Diario de una Matchmaker (Diario de una Matchmaker 1) Capítulo 16
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Capítulo 16

Una tormenta en Lavapiés

Fue idea de Cande, aunque nunca lo admitió del todo.

—Hay una feria de discos y libros usados en Lavapiés este sábado —dijo, dejando caer el folleto sobre mi mesa con un desinterés tan fingido que resultaba casi ofensivo—. Igual te viene bien despejarte antes de la tercera cita.

—¿Despejarme cómo?

—Saliendo. Viendo cosas que no sean fichas ni cajones ni sobres cerrados. —Se encogió de hombros, ya de camino a la puerta—. Ah, por cierto, se lo he comentado a Bruno. Le hacía ilusión. Le he dicho que quedabais los dos allí a las cinco.

—Cande.

—Ya me he ido.

Se fue de verdad, dejándome sin margen para protestar, cosa que hace siempre que sabe que tiene razón y que yo, si tuviera tiempo de pensarlo, encontraría mil excusas para no ir.

· · ·

El sábado amaneció con ese cielo raro de Madrid en mayo, ni claro ni cubierto del todo, como si el tiempo no hubiera terminado de decidirse tampoco él.

Fui de todas formas. Me dije a mí misma que era investigación de campo, seguimiento de la apuesta, cualquier excusa profesional que sonara mejor que la verdad, que era simplemente que llevaba toda la semana con ganas de verlo y no quería reconocerlo ni a Cande ni a mí misma.

Bruno ya estaba allí cuando llegué, hojeando una caja de vinilos viejos con una atención que no encajaba con la imagen que yo me había hecho de él el primer día, con su traje sin corbata y su paraguas innecesario.

—Ha venido —dijo, al verme, con una sonrisa que ya no clasificaba en ninguna categoría de peligro. Solo era su sonrisa, sin etiquetas.

—Cande me ha obligado.

—Cande no obliga a nadie a nada. Cande sugiere con tanta fuerza que parece una obligación, pero la decisión siempre es de la otra persona.

Tenía razón, y me molestó un poco que la tuviera.

Paseamos entre los puestos, sin rumbo fijo, comprando cosas que ninguno de los dos necesitaba: él, un libro de fotografía en blanco y negro sobre Vigo en los años setenta; yo, una postal antigua de Madrid que me recordó, sin quererlo, a las postales sin remite de mi madre, y que guardé rápido en el bolso antes de que Bruno pudiera preguntar por qué se me había cambiado la cara.

—¿Está bien? —preguntó, notándolo de todas formas, porque para entonces ya se le daba bien notar cosas de mí que yo intentaba esconder .

—Sí. Es solo una postal.

—¿De quién?

—De nadie. De Madrid antiguo.

No insistió, cosa que le agradecí en silencio, aunque también me di cuenta, con cierta sorpresa, de que en otro momento me hubiera gustado que insistiera un poco más.

· · ·

La tormenta cayó sin avisar, como caen siempre las peores tormentas de Madrid, de golpe, sin la cortesía de un cielo que se va oscureciendo poco a poco. Un trueno, y después el diluvio, la gente corriendo a guardar los puestos, los vendedores tapando cajas de libros con plásticos improvisados.

—¡Por aquí! —gritó Bruno, cogiéndome de la mano sin pensarlo, tirando de mí hacia el soportal de un edificio viejo, con la fachada descascarillada y un portal de madera que olía a humedad y a ciento cincuenta años de historias.

Nos quedamos ahí, apretados en el poco espacio seco que dejaba el soportal, viendo caer el agua como una cortina gris delante de nosotros, empapados ya de todas formas, con el pelo pegado a la cara y la ropa chorreando.

—Esto es exactamente lo que dice mi manual que nunca debe pasar en una primera cita —dije, riéndome, más de los nervios que de otra cosa.

—Técnicamente, esto no es una cita.

—Técnicamente, no .

—¿Y qué es, entonces?

Lo miré. Estaba tan cerca que podía ver las gotas de lluvia resbalándole por la mandíbula, el pelo oscuro pegado a la frente de una forma que le quitaba diez años de encima, todo el peso de la sonrisa de vendedor de las marquesinas, todo el peso de los ochenta millones y la app y las citas organizadas.

Solo quedaba Bruno. El de verdad, el del té con demasiado azúcar, el de la madre que murió cuando él tenía diecinueve años.

—No lo sé —dije, con sinceridad, la sinceridad rara que solo me sale cuando ya no me queda energía para fingir otra cosa—. Ya no sé muy bien qué es esto.

—Puedo decirle lo que es para mí.

—Dígamelo.

Se acercó un poco más, o quizá fui yo la que se acercó, ya no sabría decir con certeza quién dio el paso primero, en un soportal viejo de Lavapiés con la lluvia cayendo a dos palmos de nuestras caras.

—Para mí, esto es una cita más, aunque no esté en ninguna lista —dijo, muy bajito.

—Bruno.

—Ya lo sé. Regla número tres. La casamentera no se empareja a sí misma.

—No es solo eso .

—¿Qué más es?

Y ahí, con la lluvia cayendo, con el corazón latiéndome de una forma que no me latía desde hacía tanto tiempo que casi había olvidado la sensación, estuve a punto de decírselo todo. Lo del sobre. Lo de mi abuela. Lo de la regla doce. Lo de mi madre y las postales sin remite.

No me dio tiempo.

Bruno se inclinó, despacio, dándome todo el tiempo del mundo para apartarme si quería, y yo no me aparté, y por un segundo, uno solo, el más largo y el más corto de toda mi vida hasta entonces, pensé que iba a pasar.

Y entonces sonó mi teléfono.

Con el tono específico, el que solo tiene una persona en mi lista de contactos, el que llevaba dos años sin sonar y que reconocí, con el estómago hundiéndose de golpe, antes incluso de mirar la pantalla.

Mamá.

· · ·

Me aparté tan rápido que Bruno se quedó a medio inclinar, confuso, con la lluvia todavía cayendo a nuestro alrededor.

—¿Qué pasa?

—Nada. —Miré la pantalla, el nombre parpadeando, dos años de silencio rompiéndose justo en ese momento, justo en ese segundo exacto—. Tengo que contestar esto .

—Alma.

—Tengo que contestar.

Salí del soportal, bajo la lluvia, sin importarme ya mojarme más de lo que ya estaba, con el teléfono pegado a la oreja y la voz de mi madre, la que llevaba diez años sin oír en directo, diciendo mi nombre al otro lado con una normalidad que dolía más que cualquier disculpa.

—¿Alma? Soy Teresa.

Y el mundo entero, el soportal, Bruno, la lluvia, la casi cita que no había llegado a pasar, se quedaron atrás, muy atrás, en un segundo plano tan lejano que casi no existía.

· · ·