Diario de una Matchmaker (Diario de una Matchmaker 1) Capítulo 23
72%

Capítulo 23

Boda en Chinchón

Hugo Bendala se casó un sábado de julio, en la plaza mayor de Chinchón, con un hombre llamado Andrés al que conoció, precisamente, en aquella primera cita que le organicé meses atrás, la de las manos temblando como nunca le habían temblado ni en su primera boda.

Fue rápido, sí. Demasiado rápido para algunos estándares, aunque yo llevo once años aprendiendo que el tiempo que tarda el amor en decidirse no tiene nada que ver con el tiempo del calendario. Hugo me lo explicó así, unos días antes, cuando vino a invitarme personalmente:

—A los cuarenta y uno, Alma, ya no tengo tiempo que perder fingiendo que necesito esperar cinco años para saber lo que ya sé. Llevo doce años casado sin sentir esto ni una sola vez. Ahora que lo siento, no pienso desperdiciar ni un día más de calendario para demostrárselo a nadie.

No pude discutirle nada. Tenía toda la razón del mundo.

· · ·

Fui a la boda con Bruno, de la mano, en público, por primera vez desde el beso del Retiro. Y aunque suene a poca cosa, para mí no lo fue: significaba dejar de esconder algo que llevaba semanas intentando clasificar en categorías profesionales que ya no le quedaban bien a nadie.

—¿Nerviosa? —preguntó Bruno, mientras caminábamos hacia la plaza, con el sol de julio cayendo de lleno sobre los balcones de madera vieja.

—Un poco. Nunca había ido a una boda como acompañante de nadie. Siempre voy sola, en la última fila, contando baldosas cuando me da por llorar.

—¿Y hoy?

—Hoy voy a intentar sentarme en una fila normal, contigo, sin contar nada.

Sonrió, apretándome la mano, y por primera vez en mucho tiempo, entré a una boda sin la sensación de estar ahí solo para observar, solo para trabajar, solo para asegurarme de que la magia que había ayudado a construir seguía funcionando bien.

Esta vez, la magia era también un poco mía.

· · ·

Cande llegó con Jaime, oficialmente presentado a todo el mundo por primera vez, con esa mezcla de orgullo y nerviosismo que tienen las personas cuando por fin dejan de esconder algo importante.

Jaime era, para mi sorpresa, exactamente como lo recordaba y a la vez completamente distinto: el mismo pelo rizado, la misma sonrisa un poco torcida, pero con algo nuevo en la mirada, algo más tranquilo, más asentado, que no tenía cuando estuvimos juntos tres años atrás.

—Alma —dijo, acercándose con cierta cautela, como quien no sabe muy bien qué terreno está pisando.

—Jaime.

—Gracias por... —Se quedó buscando la palabra, incómodo—. Por no odiarme. Por no odiarnos.

—No hay nada que odiar. Cande te quiere, tú la quieres, y los dos parecéis muchísimo más felices de lo que nunca estuvimos tú y yo. Eso, en mi oficio, se llama un final feliz, aunque no sea el que nadie hubiera imaginado al principio de la historia.

Se rio, aliviado, y por primera vez desde que había llegado, se relajó de verdad.

—¿Sabes? —dijo, antes de que Cande lo arrastrara hacia la barra de bienvenida—. Tengo que hablar contigo de algo. En otro momento, no aquí. Algo que llevo tiempo queriendo decirte y no he encontrado el momento.

—¿De qué se trata?

—En otro momento —repitió, con una expresión que no supe leer del todo, entre la determinación y algo parecido a la culpa—. Hoy es día de celebrar. No quiero estropearlo con algo que puede esperar una semana más .

No insistí, aunque me quedó una espina clavada durante el resto de la tarde, esa sensación incómoda de saber que algo importante viene de camino y no poder adelantarlo.

· · ·

La ceremonia fue breve, sencilla, con Hugo llorando desde el minuto uno y Andrés sujetándole la mano con una firmeza que decía más que cualquier voto pronunciado en voz alta.

Marisol, la dentista de la carpeta de fotos impresas, estaba también entre los invitados, con una nueva pareja a su lado que no reconocí de ninguna ficha, alguien que había encontrado por su cuenta, fuera del método, fuera de la agencia, con esa naturalidad con la que a veces el amor decide aparecer sin que nadie lo haya organizado.

Me alegré tanto de verla feliz que casi lloré otra vez, y esta vez no conté ni una sola baldosa.

Reme y Teodoro llegaron juntos, él con unas gafas nuevas, oscuras, que llevaba desde la operación —que había salido bien, mejor de lo esperado, recuperando la mayor parte de la visión del ojo derecho— y ella agarrada de su brazo con una naturalidad de mucho tiempo, aunque solo llevaran unas semanas siendo, oficialmente, algo más que compañeros de baile.

—Alma —dijo Reme, acercándose durante el banquete, con una copa de cava en la mano—, ¿ves lo que le pasa a la gente que decide dejar de esperar el momento perfecto?

—Lo veo, Reme. Lo veo perfectamente .

—Pues aplíquese el cuento, hija. —Señaló con la barbilla hacia Bruno, que charlaba animadamente con Vicente al otro lado de la mesa—. Ese hombre lleva toda la tarde mirándola como Teodoro me mira a mí. Y a esa edad ya no queda tiempo para tonterías de reglas de manual.

· · ·

Cuando el sol empezaba a caer sobre los tejados de Chinchón, tiñendo la plaza de un naranja que me recordó, sin poder evitarlo, al color de la luz que entraba en la rebotica al atardecer, Bruno me llevó aparte, lejos de la música y de las mesas, hasta un rincón tranquilo cerca de la iglesia.

—Alma, tengo que decirte algo.

—¿Qué pasa?

—Mañana termina el plazo. Cuatro citas, cumplidas. Y aunque técnicamente la apuesta ya se ha resuelto contigo, en el Retiro, quiero hacer una quinta de todas formas.

—¿Por qué? Ya has ganado. Ya se ha demostrado lo que había que demostrar.

Bruno sonrió, con esa expresión suya que ya no escondía nada, ni sonrisas de vendedor ni cálculos de negocio.

—Porque quiero que la quinta cita sea distinta a todas las demás. Sin apuesta de por medio, sin archivo, sin nada que ganar o perder. Solo quiero una cita contigo donde ninguno de los dos tenga que fingir que se trata de otra cosa .

Sentí que se me llenaba el pecho de algo cálido, algo que llevaba mucho tiempo sin sentir con tanta claridad.

—¿Y si en esa cita te cuento todo lo demás? —pregunté, pensando en Teresa, en el sobre, en la regla doce, en todo lo que llevaba guardando desde hacía días sin encontrar el momento de soltarlo—. Lo de mi madre. Lo de Adela. Lo que sea que ponga en ese sobre que llevo diez años sin abrir.

Bruno me cogió las dos manos, con esa firmeza tranquila que ya empezaba a reconocer como suya, como algo mío también, de alguna forma extraña.

—Entonces esa va a ser la mejor quinta cita de la historia de esta agencia —dijo—. Porque va a ser la primera vez que alguien se presente a una cita sin ficha, sin máscara, y con toda la verdad puesta encima de la mesa desde el primer minuto.

· · ·