Capítulo 30
Todos menos yo
Cuando Bruno entró esa mañana, con la campanilla de bronce anunciándolo como cada día desde hacía semanas, me encontró todavía sentada en el suelo, con los ojos hinchados de llorar y una hoja en blanco delante, recién sacada del cajón Bicarbonato .
—¿Qué pasa? —preguntó, alarmado al principio, hasta que Cande, desde la puerta, le hizo un gesto tranquilizador que significaba, en el idioma que ya compartían los tres, que todo estaba bien, mejor que bien.
—He abierto el sobre —dije, con la voz todavía temblorosa, aunque ya no de miedo.
—¿Y?
—Y no había ningún nombre. Mi abuela no vio ningún futuro concreto para mí, ninguna predicción, nada de lo que se supone que hace este don que tenemos las mujeres de mi familia.
Bruno se sentó a mi lado, en el suelo, con esa naturalidad que ya había adoptado del todo, como si llevara toda la vida sentándose en el suelo de esa rebotica en vez de en despachos de cristal con vistas a Nuevos Ministerios.
—¿Qué había, entonces ?
Le tendí la carta, dejando que la leyera él también, con la misma confianza con la que se la había dejado leer a Cande un rato antes.
Cuando terminó, se quedó callado un momento, con los ojos brillantes.
—Tu abuela era una mujer muy sabia —dijo, al fin.
—Lo era.
—¿Y ahora qué vas a hacer con el permiso?
Miré la hoja en blanco que tenía delante, la ficha nueva, sacada del cajón de las que todavía no tienen dueño, y por primera vez en once años, supe exactamente qué iba a escribir en ella.
· · ·
—Voy a rellenar mi propia ficha —dije, cogiendo el bolígrafo azul, el de siempre, nunca negro, porque el negro es para las fichas cerradas y esta, por fin, estaba a punto de abrirse—. De verdad esta vez. No como aquella broma de hace diez años.
—¿Puedo ayudarte?
—No hace falta. Ya sé las preguntas. Las he hecho mil ochenta y siete veces.
Escribí mi nombre, en la parte de arriba, con la misma letra clara que uso siempre para las fichas oficiales. Alma Belmonte. Treinta y cuatro años .
Y entonces llegué a la pregunta de siempre, la única que de verdad importa, la que llevaba once años haciéndole a todo el mundo menos a mí misma.
¿Qué es lo último que te hizo gracia de verdad?
No dudé esta vez. No taché nada. Escribí, con el bolígrafo firme, la respuesta completa, sin ninguna de las tres rayas de tachar que había usado la última vez que lo intenté:
Un hombre entró en mi agencia hace tres meses para comprarme un archivo entero de corazones ajenos, y sin darse cuenta, se quedó con el mío.
Perdió una empresa de ochenta millones de euros por no traicionar lo que yo había construido con las manos, y ahora se sienta en el suelo de mi rebotica, conmigo, aprendiendo a hacer preguntas de verdad en vez de rellenar formularios.
Eso me hace gracia. Y también me hace llorar, un poco, de la buena manera. Las dos cosas a la vez, como casi todo lo importante en esta vida.
· · ·
Debajo de la respuesta, donde en todas las demás fichas del archivo aparece el nombre de la persona con la que había decidido emparejar a cada cliente, tras semanas o meses de observación cuidadosa, escribí el nombre que ya sabía, desde hacía tiempo, aunque me hubiera costado diez años y un sobre cerrado atreverme a escribirlo.
Bruno Salgado.
Y debajo, en la línea reservada para las notas privadas, las que solo yo sé leer, añadí una frase más, la última, la que cerraba de verdad el círculo que llevaba toda la vida abierto :
Regla número tres: rota. Con el permiso de mi abuela, y con el mío propio, por fin.
· · ·
Guardé la ficha, no en el cajón Bicarbonato , de donde la había sacado, sino en uno nuevo, que hasta entonces había estado vacío, con una etiqueta de porcelana descolorida que decía, simplemente, Miel .
Mi abuela siempre decía que la miel servía para casi todo: para la tos, para las heridas pequeñas, para endulzar lo que sabía demasiado amargo.
Me pareció el sitio correcto para guardar la primera ficha de la casa que empezaba, en vez de terminar, con un nombre ya decidido.
—¿Sabes qué es lo más raro de todo esto? —dijo Bruno, viéndome cerrar el cajón, con esa sonrisa suya que ya no tenía ninguna sombra de las marquesinas del 21.
—¿Qué?
—Que el título de este diario, si algún día decidieras escribirlo, tendría que cambiar de sentido a mitad de camino.
—¿Por qué?
—Porque empezó siendo la historia de una mujer que encontraba el amor para todos menos para ella misma. Y ahora mismo, sentado aquí, en el suelo de esta rebotica que huele a farmacia vieja y a promesas cumplidas, me parece que ya no es así .
Sonreí, con esa sensación en el pecho que había tardado treinta y cuatro años y mil ochenta y siete parejas ajenas en aprender a reconocer del todo.
—Todos menos yo —dije, en voz alta, probando cómo sonaba la frase que había definido toda mi vida profesional, ahora ya vacía de su antiguo significado—. Ya no.
—¿Y cómo sería el título correcto, entonces?
Me quedé pensando, mirando los ciento veinte cajones de aquella farmacia reconvertida, treinta y cuatro años de corazones humanos, tres generaciones de mujeres con el mismo don y el mismo miedo, y por fin, después de todo, el primer final feliz que me atrevía a escribirme a mí misma.
—Yo también —dije, al fin, con una certeza que no necesitaba ninguna ficha para sostenerse—. El título correcto sería: yo también.
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