Capítulo 14
Cita dos: la que hablaba de su ex
Se llamaba Chus. Treinta y nueve años, abogada de familia, con una ficha que decía cosas que a la mayoría de la gente le habría dado vergüenza escribir y que a mí me pareció, desde el primer momento, el retrato más honesto que había leído en meses.
Lo último que me hizo gracia de verdad: mi ex marido, en la mediación del divorcio, discutiendo conmigo por quién se quedaba la freidora de aire, con la misma intensidad con la que discutíamos antes por cosas importantes.
Me hizo tanta gracia que se me escapó la risa delante del juez.
Se enfadó más por eso que por el divorcio entero.
Chus hablaba de su ex constantemente, sin filtro, sin la vergüenza que la mayoría de la gente arrastra cuando lleva un divorcio reciente a cuestas.
No lo hacía con rencor. Lo hacía con la naturalidad de quien ha decidido, en algún momento, que fingir que esa parte de su vida no existió es más agotador que simplemente contarla.
La cité con Bruno en un sitio arriesgado, más arriesgado que los anteriores: una cena.
La primera cena de las cinco citas, y la única vez que rompí, a propósito, mi propia regla ocho —jamás en un restaurante caro la primera vez— aunque esta vez ni siquiera era la primera cita de nada, y elegí un sitio sencillo, de menú de la abuela, con manteles de cuadros y una tortilla de patata que llevaba haciéndose igual desde 1962 .
Lo elegí sencillo. Pero lo elegí cena. Porque quería ver qué pasaba cuando el tiempo se alargaba más de una hora, cuando ya no había una excusa de vinilos o de croquetas para llenar los silencios.
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Esta vez sí que esperé fuera, sola, sin Cande, que tenía «una cosa que hacer» que sonó demasiado parecida a una excusa como para no sospechar que tenía algo que ver con Jaime.
Los vi por el escaparate, entre las cortinas de cuadros del restaurante, durante casi dos horas.
Se reían. Mucho. Más de lo que habían reído con Nuria, más de lo que habían reído con Marcos. Bruno gesticulaba, contaba algo, y Chus se llevaba la mano al pecho en ese gesto que hace la gente cuando algo le hace gracia de verdad, no por cortesía.
Sentí algo raro en el estómago. No era la curiosidad profesional de las citas anteriores. Era otra cosa, más incómoda, más antigua, algo que llevaba once años sin permitirme sentir mirando a través de un escaparate ajeno.
Eran celos.
Los reconocí tarde, con la misma torpeza con la que reconoce un cliente su propio miedo cuando se lo digo yo, y me quedé ahí plantada, en la acera, sintiéndome ridícula, ridícula de una forma que no me había sentido desde los dieciséis años, cuando Fer, el de la guitarra, bailó una canción entera con otra chica en una fiesta y yo fingí que no me importaba durante tres días seguidos.
No me importaba entonces.
Me importaba ahora, y mucho, y eso era infinitamente peor.
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Salieron riendo todavía, casi a las once de la noche. Chus se despidió con dos besos largos, cálidos, y algo en la forma en que Bruno le sostuvo el brazo un segundo de más me hizo sentir que, esta vez sí, había pasado algo.
Se acercó a mí después, con esa expresión que no supe leer del todo, algo entre satisfecho y confuso.
—¿Qué tal? —pregunté, con la voz más firme de lo que me sentía por dentro.
—Ha sido la mejor cita de las tres.
Se me cayó algo por dentro, en algún sitio entre el estómago y el pecho, un peso que no supe nombrar hasta más tarde.
—Me alegro —dije, y creo que casi lo conseguí decir con normalidad.
—Hemos hablado de todo. De su divorcio, de mi madre, de la empresa, de sus hijos, que por cierto son maravillosos, los conocí un momento porque pasaron a recoger algo al restaurante.
—Bruno hablaba rápido, animado, con esa energía que yo ya reconocía como la de alguien que ha pasado un buen rato de verdad—. Nos hemos reído mucho. Muchísimo.
—¿Y hubo chispa?
Se quedó callado un momento. Y en ese silencio, en esos dos o tres segundos eternos, pensé, con una claridad dolorosa, que iba a decir que sí.
Que había encontrado a la persona. Que la apuesta se había resuelto en la segunda cita, y que yo iba a tener que sonreír y decir que me alegraba, y entregarle el archivo entero, treinta y cuatro años de corazones, con la misma sonrisa profesional que uso con todo el mundo.
—No —dijo, al fin.
El alivio que sentí fue tan grande, tan físico, que tuve que apoyarme un segundo en la pared del restaurante.
—¿No? —repetí, intentando que no se me notara nada de lo que acababa de pasarme por dentro.
—Chus es maravillosa. De verdad. Pero en algún momento de la cena me he dado cuenta de algo raro.
—¿De qué?
—De que la estaba escuchando hablar de su ex marido, con toda esa honestidad tan suya, y he pensado: «Ojalá algún día Alma me cuente algo así de honesto sobre ella misma.
» —Se pasó la mano por la cara, casi avergonzado de admitirlo—.
Estaba en una cita con una mujer estupenda, pensando en otra persona.
Eso no es tener chispa con Chus. Es tener un problema .
No supe qué decir. Otra vez.
Empezaba a pensar que iba a acabar el libro entero sin frase.
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Caminamos un rato en silencio hacia la agencia, la noche ya fresca, la calle del Pez casi vacía salvo por algún bar que aún resistía abierto.
—Alma.
—¿Sí?
—¿Puedo preguntarle algo directo?
—Depende de qué tan directo.
—Cuando me mira a mí, o a Nuria, o a Marcos, o a Chus, ¿ve lo mismo que ve en el resto de sus clientes? ¿O ve algo distinto?
Me paré en medio de la calle. Él se paró también, a un paso de mí, con las manos en los bolsillos y esa mirada que ya no era ni la de vendedor ni la de cliente, sino algo mucho más simple y mucho más peligroso: la de un hombre esperando una respuesta que le importaba de verdad.
—Bruno.
—Dígame la verdad. Se supone que en esta casa nadie miente en persona. Solo en la ficha.
Miré la calle vacía. Miré el escaparate iluminado de la agencia, dos puertas más allá, con los cajones de roble esperando dentro, en la oscuridad, con todos sus secretos y todas sus fichas y una en particular, sin rellenar, con mi nombre encima.
—Veo algo distinto —dije, al fin, con la voz más pequeña de lo que hubiera querido—. Y no sé qué hacer con ello.
Bruno no sonrió. No dijo nada ingenioso.
Se quedó mirándome, en silencio, un silencio de más de cuarenta segundos, el más largo de toda la novela hasta entonces, y en algún momento de ese silencio entendí que quedaban dos citas más, y que las dos íbamos a tener que hacerlas con esto ya sabido entre los dos, aunque ninguno lo dijera todavía en voz alta.
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