Capítulo 13
El chico de las croquetas
Se llamaba Marcos. Treinta y cinco años, cocinero en un restaurante pequeño de Chamberí, con una ficha que incluía, sin que nadie se lo pidiera, una lista completa de ocho tipos de croquetas que sabía hacer, con el motivo emocional detrás de cada una.
Croquetas de jamón: «las que hacía mi abuela, las de siempre».
Croquetas de boletus: «las que aprendí para impresionar a una ex que ya no está, pero las croquetas se quedaron y están mejor que ella».
Croquetas de rabo de toro: «las que hago cuando estoy triste y necesito que algo me lleve tres horas de trabajo para no pensar en nada más».
Cuando la leí por primera vez, hacía casi dos semanas, supe que quería conocerlo, aunque no fuera a servir para la apuesta. No por Bruno, exactamente. Por la honestidad brutal de escribir tu vida entera a través de un relleno de croquetas sin que a nadie se le hubiera ocurrido pedírtelo.
No era una de las cinco citas oficiales de la apuesta —esas ya estaban en marcha, con Nuria como la primera y el resto todavía tomando forma en mi cabeza—, sino algo que propuso el propio Bruno, por su cuenta, en cuanto vio la ficha de Marcos olvidada sobre mi mesa: «¿Y este?
Aunque no cuente para lo nuestro, me gustaría conocerlo igual.
» La cita fue en el mercado de San Antón, en un puesto pequeño donde se podía cocinar en directo, con la excusa oficial de un «taller culinario para clientes con interés gastronómico».
Esta vez, tampoco fui. Pero Cande, que ya se había autoproclamado «jefa de control de calidad» de forma oficial e irrevocable, insistió en quedarse cerca, «por si acaso», y yo, para qué negarlo, no puse mucha resistencia.
· · ·
Volvieron a salir riéndose, aunque esta vez de una forma distinta a la de Nuria. Con Nuria, Bruno se había reído con la cabeza echada hacia atrás, suelto, ligero. Con Marcos, se reía más bajo, más cómplice, con las manos manchadas de harina hasta los codos.
—Nos hemos hecho croquetas de tres tipos —dijo Bruno, sentándose otra vez en nuestra mesa de la cafetería de siempre, con una bolsa de papel llena de croquetas de sobra que dejó en el centro como quien deja un trofeo—.
Y me ha contado la historia de cada una.
Literalmente. Ha llorado con la de rabo de toro.
—¿Ha llorado él o ha llorado usted? —preguntó Cande, ya con la boca llena de una croqueta que había cogido sin pedir permiso.
—Él. Un poco. Contando que las hace desde que se separó de su pareja de toda la vida, un hombre con el que estuvo diez años, y que ahora las croquetas de rabo de toro son lo único que le queda de esas noches de domingo cocinando juntos .
Cogí una croqueta. Estaba, tenía que admitirlo, extraordinaria.
—¿Y con usted qué tal? —pregunté—. ¿Se ha reído, ha llorado, se ha pasado la tarde hablando de su ex sin darse cuenta?
—Me ha caído genial. —Bruno se limpió las manos con una servilleta, pensativo—.
Es de las personas más honestas que he conocido en mucho tiempo.
Me ha dicho, a la media hora, que yo le parecía «un hombre con mucho dinero y poca práctica en cosas que importan de verdad», y no se lo tomó como un insulto, se lo tomó como un diagnóstico.
—¿Y tenía razón?
—Probablemente. —Sonrió, sin la incomodidad que hubiera tenido dos semanas antes ante una frase así—.
Me ha enseñado a hacer la bechamel a mano, sin batidora, porque dice que el brazo se acuerda de cosas que la máquina no.
Y tenía razón en eso también. Se me ha quedado el brazo destrozado y he pensado en usted todo el rato.
—¿En mí? —pregunté, sorprendida, quizá demasiado deprisa—. ¿Y eso por qué?
—Porque usted dice más o menos lo mismo de las fichas. Que hay cosas que se aprenden solo si se hacen a mano, despacio, sin atajos. La bechamel, el amor, todo lo importante, según parece, necesita brazo.
Me quedé callada un momento, con la croqueta a medio camino de la boca .
—Otra vez sin chispa, entonces —dije, al fin, más para reconducir la conversación que porque hiciera falta preguntarlo.
—Otra vez sin chispa. Pero con algo que quizá sea más raro de encontrar.
—¿El qué?
—Un amigo. De verdad. De los que no se hacen todos los días. Le he pedido el teléfono al final, no para esto, sino para volver a comer croquetas los domingos.
Sonreí, de verdad, sin cálculo, orgullosa de una forma rara, casi maternal, aunque solo le llevara tres años.
—Eso también cuenta como éxito —dije—. Aunque no sea el que estaba buscando su empresa.
· · ·
Esa noche, mientras cerraba la agencia, Reme entró con prisa, todavía con la ropa de baile puesta, las mejillas encendidas de una forma que no tenía nada que ver con el esfuerzo físico.
—¡Alma! —Casi tiró la puerta al entrar—. ¡Ha funcionado!
—¿El qué ha funcionado?
—La clase esa rara que organizaste. La de bailar con los ojos cerrados.
Se me aceleró el pulso, con esperanza esta vez, no con miedo.
—Cuénteme .
—Teodoro vino hoy. Después de dos semanas sin aparecer. Y el profesor nos puso a bailar así, guiándonos por el tacto, con los ojos cerrados de verdad, y al principio yo pensaba que era una tontería de esas modernas para hacer team building, pero entonces...
—¿Entonces?
Reme se sentó, sin que se lo pidiera, en la silla de escay verde, con los ojos brillantes de una forma que once años de este trabajo me habían enseñado a reconocer al instante.
—Entonces bailamos mejor que nunca. Sin mirar el suelo, sin preocuparnos de los pasos.
Solo sintiendo. Y al final, cuando terminó la música, él no abrió los ojos enseguida.
Se quedó así, un segundo más de la cuenta, con mi mano en la suya, y me dijo, muy bajito, para que no lo oyera nadie más: «Llevo un mes evitándola porque me estoy quedando ciego del ojo derecho y me daba vergüenza que se me notara.
Pero hoy, con los ojos cerrados, me he dado cuenta de que llevo un mes evitando lo único que de verdad quiero ver bien. »
Sentí que se me llenaban los ojos, ahí mismo, en mitad de la rebotica, delante de una mujer de setenta y un años que me estaba regalando, sin saberlo, la razón exacta por la que llevo once años en este oficio.
—¿Y usted qué le dijo?
—Le dije que no necesitaba ver bien para saber que llevaba tres semanas siendo el mejor bailarín que había tenido en cuarenta y tres años de matrimonio y ocho meses de viudedad .
—Reme.
—¿Qué?
—Es usted mejor casamentera que yo.
Se rio, esa risa suya que sonaba a campanillas viejas, y se levantó, y antes de irse se paró en la puerta, con la mano en el pomo de bronce.
—Alma.
—¿Sí?
—El chico ese que anda por aquí. El que huele a colonia cara y mira los cajones como si tuvieran magia dentro.
Me puse colorada sin poder evitarlo.
—¿Qué pasa con él?
—Que baila bien. Se lo digo por si le sirve de algo. Lo he visto una vez, esperándola en la puerta, moviendo el pie al ritmo de la radio de la panadería sin darse cuenta.
Se fue, dejándome con la campanilla sonando y una sensación en el pecho que ya empezaba a resultarme, más que familiar, casi cómoda.
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