Diario de una Matchmaker (Diario de una Matchmaker 1) Capítulo 18
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Capítulo 18

El vídeo que no debía subirse

Cande llevaba meses grabando pequeños vídeos para las redes de la agencia.

Nada elaborado: la campanilla de la puerta sonando, un cajón abriéndose despacio, su propia voz de fondo diciendo cosas como «hoy en Belmonte» con ese tono suyo entre misterioso y divertido que le funcionaba de maravilla con los seguidores, que ya pasaban de los cuarenta mil, algo que a mí me sorprendía cada vez que lo recordaba, porque seguía sin entender del todo cómo unos cajones viejos podían generar tanto interés en gente que ni siquiera vivía en Madrid.

Ese jueves, mientras yo estaba arriba, en el piso, todavía con la cabeza puesta en la llamada de Teresa y en la fecha que se acercaba, Cande grabó, como hacía siempre, un vídeo corto de la rebotica al atardecer, con la luz entrando de lado por el escaparate, los cajones brillando con ese tono dorado que solo tienen las últimas horas del día.

Lo que no vio, porque estaba de espaldas, concentrada en el encuadre, fue que Bruno y yo estábamos también ahí, en el fondo, sentados en el suelo entre fichas desparramadas, en mitad de una conversación que yo creía privada, sobre su madre, sobre el té, sobre lo que sentía cada vez que alguien le contaba algo de verdad .

El micrófono lo captó todo. Cande, sin darse cuenta, subió el vídeo entero, sin editar, a las redes de la agencia, esa misma noche, con la mejor intención del mundo y el peor resultado posible.

· · ·

Me enteré a las ocho de la mañana siguiente, cuando bajé a abrir la agencia y me encontré a Cande sentada en el suelo de la entrada, con el teléfono en las manos y la cara blanca como el papel.

—Alma.

—¿Qué pasa?

—Tienes que ver esto.

Me enseñó la pantalla. El vídeo llevaba ya doscientas mil reproducciones, subiendo cada minuto, con comentarios que iban desde lo tierno hasta lo directamente invasivo: gente especulando sobre quién era «el hombre misterioso de la agencia», capturas de pantalla del momento exacto en que Bruno decía, con su voz clara, sin saber que estaba siendo grabado, la frase sobre su madre y el té.

Sentí que se me revolvía el estómago de una forma que no había sentido nunca en once años de trabajo.

—Cande, ¿cómo ha podido pasar esto?

—No lo vi. Te juro que no lo vi, estaba grabando el atardecer, no me di cuenta de que estabais ahí hasta que ya lo había subido y tenía cinco mil visitas .

—¿Y por qué no lo has quitado?

—Lo he quitado. Hace una hora. Pero ya lo habían descargado, reeditado, subido a tres cuentas distintas. En internet no se borra nada, Alma, ya lo sabes.

Me senté en el suelo, a su lado, con el corazón latiéndome tan rápido que me costaba pensar con claridad.

—¿Y Bruno lo ha visto?

—No lo sé. Probablemente sí, a estas alturas.

· · ·

Bruno llegó a la agencia una hora después, con una expresión que no le había visto nunca, tensa, contenida, muy distinta de la calma que solía llevar puesta como un traje.

—Tenemos que hablar —dijo, sin ni siquiera sentarse.

—Bruno, lo siento muchísimo, Cande no...

—No es por Cande. —Se pasó la mano por la cara, cansado, con unas ojeras que no tenía el día anterior—.

Es por Rotier. Han visto el vídeo. Y ahora tienen la excusa perfecta para decir que estoy comprometiendo la operación por motivos personales, que ya no soy objetivo, que la apuesta entera es una tapadera para algo que no tiene nada que ver con el negocio.

—¿Y tienen razón ?

Se quedó callado un momento, mirándome, con esa mirada que ya conocía, la que se le ponía justo antes de decir algo que le costaba decir.

—Sí —dijo, al fin—. Tienen toda la razón del mundo. Y lo peor es que ni siquiera me importa que la tengan.

El silencio que siguió no fue de los que se rompen fácil. Cande, con una discreción que le agradecí desde el fondo del alma, se levantó y se fue a la cocina, dejándonos solos entre los cajones.

—¿Qué van a hacer? —pregunté, al fin.

—Amenazan con retirar la financiación si no cierro la compra del archivo esta semana, con o sin apuesta, con o sin la quinta cita.

Dicen que un vídeo viral de mí hablando de mi madre muerta con la dueña de la empresa que quiero comprar es, literalmente palabras suyas, «un problema de relaciones públicas que hay que resolver ya».

—¿Y qué les ha dicho usted?

Bruno sonrió, una sonrisa cansada, pero con algo debajo que reconocí, algo parecido a la determinación de Reme cuando decidió que no le importaba lo que pensaran los demás sobre necesitar a alguien de nuevo.

—Les he dicho que se pueden ir todos a la mierda —dijo, con una tranquilidad que contrastaba con la dureza de la frase—.

Que la financiación me la busco yo solo, si hace falta, otra vez, como hice la primera vez con once millones y una maleta.

Que no pienso dejar que unos inversores decidan si esto —señaló el espacio entre los dos, la rebotica entera, los cajones, todo— vale la pena o no.

Sentí que se me llenaban los ojos, sin poder evitarlo, ahí en mitad de la crisis, en mitad del caos del vídeo y las visitas y los comentarios invasivos de gente que no nos conocía de nada.

—Va a perder mucho dinero —dije, en voz baja.

—Ya he perdido cosas más importantes por menos motivo. —Se acercó un paso, con cuidado, como quien no quiere asustar algo frágil—. Además, ya no estoy seguro de que el dinero sea lo que estoy intentando ganar aquí.

· · ·

Esa tarde, con la ayuda de Vicente, que resultó tener más contactos en el mundo de la comunicación de los que cualquiera hubiera imaginado en un hombre que se pasaba el día leyendo fichas antiguas, conseguimos que las principales cuentas bajaran el vídeo, alegando derechos de imagen y privacidad de menores de edad que aparecían de fondo, sin que nadie se hubiera dado cuenta hasta entonces de que dos niños jugaban en la acera de enfrente, visibles a través del escaparate.

No desapareció del todo. Nada desaparece del todo, como bien decía Cande. Pero el ruido bajó, la tormenta mediática se fue apagando en un par de días, sustituida por otra noticia cualquiera, como pasa siempre con las tormentas de internet.

Lo que no bajó, lo que se quedó ahí, instalado entre nosotros como un mueble nuevo que ya no se podía sacar de la habitación, fue la certeza de que Bruno acababa de elegir, en voz alta, delante de sus propios inversores, algo que no tenía absolutamente nada que ver con el archivo.

Me había elegido a mí.

O, al menos, había elegido la posibilidad de que existiera un nosotros, aunque todavía no supiéramos ninguno de los dos qué forma iba a tener eso.

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