Diario de una Matchmaker (Diario de una Matchmaker 1) Capítulo 19
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Capítulo 19

Teodoro se está quedando ciego

Teodoro me llamó un martes por la tarde, dos semanas después de la clase de baile con los ojos cerrados, con una voz que reconocí enseguida como la de alguien que ha tomado una decisión y necesita decirla en voz alta antes de que el miedo se la lleve de vuelta.

—Alma, voy a operarme.

—Me alegro mucho, Teodoro. ¿Cuándo?

—El mes que viene. Dice el médico que hay buena probabilidad de recuperar la mayor parte de la visión, si sale bien. —Se quedó callado un momento—. Si sale bien.

—¿Y si no sale bien?

—Entonces me quedo como estoy ahora. No pierdo nada más de lo que ya tengo perdido. Solo pierdo la esperanza de recuperarlo, que es distinto a perder lo que ya no tengo.

Anoté eso, palabra por palabra, aunque no en ninguna ficha, porque me pareció una de las cosas más sabias que había oído en mucho tiempo, y algunas cosas se anotan solo para uno mismo, para releerlas en los días en que hace falta.

—¿Se lo ha contado ya a Reme ?

Silencio. El de siempre, el largo, el de la gente que sabe que tiene que hacer algo y todavía no ha reunido el valor.

—No.

—Teodoro.

—Tengo miedo, Alma. Si se lo cuento y sale mal la operación, va a tener que verme así para siempre, sabiendo que lo intentamos y no funcionó. Prefiero que, si sale mal, sea solo cosa mía.

—¿Y si sale bien y nunca se enteró de que lo intentó por ella?

Eso lo dejó callado más tiempo del que había estado callado en toda la llamada.

· · ·

Fui a verlo en persona esa misma semana, cosa que no hago casi nunca con los clientes fuera de la agencia, pero que en este caso me pareció necesaria.

Vivía en un piso pequeño de Vallecas, lleno de fotos de autobuses antiguos y de una mujer que reconocí, por las fechas y por el cariño con que estaban colocadas las fotos, como su esposa fallecida.

—Bonita colección —dije, señalando las fotos de los autobuses.

—Treinta y dos años conduciendo la misma línea. La 27, de Sol a Fuencarral. Me sé cada bache de esa ruta con los ojos cerrados. —Sonrió, con una ironía triste—. Menos mal, porque pronto va a ser lo único que sepa hacer con los ojos cerrados.

Me senté frente a él, en un sofá que olía a tabaco viejo, aunque no había ni un cenicero a la vista, como si el olor fuera lo único que quedaba de alguien que ya no fumaba ahí.

—Teodoro, ¿puedo decirle algo con toda sinceridad?

—Adelante.

—Lleva treinta y dos años llevando a cientos de personas de un sitio a otro, cuidando de que llegaran bien, sin que nadie se preguntara nunca si usted necesitaba que lo cuidaran a él.

Y ahora, con esto de la vista, sigue haciendo lo mismo.

Cuidando a Reme de la verdad, en vez de dejar que ella decida si quiere cuidar de usted.

Se quedó mirándome, con los ojos húmedos, el ojo derecho un poco más nublado que el izquierdo, algo que solo se notaba si se sabía qué buscar.

—Es que no sé hacerlo de otra forma —dijo, muy bajito—. Toda la vida he sido el que lleva el volante. No sé ser el que va de copiloto.

—Nadie sabe, Teodoro. Se aprende. Como se aprende a bailar con los ojos cerrados.

· · ·

Le costó una semana más decidirse, pero al final se lo contó, un domingo, después de la clase de baile, en el mismo escaparate de la panadería donde Reme ensayaba sus giros cuando creía que nadie la veía.

Me lo contó Reme, al día siguiente, sentada en la silla de escay verde, con la voz temblándole de una forma que no le había oído nunca en los ocho meses que llevaba viniendo por la agencia.

—Se lo he dicho que soy vieja, Alma, pero no soy tonta. Claro que ya lo sabía, o lo sospechaba, algo tan grande no se puede esconder del todo, ni siquiera un hombre tan cabezota como Teodoro.

—¿Y cómo se lo tomó usted?

—Le dije que llevaba cuarenta y tres años casada con un hombre que me quiso hasta el último día, y que sé mejor que nadie que el amor no consiste en tener todo perfecto, sino en decidir quedarse aunque las cosas no sean perfectas.

—Se le llenaron los ojos, sin llegar a derramarse ninguna lágrima, esa clase de emoción contenida que solo se consigue con muchos años de práctica—.

Le dije que si la operación sale bien, celebro con él.

Y que si sale mal, aprendo a bailar guiándolo yo a él, en vez de que me guíe él a mí.

Que para eso están las parejas de baile buenas, para intercambiarse el paso cuando hace falta.

Sentí que se me llenaban los ojos también a mí, ahí, en la rebotica, rodeada de cajones que llevaban treinta y cuatro años guardando historias como esta.

—Es usted la mejor persona que ha pasado por esta agencia, Reme .

—No diga tonterías. Solo soy una vieja que ha aprendido, a fuerza de perder cosas, que lo único que de verdad merece la pena es decidir quedarse con alguien mientras se pueda.

Se levantó, se ajustó el abrigo rojo, y antes de irse, se paró en la puerta, con esa costumbre suya de decir lo más importante ya con la mano en el pomo.

—Alma.

—¿Sí?

—El chico ese, el del té y las citas raras. ¿Sigue por aquí?

Sonreí, sin poder evitarlo.

—Sigue por aquí.

—Pues no cometa el error que estuve a punto de cometer yo con Teodoro. No espere a que sea demasiado tarde para decidir quedarse.

Se fue, dejando la campanilla sonando y una sensación en el pecho que ya no sabía si llamar miedo o valentía, porque a esas alturas empezaban a parecerse mucho la una a la otra.

· · ·