Diario de una Matchmaker (Diario de una Matchmaker 1) Capítulo 15
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Capítulo 15

Lo que dijo mi abuela el último martes

Mi abuela murió un jueves. Lo he dicho ya, creo, en algún momento de este diario, pero lo repito porque hay fechas que una necesita decir varias veces para creérselas del todo.

Murió un jueves, viendo un concurso de la tele, con las manos todavía calientes sobre el ganchillo que llevaba tres semanas sin avanzar ni una vuelta, porque la artrosis ya no la dejaba, aunque ella insistiera en sostener las agujas «por si acaso me da un arrebato».

Pero lo que quiero contar ahora no es el jueves. Es el martes de antes. El último martes entero que tuve con ella, sin saber que iba a ser el último, porque estas cosas nunca avisan con la cortesía que merecerían.

· · ·

Fue un martes de octubre, hace dos años, dos meses antes de que Reme entrara por primera vez por esa puerta con su abrigo rojo, aunque eso yo no podía saberlo todavía.

Mi abuela estaba sentada en la silla de escay verde, la misma en la que ahora se sientan Bruno y todos mis clientes, porque nunca quiso una silla mejor para sí misma que la que usaba para la gente que venía a confiarle su corazón .

—Alma —me dijo, sin levantar la vista del ganchillo—, siéntate un momento. Quiero hablarte de algo.

—¿De qué?

—De la agencia. De cuando yo ya no esté.

—Abuela, no digas eso.

—Voy a decir lo que me dé la gana decir, que para eso tengo setenta y cinco años y una casa entera de gente esperando en cajones a que alguien les encuentre pareja. —Sonrió, con esa media sonrisa suya que dejaba claro que no había manera de discutirle nada—. Siéntate.

Me senté. En el suelo, a sus pies, como cuando era pequeña y ella me contaba historias mientras tejía.

—Vas a heredar esto —dijo—. La casa, la agencia, los cajones. Todo.

—Ya lo sé.

—Y vas a ser mejor que yo en esto. Ya lo eres. Tienes el ojo, el que a mí me costó veinte años entrenar y a ti te salió solo, como si hubiera nacido contigo.

—Abuela.

—Déjame terminar. —Dejó el ganchillo en el regazo, cosa rara, porque nunca lo soltaba mientras hablaba de algo importante, como si necesitara las manos ocupadas para poder decir las cosas de frente—.

Vas a ser mejor que yo emparejando a los demás.

Pero quiero pedirte una cosa, y quiero que me la prometas de verdad, no de esas promesas que se hacen para que la abuela se calle.

—Te lo prometo.

—Todavía no sabes qué es.

—Da igual. Te lo prometo igual.

Se rio, una risa corta, la misma risa seca que se me escapa a mí cuando algo me hace gracia sin querer.

—Eres igual que yo —dijo, más para sí misma que para mí—. Y por eso mismo te lo tengo que pedir.

· · ·

—No hagas lo que hice yo —dijo, al fin, mirándome directamente, con esos ojos que a los setenta y cinco años seguían siendo del mismo azul de todas las fotos suyas de joven—. No pases treinta y cuatro años emparejando a todo el mundo menos a ti misma.

—Abuela, yo no...

—Alma. Llevas rellena esa ficha desde los veinticuatro años. La guardé en un sobre porque me lo pediste tú, porque querías un juego, una broma de sobremesa. Pero no ha sido una broma. Ha sido una excusa perfecta para no mirarte nunca de frente.

Me quedé callada. Porque tenía razón, y porque en ese momento no supe si me dolía más que tuviera razón o que llevara dos años sabiéndolo sin decírmelo .

—¿Qué pone en el sobre? —pregunté, la misma pregunta que llevaba haciéndole, en distintas versiones, desde hacía ocho años.

—Lo que tenga que poner cuando lo abras. No antes.

—¿Por qué no?

Mi abuela cogió otra vez el ganchillo. Lo sostuvo, sin tejer, solo sosteniéndolo, como quien necesita algo entre las manos para poder decir lo siguiente.

—Porque yo abrí el mío demasiado tarde —dijo, muy bajito—. Y cuando lo abrí, ya no había nada que hacer con lo que ponía.

· · ·

Ahí fue cuando le pregunté por la regla doce.

No sé por qué pregunté justo entonces. Quizá porque llevaba semanas notando que faltaba una página del manual, arrancada limpiamente, sin nada escrito debajo del número.

—Abuela, ¿qué pasó con la regla doce?

Se quedó completamente quieta. El ganchillo, las manos, hasta la respiración, un segundo entero de una quietud que no le había visto nunca.

—Eso no te lo puedo contar todavía —dijo, al fin.

—¿Por qué no ?

—Porque tiene que ver con el sobre. Y el sobre tiene que ver con alguien que ya no está en esta casa, aunque a veces mande postales para hacernos creer que sí.

El corazón me dio un vuelco que reconocí, dos años después, la noche que Vicente me enseñó la ficha con el nombre borrado por la humedad.

—¿Mi madre?

Mi abuela no contestó. Cogió el ganchillo de verdad esta vez, y empezó a tejer, rápido, con esa velocidad que usaba siempre para cerrar una conversación sin cerrarla del todo.

—Vete a dormir, Alma. Mañana tienes entrevista a las nueve.

—Abuela.

—Vete a dormir.

No insistí. Otra vez el mismo portazo educado, la misma colección heredada.

Dos días después, murió un jueves, viendo un concurso de la tele, sin haberme dicho nunca la respuesta.

· · ·

Han pasado dos años. Sigo sin abrir el sobre. Sigo sin saber qué pasó con la regla doce.

Pero esa noche, después de la cita de Chus, después de la pregunta de Bruno en mitad de la calle vacía, después de admitir en voz alta, aunque fuera con la voz pequeña, que veía algo distinto en él, bajé a la rebotica y me senté delante del cajón doce con una claridad nueva, distinta a todas las otras veces que me había sentado ahí a mirarlo sin abrirlo.

Entendí, por fin, algo que llevaba dos años sin entender del todo.

Mi abuela no me pidió que no repitiera su error porque temiera que yo acabara sola.

Me lo pidió porque sabía, mejor que nadie, lo que cuesta vivir treinta y cuatro años arreglándole el corazón a los demás mientras el propio se queda guardado en un cajón, esperando un momento perfecto para abrirse que nunca termina de llegar.

Y por primera vez pensé que quizá el momento perfecto no existía.

Que quizá solo existía el momento en que una, por fin, decide dejar de esperarlo.

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