Capítulo 17
Cita tres: la trampa
—¿Alma? Soy Teresa.
Como si hiciera falta que lo dijera. Como si diez años de silencio no me hubieran dejado grabada esa voz en algún sitio del cerebro que no se olvida, aunque una quiera.
—Ya sé quién eres —dije, con la lluvia todavía cayéndome por la cara, aunque ya no sabía distinguir cuánto era lluvia y cuánto era otra cosa.
—Tenía que llamarte. Ha pasado algo.
—Llevas diez años sin llamar. ¿Qué ha pasado ahora que es tan importante?
Silencio al otro lado. El mismo tipo de silencio que llevo apuntando en fichas toda mi vida, solo que esta vez no tenía bolígrafo ni ganas de anotar nada.
—No puedo contártelo por teléfono —dijo, al fin—. Necesito verte. Voy a estar en Madrid la semana que viene.
—¿Por qué ahora?
—Porque me he enterado de que Amparo murió hace dos años, y llevo dos años sin saber cómo decirte que lo siento, y me he dado cuenta de que si no lo hago ahora, no lo voy a hacer nunca .
Colgué sin despedirme. No porque quisiera ser cruel, sino porque no tenía ninguna frase preparada, ni siquiera una mala, para lo que acababa de escuchar.
Bruno seguía en el soportal cuando volví, empapado, con una expresión que no supe leer del todo entre la preocupación y la prudencia de no preguntar demasiado.
—¿Está bien? —preguntó.
—No lo sé —dije, con sinceridad—. Necesito ir a casa.
No insistió. Me acompañó en silencio hasta un taxi, y antes de que me subiera, me dijo solo una cosa, con una delicadeza que no encajaba con el hombre de los ochenta millones y el paraguas innecesario del primer día.
—Cuando quiera hablar de ello, ahí estoy. Sin preguntar. Solo estando.
No le contesté. Pero durante todo el trayecto a casa, pensé más en esa frase que en la llamada de mi madre.
· · ·
Pasaron cuatro días antes de que retomara el ritmo normal de la agencia.
Cuatro días en los que rellené fichas a medias, colgué el teléfono a media llamada de seguimiento sin darme cuenta, y en los que Cande, con una paciencia que no sabía que tenía, no me preguntó nada, se limitó a traerme el café frío cada mañana y a dejarme tranquila.
Vicente sí que preguntó, el jueves, con esa forma suya directa de decir las cosas .
—¿Ha llamado ella?
No hizo falta que dijera un nombre. Los dos sabíamos de quién hablábamos.
—Sí.
—¿Y qué quiere?
—Verme. Dice que se ha enterado de lo de la abuela y que lo siente.
Vicente se quedó callado un momento, con esa expresión suya de quien está sopesando si decir algo que lleva guardado hace tiempo.
—Jefa, cuando esté lista, voy a tener que contarle algo sobre esa ficha número uno. Algo que encontré hace poco y que todavía estoy verificando.
—¿Qué has encontrado?
—Todavía no. Cuando lo tenga confirmado.
Y ahí lo dejó, con esa mezcla suya de profesionalidad y cariño que llevaba dieciocho años protegiéndome sin que yo se lo pidiera.
· · ·
La tercera cita de Bruno la organicé casi por inercia, con la cabeza todavía en otra parte, con Nadia, treinta y cuatro años, directora de una pequeña editorial independiente, elegida semanas antes porque su ficha hablaba de libros con una pasión que me había parecido, en su momento, perfecta para alguien tan acostumbrado a medir el mundo en datos y algoritmos.
Lo que no sabía, lo que ni Vicente había verificado a tiempo porque la cita se organizó deprisa, en un momento en que yo no estaba prestando la atención que debería, era que Nadia no era exactamente quien decía ser.
Me lo contó Bruno, esa misma noche, con la voz tensa de alguien que ha descubierto algo que no le ha gustado nada.
—Alma, tenemos un problema.
—¿Qué pasa?
—Nadia trabaja para Rotier.
El nombre me sonó de algo, vagamente, de alguna conversación de negocios que nunca me había interesado del todo.
—¿Quién es Rotier?
—El fondo de inversión que financió la última ronda de Brújula.
Los que están presionando desde hace meses para que cierre la compra del archivo cueste lo que cueste.
—Bruno se pasó la mano por la cara, cansado, con una rabia contenida que no le había visto nunca—.
Nadia no vino por casualidad a esa cita. La mandaron ellos.
—¿Para qué?
—Para vigilarme. Para asegurarse de que la apuesta no se les escapaba de las manos, y para reportarles si veían que me estaba enamorando de verdad de alguien que no fuera útil para el negocio.
Si la cita hubiera funcionado con ella, tenían intención de presionarme para que la contratara en la empresa, para tenerme controlado desde dentro.
Sentí que se me revolvía algo por dentro, una mezcla de indignación y de haber sido, sin saberlo, usada como pieza de un juego mucho más grande de lo que yo había entendido.
—¿Lo sabía usted? —pregunté, con más dureza de la que pretendía.
—No, Alma. Se lo juro. Me acabo de enterar hace una hora, porque ella misma me lo ha contado, con la conciencia bastante sucia, la verdad. Dice que no podía seguir mintiendo después de lo bien que se lo pasó de verdad hablando de libros conmigo.
—¿Y ahora qué?
Bruno se quedó callado un momento, y cuando habló, lo hizo con una determinación que no le había oído en ninguna de las conversaciones anteriores.
—Ahora voy a llamar a Rotier y les voy a decir que se metan su presión y su ronda de inversión donde les quepa.
—Sonrió, con una sonrisa cansada pero firme—.
Esta apuesta ya no es sobre el archivo, Alma.
Hace tiempo que dejó de serlo. Y no voy a dejar que unos inversores con traje caro decidan cómo termina esto.
· · ·
Colgamos poco después, con la promesa de que la quinta y última cita, la de verdad, la que ya sabíamos los dos quién iba a ser aunque ninguno lo hubiera dicho en voz alta, se haría sin trampas, sin Rotier, sin nadie mirando desde fuera con intereses ajenos al corazón.
Me quedé sentada en la rebotica, con el manual abierto por la regla nueve — si dicen que son muy exigentes, traduce: les han hecho daño — pensando en lo fácil que es que alguien te utilice, y en lo difícil que es distinguir, en mitad de todo, quién viene con las manos limpias y quién viene con una agenda escondida.
Pensé en Teresa, que iba a llegar a Madrid la semana siguiente con motivos que todavía no entendía del todo.
Pensé en Vicente, con su ficha a medio verificar y su promesa de contarme algo cuando estuviera seguro.
Y pensé en Bruno, que acababa de arriesgar ochenta millones de euros y una ronda de inversión entera por una apuesta que, según sus propias palabras, hacía tiempo que había dejado de ser sobre el archivo.
Por primera vez en mucho tiempo, no supe quién estaba jugando a qué juego.
Solo supe que, pasara lo que pasara, ya no quería que terminara sin averiguarlo.
· · ·