Diario de una Matchmaker (Diario de una Matchmaker 1) Capítulo 20
63%

Capítulo 20

Cande lleva tres años callándose algo

Pasó un jueves, casi sin querer, de la forma en que pasan las cosas importantes de verdad: no con un anuncio solemne, sino en mitad de un momento cualquiera, mientras las dos guardábamos fichas en el cajón Bicarbonato después de cerrar.

—Alma.

—Dime.

—Tengo que contarte una cosa. Y quiero que me dejes terminar antes de decir nada, porque si me interrumpes no voy a tener valor de terminarla.

Dejé la ficha que tenía en la mano. Me senté en el suelo, donde me siento siempre que sé que va a pasar algo que merece toda mi atención, y esperé.

—Es sobre Jaime —dijo, con la voz ya temblando desde la primera palabra.

Se me encogió algo por dentro, aunque no supe todavía por qué, porque Jaime llevaba tres años fuera de mi vida y de mi cabeza, o eso creía yo hasta ese momento.

—Cuando rompisteis —siguió Cande, sin mirarme, con los ojos fijos en un punto cualquiera del suelo—, hace tres años, él me llamó. A mí, no a ti. Para preguntarme cómo estabas, si podía llamarte, si merecía la pena intentarlo una vez más .

—Vale.

—Y yo le dije que no te llamara. Que estabas mejor sin él, que había sido la ruptura más sana que había visto en años, que los dos merecíais pasar página de verdad.

—Eso está bien, Cande. Hiciste bien.

—Déjame terminar. —Respiró hondo, como quien se prepara para saltar de un sitio alto—. Seguimos hablando. Él y yo. Al principio para hablar de ti, para que yo le contara cómo estabas sin decírtelo a ti, y poco a poco... poco a poco dejamos de hablar de ti.

El silencio que se hizo entonces era distinto a todos los que había vivido en esa rebotica. No era el de cuarenta segundos de la regla once. Era más largo, más denso, el silencio de algo que llevaba tres años esperando a ser dicho.

—Cande.

—Llevo tres años enamorada de Jaime, Alma.

De tu ex. Y llevo casi dos viéndolo a escondidas, sin decírtelo, porque no sabía cómo contarte que me había enamorado del hombre que te hizo daño, del hombre al que yo misma ayudé a alejar de tu vida, y que ahora es la persona con la que quiero pasar la mía.

· · ·

No dije nada durante un buen rato. No porque no supiera qué decir, sino porque necesitaba ordenar, dentro de mi cabeza, todo lo que acababa de escuchar, y no quería que me saliera nada a medio cocinar .

—¿Por eso llevas tres años rara? —pregunté, al fin—. ¿Por eso las excusas para salir, las llamadas que cortabas cuando yo entraba, lo de hace unos meses en la boda de Marta?

—Sí.

—¿Y por qué no me lo dijiste antes?

Cande levantó la vista, por fin, con los ojos llenos de lágrimas que llevaba conteniendo, calculé, probablemente los mismos tres años enteros.

—Porque tenía miedo de que me odiaras. Porque tú eres la persona más importante de mi vida, más que Jaime, más que cualquier cosa, y no quería perderte por algo que ni siquiera había buscado, que simplemente pasó, sin que yo lo decidiera del todo.

Me quedé mirándola, a mi mejor amiga desde los ocho años, la que compartía litera de campamento, la que me traía el café frío cada mañana sin que se lo pidiera, la que llevaba tres años cargando sola con un peso que ninguna de las dos merecía llevar así, en silencio, entre nosotras.

—Cande, escúchame bien. —Le cogí las manos, las dos, con fuerza—. Yo dejé a Jaime porque no lo quería. No porque me lo quitara alguien. No porque hubiera algo malo en él, sino porque no era lo mío, y hace tres años que lo sé con toda seguridad.

—Pero...

—Déjame terminar yo ahora. —Sonreí, a mi pesar, entre las lágrimas que ya se me habían escapado también a mí—.

Lo único que me duele de todo esto no es que estés con Jaime.

Es que hayas pasado tres años sola, cargando con un secreto, sin dejarme ayudarte a llevarlo, cuando llevo once años enseñándole a la gente que no hay ficha que se rellene sola, que todo el mundo necesita a alguien que le escuche de verdad.

—¿No estás enfadada?

—Estoy dolida. Un poco. Pero no por Jaime. Por el silencio. Por las noches que has debido de pasar sola, pensando que ibas a perderme por algo que ni siquiera elegiste del todo.

Cande se echó a llorar entonces, de verdad, con esos sollozos que llevan dentro tres años y necesitan salir todos de golpe, y yo la abracé, ahí, en el suelo de la rebotica, entre los ciento veinte cajones que llevaban treinta y cuatro años guardando secretos de todo Madrid menos los nuestros propios.

· · ·

—¿Lo quieres de verdad? —pregunté, cuando ya se le habían calmado un poco los sollozos.

—Sí. Muchísimo. Y me da terror decírtelo porque siento que estoy traicionándote solo con quererlo.

—Eso es una tontería, Cande. El corazón no pide permiso a nadie, ni siquiera a la mejor amiga.

—Es lo que tú siempre dices en las entrevistas.

—Porque es verdad. —Le limpié una lágrima de la mejilla, con el mismo gesto con el que ella me había limpiado a mí tantas veces cuando lloraba en las bodas de mis clientes—.

Regla número dos, Cande. Nadie miente en persona.

Todos mienten en la ficha. Y tú llevas tres años rellenando la ficha más bonita, la de la amiga fuerte que no necesita ayuda de nadie, mientras por dentro te ibas rompiendo un poco cada día.

—¿Y ahora qué hago?

—Ahora vas a llamarlo. Y vas a invitarlo a comer con nosotras, a la agencia, para que Vicente lo verifique como se merece, y para que yo pueda decidir por mí misma si el hombre que te ha hecho feliz durante dos años merece o no formar parte de nuestra familia rara.

Cande se rio, entre lágrimas, esa risa suya de bocina de barco que llevaba días sin oír.

—¿Familia rara?

—Muy rara. Con un perro salchicha filósofo, un investigador que se llama Amor, ciento veinte cajones con nombre de medicamento, y ahora, por lo visto, un ex mío convertido en el amor de tu vida.

Nos reímos las dos, ahí sentadas en el suelo, hasta que se nos pasó del todo el nudo en la garganta, y por primera vez en tres años, la campanilla de la puerta sonó sin que ninguna de las dos tuviera nada que esconderse la una a la otra.

· · ·