Diario de una Matchmaker (Diario de una Matchmaker 1) Capítulo 31
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Capítulo 31

Ficha cero

Tres semanas después de rellenar mi propia ficha, cuando ya me había acostumbrado a la idea de que la historia, por fin, había encontrado su final feliz, Vicente me pidió otra vez esos diez minutos a solas que ya sabía, por experiencia, que nunca traían noticias pequeñas.

—Jefa, tengo que enseñarle algo.

—Vicente, ya sé lo de la ficha de Teresa. Ya está todo aclarado.

—No es eso.

Algo en su tono me hizo dejar lo que estaba haciendo, una ficha de seguimiento a medio rellenar, y prestarle toda la atención que llevaba dieciocho años sabiendo pedir sin necesidad de levantar mucho la voz.

—¿Entonces qué es?

Sacó una carpeta, más vieja incluso que la que me había enseñado meses atrás, con las esquinas tan gastadas que parecía a punto de deshacerse solo con el aire.

—Cuando encontré la ficha de Teresa, en el trastero, hace seis años, no estaba sola —dijo, abriendo la carpeta con ese cuidado ceremonial suyo—.

Había otra caja, más al fondo, más vieja todavía, que en su momento no me pareció importante porque estaba llena de papeles de la farmacia, recetas antiguas, facturas de proveedores de los años sesenta.

Cosas de cuando esto todavía era una farmacia de verdad, antes de que naciera la agencia.

—¿Y?

—Y la semana pasada, mientras verificaba unos datos para lo de Teresa, volví a esa caja. Por curiosidad, más que nada. Y encontré esto.

· · ·

Me tendió una ficha. No como las nuestras, no en el formato que mi abuela había diseñado para la agencia.

Era un papel más antiguo, amarillento de verdad, no por efecto teatral sino por el paso auténtico de muchas décadas, escrito con una letra que reconocí al instante, aunque mucho más joven, mucho menos apretada que la que yo conocía.

La letra de mi abuela. Pero de mucho antes de que existiera esta agencia.

En la esquina superior, una fecha tan desvaída por el tiempo que apenas se distinguía, salvo por una certeza: era mucho, mucho más antigua que cualquier otra cosa que hubiera visto nunca en aquellos cajones.

Y debajo, en el hueco reservado para el nombre, una sola inicial, sin apellido, sin nada más que la identificara:

A .

—Vicente, esto es de veinte años antes de que se fundara la agencia.

—Lo sé.

—Mi abuela tendría, ¿qué, veintidós años entonces?

—Veintitrés, según el registro civil que consulté ayer por la noche, sin poder dormir, para serle sincero.

Me quedé mirando la ficha, con las manos temblándome de una forma que no había sentido ni siquiera abriendo el sobre del cajón doce.

—¿Qué pone en la pregunta? —pregunté, casi sin voz—. La de siempre. Lo que le hizo gracia de verdad.

Vicente negó con la cabeza, despacio.

—No hay pregunta, jefa. No hay respuesta. Solo hay una frase, al final, subrayada dos veces, con tanta fuerza que casi rompe el papel.

Le di la vuelta a la ficha yo misma, con el corazón latiéndome tan fuerte que apenas podía enfocar bien las palabras.

No se lo digas nunca. Ni siquiera a ella.

· · ·

—¿A quién se refiere? —pregunté, aunque en algún sitio del pecho ya empezaba a sospechar, con un escalofrío, que la pregunta correcta no era a quién , sino sobre quién .

—No lo sé con certeza. Pero, Alma... —Vicente se quitó las gafas, con esa expresión suya de hombre que lleva dieciocho años viendo secretos ajenos y que, por primera vez, parecía genuinamente desconcertado por uno propio—.

Esta ficha no tiene número. Todas las demás del archivo, incluida la de Teresa, la de Adela, las mil ochenta y siete que usted ha hecho en estos once años, tienen un número correlativo.

Esta no tiene ninguno. O, mejor dicho, tiene un número, pero no es el uno.

—¿Cuál es?

Vicente le dio la vuelta a la ficha, señalando una esquina que yo no había mirado, tan pequeña que resultaba casi invisible si no se sabía exactamente dónde buscar.

Un cero.

Escrito con la misma tinta desvaída, la misma letra joven de mi abuela, mucho antes de que existiera ninguna agencia, ningún manual, ninguna regla número tres que romper ni ninguna regla número doce que arrancar.

—Ficha cero, Alma —dijo Vicente, en voz baja, casi con reverencia—. Antes de Teresa. Antes de Adela. Antes de todo lo que usted creía que era el principio de esta historia.

Me quedé mirando esa inicial suelta, esa A que podía significar tantas cosas, tantos nombres posibles, y sentí, con una mezcla de vértigo y de una curiosidad que ya no podía apagar, que la historia de mi familia era mucho más grande, mucho más antigua y mucho más callada de lo que había imaginado nunca, incluso después de todo lo que había descubierto en las últimas semanas .

—¿Y ahora qué hacemos? —pregunté, aunque ya sabía, en algún sitio de mí que empezaba a parecerse cada vez más al de mi abuela, cuál iba a ser la respuesta.

Vicente sonrió, con esa expresión suya de investigador que lleva cuarenta y un años sin resolver del todo la curiosidad que lo empuja siempre a abrir una carpeta más.

—Ahora, jefa, empezamos a investigar quién era esa A , y qué fue lo que su abuela decidió que nunca, bajo ningún concepto, se le podía contar a nadie.

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