Diario de una Matchmaker (Diario de una Matchmaker 1) Capítulo 26
81%

Capítulo 26

Cita cinco: sin ficha

La organizamos para un domingo, una semana después de que Brújula cerrara oficialmente sus puertas, en un lugar que ninguno de los dos había elegido por estrategia ni por romanticismo calculado: la azotea de mi propio edificio, encima de la agencia, donde subía Amparo a tender la ropa y donde yo, de pequeña, aprendí a distinguir las estrellas más brillantes de Madrid, que no son muchas, pero las suficientes para hacerse una idea de que el cielo sigue ahí, aunque la contaminación lumínica lo disimule casi siempre.

Llevé dos tazas de té, cada una con la cantidad exacta de azúcar que le correspondía a cada uno: la mía con nada, la suya con tres de sobre, como su madre, como todas las mañanas de su infancia antes del colegio.

—No hay ficha —dijo Bruno, sentándose en una manta vieja que había extendido sobre el suelo de la azotea, mirando alrededor con esa curiosidad suya que ya no clasificaba en ninguna categoría de peligro—.

Es la primera vez que vengo a una cita contigo sin que exista un papel en algún cajón esperando que la rellenemos.

—No hace falta ficha para esto.

—¿Para qué es esto, entonces ?

Me quedé mirando el cielo un momento, buscando las palabras exactas, las que llevaba días preparando sin atreverme a decirlas en voz alta.

—Para contarte todo lo que llevo guardando —dije, al fin—. Sin miedo a que anotes nada raro sobre mí. Sin miedo a que salgas corriendo.

Bruno me cogió la mano, con esa firmeza tranquila que ya era mía también, de alguna forma extraña, y no dijo nada.

Solo esperó, con la paciencia de quien ha aprendido, en las últimas semanas, que a veces el mejor regalo que se le puede hacer a alguien es simplemente el silencio de estar dispuesto a escuchar.

· · ·

Le conté todo. De un tirón, sin pausas estratégicas, sin cuidarme de suavizar las partes más duras.

Le conté lo de Adela, mi madre biológica, muerta al darme a luz en un hospital pequeño de las afueras de Madrid, hacía ya treinta y cuatro años.

Le conté lo de Amparo, que no era mi abuela de sangre pero había sido, en todos los sentidos que importan de verdad, la única abuela que necesité jamás.

Le conté lo de Teresa, mi tía, la que yo llevaba diez años llamando madre sin saber la verdad completa, que desapareció de mi vida a los catorce años porque no soportaba sostener una mentira de amor tan grande.

Le conté lo de la regla número doce, arrancada del manual, y lo que probablemente decía, según la explicación de Teresa: que a veces, para proteger a alguien que quieres, hay que guardar una verdad durante más tiempo del que debería guardarse, y que ese silencio siempre termina costando más caro de lo que se cree cuando se decide guardarlo.

Y le conté, por último, lo del sobre. El cajón doce. Diez años sin abrirlo. La promesa que le hice a mi abuela sin saber qué era exactamente lo que estaba prometiendo.

Bruno escuchó todo sin interrumpir, sin hacer preguntas innecesarias, sin intentar arreglar nada, exactamente como le había enseñado a hacer con sus propios clientes de citas semanas atrás, aunque él nunca hubiera tenido clientes de verdad, solo algoritmos y datos anonimizados hasta que entró en mi rebotica.

Cuando terminé, se quedó callado un buen rato, mirando las estrellas, con mi mano todavía entre las suyas.

—¿Por qué no lo has abierto todavía? —preguntó, al fin, sin ningún juicio en la voz, solo curiosidad genuina.

—Porque durante diez años he tenido miedo de que dentro hubiera algo triste. Algo sobre lo sola que iba a acabar, sobre lo difícil que iba a ser para mí encontrar a alguien, dado el don que tengo y lo que cuesta, según parece, usarlo bien con uno mismo.

—¿Y ahora?

Sonreí, mirando las pocas estrellas que se veían desde esa azotea, las mismas que había mirado de pequeña sin saber todavía nada de fichas ni de cajones ni de amores complicados .

—Ahora tengo miedo de otra cosa —dije—. De que dentro haya algo bueno. Algo que valga tanto la pena que me haga sentir que he perdido diez años enteros por miedo a algo que ni siquiera existía.

· · ·

—¿Puedo decirte una cosa? —preguntó Bruno, después de un silencio que esta vez sí duró más de cuarenta segundos, aunque ya no llevábamos la cuenta de esas cosas, ya no hacía falta ninguna regla para saber cuándo un silencio era del bueno.

—Dime.

—Da igual lo que ponga en ese sobre. —Se giró hacia mí, con esa mirada limpia que ya no escondía absolutamente nada—.

Sea lo que sea, buena o mala, triste o feliz, esa frase la escribió tu abuela hace diez años, con la información que tenía entonces.

Y tú, desde entonces, has vivido diez años más.

Has conocido a Reme, a Teodoro, a Hugo, a Gala, a mí.

Has aprendido cosas que tu abuela ni siquiera podía imaginar cuando escribió esa ficha.

Así que, sea lo que sea lo que ponga, ya no es la verdad completa de quién eres.

Es solo una fotografía vieja de un momento que ya pasó.

Me quedé mirándolo, sintiendo que algo se aflojaba por dentro, algo que llevaba diez años atado con demasiada fuerza.

—Entonces, ¿tú crees que debería abrirlo?

—Creo que deberías abrirlo cuando tú decidas que estás preparada, no porque yo, ni Cande, ni Vicente, ni siquiera tu abuela desde donde esté, te digan que ya es hora.

—Me apretó la mano un poco más fuerte—. Pero también creo que llevas toda la noche hablando de ese sobre con una energía distinta a la de las otras veces que te he oído mencionarlo.

Como si, sin darte cuenta, ya hubieras decidido algo.

Tenía razón. Otra vez.

Empezaba a ser una costumbre suya, y curiosamente, ya no me molestaba en absoluto.

· · ·

Nos quedamos en la azotea hasta que se hizo tarde de verdad, hablando de cosas mucho más ligeras: de la nueva vida de Bruno sin Brújula, de la posibilidad remota que había mencionado de reinventarse en algo completamente distinto, de las bromas malas de Vicente, de la boda que probablemente se estaba cociendo entre Cande y Jaime sin que Cande tuviera ni idea todavía.

Antes de bajar, ya de madrugada, Bruno me hizo una última pregunta, la misma de siempre, la que llevaba semanas convirtiéndose en nuestra forma particular de decirnos las cosas importantes.

—¿Qué es lo último que te ha hecho gracia de verdad?

Lo pensé un segundo, mirando el cielo oscuro de Madrid, con la certeza tranquila de quien por fin ha encontrado, después de mil ochenta y siete parejas ajenas, la respuesta correcta para sí misma .

—Que un hombre entrara en mi agencia hace dos meses para comprarme un archivo entero de corazones, y haya terminado perdiendo su empresa por quedarse con uno solo.

Bruno se rio, esa risa entera, sin cálculo, la misma que llevaba dos meses aprendiendo a distinguir de todas las demás.

—Ese es el mejor trato que he hecho en mi vida —dijo—. Y mira que he hecho unos cuantos.

· · ·