Diario de una Matchmaker (Diario de una Matchmaker 1) Capítulo 25
78%

Capítulo 25

Brújula se cae

Me enteré por las noticias, antes incluso de que Bruno me llamara, cosa que ya de por sí me dio mala espina, porque un hombre que lleva semanas contándome hasta el detalle más pequeño de su vida no deja que me entere de algo importante por un titular de prensa económica.

«Rotier retira su financiación de Brújula tras desacuerdos internos con la dirección.»

—Alma.

—¿Estás bien? Acabo de leer la noticia.

—He tenido días mejores.

—¿Puedo ir a verte?

Silencio, el largo, el de siempre, aunque esta vez con un matiz distinto, más parecido a la vergüenza que a la reflexión.

—Preferiría que no me vieras así.

—Bruno, llevo semanas viéndolo todo de usted. Su madre, su té, sus inversores, hasta el sitio exacto donde le tiembla la voz cuando algo le importa de verdad. No creo que esto sea distinto.

Otro silencio, más corto esta vez.

—Ven —dijo, al fin, con un hilo de voz—. Estoy en la oficina. Lo que queda de ella.

· · ·

Las oficinas de Brújula ocupaban dos plantas de un edificio moderno cerca de Nuevos Ministerios, todo cristal y madera clara, con esa estética minimalista que en teoría transmite confianza y que, ese día, con la mitad de las mesas ya vacías y cajas de cartón amontonadas junto al ascensor, transmitía exactamente lo contrario.

Encontré a Bruno en su despacho, sentado en el suelo, con la espalda apoyada en el cristal y un montón de papeles esparcidos a su alrededor, mucho menos elegante que el hombre que había entrado en mi rebotica hacía dos meses con un paraguas innecesario y una sonrisa calculada.

—Bonito despacho —dije, sentándome a su lado, en el suelo, igual que él, como llevaba haciendo toda la vida en mi propia agencia.

—Ya no es mío. Bueno, técnicamente sigue siendo mío hasta que termine de firmar los papeles de la liquidación, pero para efectos prácticos, ya no.

—¿Qué ha pasado exactamente ?

Bruno se pasó las manos por la cara, cansado, con esas ojeras que empezaban a ser su expresión habitual en las últimas semanas.

—Rotier retiró la financiación cuando les dije, oficialmente, en una reunión de consejo, que no pensaba forzar la compra del archivo Belmonte solo para complacer sus expectativas de crecimiento.

Se lo tomaron como una falta de compromiso con el negocio.

Y sin su dinero, no hay forma de mantener el ritmo de crecimiento que necesitábamos para la siguiente ronda.

—¿Y los otros inversores?

—Se han ido detrás de Rotier, como fichas de dominó.

Nadie quiere quedarse solo sujetando algo que el inversor principal ha soltado.

—Sonrió, con una amargura que no le pegaba nada, o que quizá le pegaba demasiado, ahora que lo pensaba, porque llevaba toda la vida escondiendo esa parte de sí mismo detrás de la seguridad aprendida—.

En dos semanas, Brújula deja de existir tal como la conocíamos.

Voy a tener que despedir a cuarenta y tres personas.

· · ·

Me quedé callada un momento, pensando en qué decir, con esa parte de mí que lleva once años sabiendo exactamente qué frase ofrecer en cada situación, y que por primera vez se sentía completamente inútil delante de algo tan grande.

—¿Te arrepientes? —pregunté, al fin, la única pregunta honesta que se me ocurrió .

Bruno se quedó pensando, de verdad pensando, con la misma seriedad que había usado en la primera cita con Nuria, cuando distinguía entre diversión y chispa.

—No —dijo, al fin, con una convicción que me sorprendió—.

Y eso es lo más raro de todo esto. Debería estar destrozado, y lo estoy, un poco, por las cuarenta y tres personas que van a perder su trabajo, eso sí me pesa de verdad.

Pero por la parte que me toca a mí, por haber dicho que no, no me arrepiento nada.

—¿Por qué no?

—Porque durante seis años construí Brújula pensando que estaba resolviendo el problema del amor con datos, con algoritmos, con todo lo que se me daba bien: escalar, optimizar, crecer.

Y entré en tu agencia hace dos meses pensando en comprarte exactamente eso, tu método, para meterlo también en una fórmula.

—Se giró hacia mí, con los ojos brillantes de una emoción que no era tristeza del todo—.

Y lo que he aprendido, en cambio, es que lo que tú haces no se puede escalar.

No se puede meter en un servidor. Funciona precisamente porque es lento, porque es humano, porque cada ficha es una persona entera y no un dato anonimizado.

Si hubiera cerrado ese trato, hubiera destruido exactamente lo que valía la pena de tu archivo.

· · ·

—¿Y ahora qué vas a hacer? —pregunté, con cuidado, porque sabía que esa pregunta pesaba mucho más de lo que sonaba .

—No lo sé. —Se rio, una risa cansada pero real—. Por primera vez en once años no tengo ningún plan de negocio en la cabeza. Es aterrador y, al mismo tiempo, la sensación más ligera que he tenido en mucho tiempo.

—¿Necesitas ayuda para reorganizar todo esto? La parte de comunicación, la de cerrar bien con los empleados, todo eso.

—¿Me estás ofreciendo tus servicios de casamentera para arreglar mi divorcio con mis propios inversores?

Me reí, de verdad, en mitad de todo ese desastre, porque solo Bruno era capaz de encontrar una broma exacta en el peor momento de su carrera profesional.

—Te estoy ofreciendo estar aquí —dije, cogiéndole la mano, entre los papeles esparcidos y las cajas de mudanza—. Sin ficha. Sin método. Solo estando, como me dijiste tú aquella vez en el soportal de Lavapiés.

Bruno me miró, con esa mirada que ya no clasificaba en ninguna categoría de mi cabeza, porque hacía tiempo que había dejado de ser un cliente, un cajón, una ficha pendiente de resolver.

Era, simplemente, la persona con la que quería estar sentada en el suelo de un despacho vacío, viendo cómo se caía un imperio de ochenta millones sin sentir ni una pizca del pánico que debería sentir alguien en su situación.

—¿Sabes qué es lo más gracioso de todo esto? —dijo, al fin, apoyando la cabeza en mi hombro.

—¿Qué ?

—Que perdí la apuesta contra ti hace semanas, en el Retiro. Pero acabo de ganar algo mucho más grande perdiendo la empresa entera.

· · ·