Diario de una Matchmaker (Diario de una Matchmaker 1) Epílogo
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Epílogo

Una llamada desde Lisboa

Dos meses después, la agencia ya no olía solo a farmacia vieja.

Olía también a café recién hecho de una cafetera nueva que Bruno había insistido en comprar, «porque una agencia de amor no puede seguir sirviendo café requemado a la gente que viene con el corazón en la mano», y a la colonia de Vicente, que ahora venía tres días por semana en vez de dos, con la excusa de que la investigación sobre la ficha cero necesitaba «horas de despacho, no de biblioteca».

Cande y Jaime habían fijado la boda para la primavera siguiente, en el mismo jardín de la finca de la carretera de Burgos donde Marta había tirado el ramo aquel sábado de mayo que ahora me parecía de otra vida.

Reme y Teodoro seguían bailando cada martes y cada jueves, y habían empezado a enseñar juntos, extraoficialmente, a otras parejas del taller que querían aprender a moverse sin necesidad de mirar.

Hugo mandaba fotos de vez en cuando, desde algún sitio nuevo con Andrés, siempre con el mismo pie de foto: doce años tarde, pero a tiempo.

Y yo, por las tardes, después de cerrar, subía a la azotea con Bruno, con dos tés, uno sin azúcar y otro con tres de sobre, y aprendía, despacio, sin prisa, a ser la protagonista de mi propia ficha en vez de la que solo la observaba desde fuera.

· · ·

Fue un martes, a las siete y media de la tarde, cuando sonó el teléfono fijo de la agencia, el viejo, el que casi nadie usaba ya salvo algún cliente mayor que desconfiaba de los móviles.

Contesté yo, porque Cande había salido a probarse el vestido y Vicente estaba en la rebotica, enterrado hasta el cuello en carpetas de los años sesenta.

—Belmonte, buenas tardes.

Al otro lado, una voz de mujer, mayor, con un acento que tardé un segundo en identificar, mitad español, mitad algo más suave, más cantado.

—¿Hablo con la nieta de Amparo?

Se me heló algo por dentro, esa misma sensación de antes de que pase algo importante que ya había aprendido a reconocer sin necesidad de que nadie me lo explicara.

—Soy yo. Alma. ¿Quién es usted?

Un silencio al otro lado, largo, de los de verdad, de los que llevan dentro algo que ha esperado mucho tiempo para salir.

—Me llamo Alicia Noguera. La llamo desde Lisboa. Y llevo más de cincuenta años esperando que alguien de esa farmacia me devolviera la llamada.

Sentí que se me caía el bolígrafo de la mano.

—Señora Noguera, no sé de qué.. .

—Su abuela me hizo una promesa hace cincuenta y cuatro años, señorita Belmonte. —La voz, al otro lado del teléfono, con ese temblor concreto de quien ha ensayado una frase durante décadas—. Y creo que ya va siendo hora de que alguien la cumpla.

Miré hacia la rebotica, hacia la puerta entreabierta donde Vicente seguía inclinado sobre la caja de carpetas viejas, sin saber todavía que la ficha cero acababa de dejar de ser un misterio de papel.

—Espere un momento —dije, con la voz temblándome tanto como la suya—. Voy a buscar a alguien que lleva cincuenta y un años sin saber que usted iba a llamar.

Y mientras iba hacia la rebotica, con el teléfono todavía pegado a la oreja y el corazón latiéndome como no me latía desde la primera cita de toda esta historia, pensé que quizá mi abuela tenía razón en algo más de lo que había escrito en aquel sobre.

Que las fichas nunca se cierran del todo.

Que solo esperan, pacientes, en algún cajón, a que alguien por fin tenga el valor de abrirlas.

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