sola en su inmenso castillo, espera que aparezca un caballero de brillante armadura en su maravilloso corcel para que la rescate.

Después, la tome entre sus brazos, la bese con dulzura y la lleve lejos para ser feliz por siempre jamás.

¿Queréis saber algo? E so es: ¡ mentira!

No son más que tonterías, patrañas que no se cree nadie.

Puede que la Ana de cinco años fuera tan ingenua que creía en todas esas cosas, pero la realidad es completamente diferente, al menos así ha sido en mi caso.

Primero: ¿por qué todas las princesas son muñequitas de porcelana, rubias, de un metro ochenta y medidas perfectas?

Ese es el primer error. ¿Cuántas mujeres así habéis conocido en vuestra vida?

Quizá las podáis contar con los dedos de las manos.

Creo que, exceptuando a Barbie, la rubia del quinto que enviudó un par de semanas después de la boda con el viejete simpático.

¿Por dónde iba? Algunas actrices y famosillas que salen en la tele, solo algunas, porque a otras parece que las han sacado del circo de los horrores, la mayoría de las novias de futbolistas, puede que este argumento no esté yendo a favor de mi afirmación.

Ya veo que al final van a salir más de las que pensaba, y no es por donde yo quería encauzar mi discurso.

La cuestión aquí es otra: ¿ por qué alguien como yo no puede ser una princesa de cuento?

Soy morena o eso creo recordar. Mido poco más de un metro sesenta y tengo dos piernas, rellenitas, pero me dan el mismo uso que las kilométricas de la del quinto, o no…

, dejémoslo ahí, dos brazos, un buen par de…

(ya me entendéis) y un culo respingón. ¿Por qué una princesa no puede ser como yo?

Además, mi padre siempre me dijo que yo era su princesita, y yo lo creí, hasta que llegó mi hermana y me quitó el trono.

Así que ahí está el primer error de los cuentos de hadas: las princesas no existen.

Segundo: ¿un castillo? ¡Venga ya! Seamos realistas.

Tal y como están los alquileres hoy en día en Madrid, si alguien tiene un piso de más de veinte metros cuadrados, ya puede considerar que tiene un castillo.

Eso sí, nada de dar vueltas por la muralla y mucho menos incluir dragones, brujas, ruecas y todas esas cosas.

¡ Pero si casi no entra ni la lavadora! Al menos en eso he salido ganando: no tengo un castillo, pero sí un ático monísimo en el centro de Madrid.

Un sueño hecho realidad que conseguí después de miles de problemas (aunque esa es otra historia y no viene al caso).

Tercero: hemos llegado al que, a mi parecer, es el punto clave.

El caballero de brillante armadura. ¿Caballero?

¿Eso qué es? Puede que algo que están estudiando como una variedad de vida extraterrestre o alguna especie en extinción.

Os voy a contar mi última experiencia con un ser de la especie masculina en cuestión: el taxista que me ha traído a casa.

Después de mirarme descaradamente el escote a través del retrovisor y de lanzarme indirectas sobre lo buen partido que era durante todo el trayecto, al bajar del coche, y después de darme una tarjeta hecha a mano donde venía su nombre, Manolo Pérez, en negrita, cursiva y subrayado, ha bajado la ventanilla del taxi y me ha gritado: «¡Morena, necesitas señalización, que con tanta curva uno se mata! ».

Romántico, ¿ verdad? ¿ A qué mujer en su sano juicio no le gustaría que Manolo le dijera cosas así cada día durante el resto de su vida?

Sinceramente, ese no es el tipo de caballero que a mí me vendieron de pequeñita.

Para mí, los caballeros eran guapos, altos, educados, de conversación agradable y me tratarían como a una reina.

Por lo tanto, llego a dos conclusiones: o bien todos los caballeros de brillante armadura están felizmente casados y solo han quedado libres los sapos, o bien tanta brillante armadura se ha convertido en brillantina y andan Living la Vida Loca por Chueca.

Aquí estoy, dejando que los pensamientos salgan a su libre albedrío de la cabeza y se transformen en palabras, y os preguntaréis por qué.

Hoy, después de la bomba de Rodrigo y Luisa, del incidente con el taxista Manolo y de mis últimos tropiezos —más bien descalabros— en temas amorosos (cuestiones con las que, por otro lado, no quiero hastiaros), he llegado a casa, he tirado los tacones y he pensado que quería desenmascarar la farsa construida alrededor del amor.

Quiero demostrar que ser una mujer soltera de veintiocho años, está bien, casi treinta, pero con espíritu de veinteañera, y triunfadora en su trabajo no es malo. Al contrario, es un estilo de vida en el cual he decidido que voy a ser absoluta y completamente feliz.

Ya no creo en esas tonterías de las medias naranjas ni en las almas gemelas ni en eso que llaman el amor fou , el amor loco, porque no son más que bobadas y cuentos que se han inventado las multinacionales para vender ejemplares de La bella y la bestia como si fueran rosquillas.

Por tanto, como punto final de mi argumentación, solo me quedan dos cosas por decir: que las princesas y los caballeros de brillante armadura deberían formar parte de los archivos históricos universales objeto de estudio, junto con los dinosaurios, y que los cuentos no son más que historias para narrar a los niños a la hora de ir a la cama.

Si esto fuera un cuento de hadas, habría comenzado con un: «É rase una vez…

» y terminaría con: «Fueron felices para siempre» .

Sin embargo, esto no es un cuento de ese tipo.

No hay princesas ni caballeros, ni castillos ni dragones (bueno, alguna loba sí, pero eso es diferente).

Mi nombre es Ana, aquí empieza mi historia como soltera convencida (no solterona) y hace mucho tiempo que dejé de creer en el amor… ¿o puede que no?