Capítulo 24
Lo que Jaime vino a decirme
Jaime cumplió su palabra una semana después, tal como había dicho en Chinchón. Vino solo, sin Cande, un martes por la tarde, con una expresión que ya reconocía de la boda: esa mezcla incómoda de determinación y culpa que llevaba días preguntándome a qué se debía.
—Gracias por recibirme —dijo, sentándose en la silla de escay verde, la misma silla que a esas alturas ya había acumulado más confesiones importantes que cualquier diván de psicólogo de Madrid.
—Cande me dijo que ibas a venir. No me dijo por qué.
—Porque no lo sabe. —Se removió, incómodo—. Esto es algo que necesito contarte a ti primero, antes que a ella, aunque suene raro decirlo así.
Me senté frente a él, sin ficha, sin bolígrafo, con la misma disposición de escucha que uso siempre, aunque esta vez el corazón me latía más rápido de lo habitual, presintiendo que fuera lo que fuera lo que venía, iba a remover algo que llevaba tres años dado por cerrado.
—Te escucho.
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—Cuando tú y yo estábamos juntos —empezó, con la voz ya temblando desde la primera frase—, en los últimos meses, antes de que termináramos, yo ya sentía algo por Cande.
Sentí que se me encogía el estómago, aunque intenté no mostrarlo, con esa misma disciplina profesional que uso para no reaccionar cuando un cliente me cuenta algo que le está costando mucho decir.
—Continúa.
—No pasó nada, Alma. Te lo juro. Nunca la toqué, nunca le dije nada, nunca hicimos nada que pudiera llamarse infidelidad en ningún sentido estricto de la palabra.
Pero empecé a notar que, cuando quedábamos los tres, yo buscaba sus chistes más que los tuyos.
Que me reía más fuerte con ella. Que cuando tú te ibas al baño y nos quedábamos un momento a solas, se me aceleraba algo por dentro que llevaba meses sin sentir contigo.
Me quedé callada, procesando, con esa parte de mi cabeza que lleva once años clasificando emociones ajenas y que, por una vez, no sabía muy bien cómo clasificar las propias.
—¿Por eso rompiste conmigo? —pregunté, al fin.
—No exactamente. Rompí contigo porque ya no sentía lo que se supone que hay que sentir por la persona con la que estás.
Eso era verdad, y sigue siendo verdad, y tú misma lo sabes porque nunca lloraste demasiado por esa ruptura, ni yo tampoco.
Pero he tardado tres años en admitir, incluso a mí mismo, que parte de esa desconexión venía de que ya había algo, aunque fuera pequeño, aunque fuera silencioso, creciendo hacia otro lado.
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—¿Por qué me lo cuentas ahora? —pregunté, cuando ya había tenido tiempo de asimilar lo básico, aunque todavía sintiera algo removido por dentro, no exactamente dolor, sino una especie de reordenamiento de recuerdos que hasta entonces habían tenido un significado distinto.
—Porque le voy a pedir matrimonio a Cande. —Se le iluminó la cara, a su pesar, en mitad de la confesión difícil—. Y no puedo empezar un matrimonio con ella cargando con un secreto que ni siquiera es mío del todo, que también es tuyo, porque te involucra a ti, aunque sea de forma indirecta.
—¿Y Cande lo sabe? ¿Sabe que esto empezó antes de que rompiéramos?
—No. Ella cree que todo empezó después, limpiamente, sin solapamientos.
Y en cierto modo es verdad, porque nunca pasó nada mientras estábamos juntos tú y yo.
Pero el sentimiento, la semilla, empezó antes, y me parecía importante que tú lo supieras antes de que yo se lo cuente a ella también, porque mereces saber la verdad completa antes que nadie más.
Me quedé pensando, un buen rato, en todas las reglas del manual que había aplicado toda mi vida a los demás y que ahora, por primera vez, tenía que aplicarme a mí misma en tiempo real .
Regla número dos: nadie miente en persona, todos mienten en la ficha. Jaime, ahí sentado, con la voz temblando, no estaba mintiendo. Estaba haciendo exactamente lo contrario: destapando una ficha que llevaba tres años cerrada, aunque le costara todo lo que le estaba costando.
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—Jaime, escúchame bien —dije, al fin, con una calma que me sorprendió a mí misma—.
Lo que sentiste hace tres años, antes de que rompiéramos, no cambia nada de lo que fuimos tú y yo.
Fuimos una pareja que se quiso de verdad durante un tiempo, y que dejó de encajar, como pasa con la mayoría de las parejas que no llegan a ser la definitiva.
Eso no lo estropea el hecho de que, al mismo tiempo, ya estuvieras empezando a sentir algo por la persona con la que vas a pasar el resto de tu vida.
—¿No estás enfadada?
—Un poco. No por lo que sentiste, sino por haberlo cargado tú solo durante tres años, sin decírmelo, con miedo a mi reacción, cuando podríamos haberlo hablado hace mucho tiempo y ahorrarnos este momento tan incómodo en mi rebotica.
Se rio, con un alivio evidente, secándose disimuladamente una lágrima que se le había escapado sin querer.
—¿Puedo pedirte un favor? —dijo, al fin.
—Depende.
—No se lo cuentes tú a Cande. Quiero contárselo yo, cuando le pida matrimonio, para que sepa toda la verdad antes de decir que sí, aunque me dé miedo que eso cambie su respuesta.
—No va a cambiar su respuesta, Jaime.
—¿Cómo lo sabes?
Sonreí, con esa certeza que llevo once años cultivando, la que me permite mirar a alguien treinta segundos y saber de quién se va a enamorar, aplicada esta vez a algo que ya sabía desde hacía mucho tiempo, sin necesidad de ninguna ficha.
—Porque Cande lleva tres años queriéndote sin condiciones, con un secreto propio a cuestas que también le costó la misma cantidad de tiempo soltar.
Dos personas que se quieren así, con toda la verdad puesta encima de la mesa después de tanto silencio, no se separan por una confesión honesta. Se acercan más.
· · ·
Cuando Jaime se fue, me quedé un rato sola en la rebotica, pensando en lo raro que resultaba haber pasado la tarde entera aconsejando a mi ex sobre cómo declararse a mi mejor amiga, sin que me doliera absolutamente nada, sin ni un rastro de los celos que hubiera esperado sentir en otra vida, en otra versión de mí misma.
Y pensé, con una claridad que empezaba a hacerse costumbre, que quizá esa era la prueba definitiva de que Bruno tenía razón: que había cosas que no se podían medir en una ficha, y que el amor de verdad, el que se queda, siempre se distinguía del que se va por una cosa muy simple .
El amor que se queda no da miedo contarlo entero.
Solo da miedo el silencio de guardarlo.
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