Capítulo 27
Reme y Teodoro bailan un pasodoble
El taller de baile organizaba, cada año, una pequeña exhibición de fin de curso en el salón de un centro cultural del barrio, con sillas plegables, refrescos de garrafa y un público formado casi exclusivamente por familiares orgullosos que aplaudían cada paso, perfecto o no, con la misma intensidad.
Reme me invitó personalmente, una semana antes, apareciendo por la agencia con su abrigo rojo de siempre y una expresión que no le había visto nunca, mezcla de nervios y de una alegría que apenas podía contener.
—Vas a venir, Alma. No es una sugerencia.
—Ahí estaré, Reme. No me lo perdería por nada del mundo.
—Trae al chico ese. A Bruno. Quiero que vea con sus propios ojos lo que su apuesta esa tan rara terminó consiguiendo, aunque fuera sin querer.
Prometí que iríamos los dos, y cumplí la promesa, aunque no imaginaba, ni de lejos, lo que me iba a encontrar esa noche.
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El centro cultural olía a suelo recién fregado y a nervios contenidos, esa mezcla tan particular de los eventos amateurs donde nadie es profesional pero todos se esfuerzan como si lo fueran.
Nos sentamos en la tercera fila, entre Cande y Jaime, que ya oficialmente prometidos desde hacía una semana, no dejaban de mirarse con esa expresión boba que tiene la gente recién comprometida y que a mí, esta vez, ya no me producía ningún tipo de incomodidad.
Vicente se sentó al otro lado, con su mejor traje, insistiendo en que había venido «solo a hacer control de calidad», aunque todos sabíamos que llevaba semanas esperando ver bailar a Reme desde que ella misma le había hablado de él con tanto cariño.
El programa avanzó con parejas de todas las edades: adolescentes torpes que se reían de sus propios fallos, matrimonios de mediana edad recuperando algo que el trabajo les había robado durante años, una pareja de setenta y pico que bailaba un vals con una precisión que dejaba claro que llevaban toda la vida practicando juntos.
Y entonces llegó el turno de Reme y Teodoro.
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Salieron al centro de la sala con esa elegancia que solo tienen las personas que ya no necesitan demostrar nada a nadie, ella con un vestido rojo que hacía juego con su abrigo de siempre, él con un traje oscuro y las gafas nuevas que ya no escondía, sino que llevaba con la misma naturalidad con la que llevaba el resto de su vida .
Sonó la música, un pasodoble clásico, de esos que suenan a plaza de pueblo y a fiestas de verano, y durante los primeros compases, Teodoro cerró los ojos.
No fue un gesto teatral. Fue, simplemente, la forma en que había aprendido a bailar de verdad, guiándose por el tacto, por la presión exacta de la mano de Reme en su espalda, por una confianza que ya no necesitaba de la vista para funcionar.
Bailaron como si llevaran toda la vida haciéndolo juntos. Cada giro, cada parada, cada avance sincronizado a la perfección, sin un solo tropiezo, sin la torpeza que cabría esperar de dos personas de setenta y tantos años que se habían conocido hacía menos de un año.
El público, que hasta entonces había aplaudido con la cortesía habitual, empezó a aplaudir de otra forma, más intensa, más genuina, dándose cuenta, como me estaba dando cuenta yo, de que estaban presenciando algo que iba mucho más allá de un simple ejercicio de fin de curso.
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Sentí que se me llenaban los ojos, sin ningún control esta vez, sin contar baldosas, sin ninguna de las estrategias que había usado durante once años para disimular la emoción en las bodas de mis clientes.
—Es precioso —susurró Cande, a mi lado, también con los ojos brillantes.
—Es lo más bonito que he visto en mi vida —dije, sin exagerar ni un poco .
Bruno me cogió la mano, apretándola con esa fuerza tranquila que ya conocía, y cuando lo miré, vi que también él tenía los ojos húmedos, algo que no le había visto nunca en los dos meses que llevábamos conociéndonos.
—¿Sabes qué estoy pensando? —dijo, muy bajito, sin apartar la vista de la pista.
—¿Qué?
—Que esto es exactamente lo que intentaba construir con Brújula, sin conseguirlo nunca. Dos personas que se guían la una a la otra sin necesidad de verlo todo perfecto. Que confían tanto en el otro que hasta pueden bailar con los ojos cerrados.
—Es lo que dice mi manual en la regla cinco —dije, sonriendo entre lágrimas—. Nunca los juntes por lo que les gusta. Júntalos por lo que les da vergüenza.
—Ahora lo entiendo del todo. No es una técnica de negocio. Es simplemente la verdad de cómo funciona esto.
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Cuando terminó el baile, con un giro final que dejó a Reme apoyada contra el pecho de Teodoro, la sala entera se puso en pie, aplaudiendo con una intensidad que no había visto en ningún otro número de la noche.
Reme buscó mi cara entre el público, y cuando me encontró, me guiñó un ojo, con esa complicidad que solo se construye después de meses de confidencias compartidas en la silla de escay verde .
Después de la exhibición, mientras la gente se dispersaba entre abrazos y felicitaciones, Teodoro se acercó a mí, con Reme cogida de su brazo, y me dijo algo que me quedé repitiendo en la cabeza durante días.
—Alma, ¿sabe qué es lo más raro de todo esto?
—Dígame.
—Que llevaba treinta y dos años conduciendo un autobús, llevando a cientos de personas de un sitio a otro, y nunca me sentí tan seguro de estar en el sitio correcto como me siento ahora, bailando a ciegas con esta mujer.
—A veces el sitio correcto no se ve —dije, con la voz todavía temblando de la emoción—. Se siente.
—Exacto. —Sonrió, esa sonrisa suya que ya no escondía nada—. Y usted, jovencita, ¿ya ha decidido dejar de mirar tanto y empezar a sentir de una vez?
Miré a Bruno, que charlaba animadamente con Vicente a pocos metros, riéndose de algo que probablemente tenía que ver con alguna anécdota antigua del oficio.
—Estoy en ello, Teodoro. Estoy en ello.
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