Capítulo 12
Vicente sabe cosas
Vicente Amor llevaba cuarenta y un años dedicándose a averiguar cosas que la gente prefería que nadie averiguara.
Primero como investigador privado, con despacho propio en la calle Hortaleza y una placa dorada que todavía guardaba en un cajón de su casa, «por si algún día me da la nostalgia».
Luego, desde hacía dieciocho años, como verificador de Belmonte, comprobando que los clientes fueran quienes decían ser, que los divorcios estuvieran de verdad firmados, que los «viudos» no tuvieran, en realidad, una mujer esperándolos en Alicante.
Nunca se había equivocado.
Bueno. Una vez. Pero de eso hablaremos más adelante, porque todavía no toca, y Vicente, si le preguntas, cambia de tema con la misma habilidad con la que Cande esconde un secreto de tres años.
Ese miércoles, dos días después de la cita de Nuria, Vicente me pidió diez minutos «a solas, sin Cande delante», cosa que ya de por sí me puso alerta, porque Vicente nunca pide nada a solas si no es importante.
—Jefa, tengo que decirle dos cosas.
—Dime la primera.
—La primera es sobre Cande .
Se me encogió el estómago.
—¿Qué pasa con Cande?
—No voy a decirle qué es. —Levantó la mano, previendo mi protesta—.
He investigado a fondo a todos los clientes de esta casa durante dieciocho años, y jamás, óigame bien, jamás he investigado a Cande, porque no es mi trabajo y porque la quiero como si fuera mi propia sobrina.
Pero soy viejo, Alma, y he visto pasar suficiente gente triste por esa puerta para reconocer la cara que pone alguien que lleva un peso que no puede soltar.
—¿Y qué quieres que haga?
—Nada que no sepa ya hacer usted sola. Solo quería decirle que no está loca. Que lo que ve en ella es real, y que cuando esté lista para contárselo, va a necesitar que usted no se ponga a hacer preguntas de investigadora, sino de amiga.
—Yo hago preguntas de amiga.
Vicente me miró por encima de las gafas, con esa mirada suya que ha visto mentir a mil personas y sabe distinguir la mentira pequeña de la que se cuenta uno a sí mismo.
—A veces —dijo, con cariño—, hace las dos cosas al mismo tiempo. Y en once años, no siempre ha sabido cuál tocaba en cada momento.
No supe qué contestar. Otra vez.
Empezaba a ser una costumbre preocupante.
· · ·
—¿Y la segunda cosa? —pregunté, cuando ya me había tragado la primera lo suficiente como para poder hablar sin que me temblara la voz.
Vicente sacó una carpeta fina, mucho más fina que la de Bruno, con apenas tres o cuatro hojas dentro. La dejó sobre la mesa con un cuidado casi ceremonial, como quien maneja algo antiguo.
—Esto no me lo ha pedido nadie —dijo—. Lo he hecho por mi cuenta, porque llevo dos años dándole vueltas desde que murió su abuela, y porque usted lleva la misma cara de la ficha en blanco desde hace demasiado tiempo.
—Vicente.
—Escúcheme primero.
Abrió la carpeta. Dentro había una fotocopia amarillenta, de un periódico local ya descolorido por el tiempo, la sección de anuncios clasificados, donde apenas se distinguía un recuadro pequeño, casi invisible entre docenas de anuncios de pisos en alquiler y muebles de segunda mano.
«Se buscan corazones solos. Consulta gratuita la primera vez. Farmacia Belmonte, C/ del Pez.»
—Es el primer anuncio de la agencia —dije—. Ya lo había visto. Está en el álbum de mi abuela.
—Mire la fecha.
Miré. Marzo, hacía ya treinta y cuatro años, justo el mismo año en que yo nací .
—La agencia se fundó oficialmente ese mismo septiembre —dijo Vicente—. Está en el registro mercantil, lo comprobé hace años sin darle importancia. Pero este anuncio es de seis meses antes.
—¿Y eso qué significa?
—Que su abuela empezó a hacer esto seis meses antes de convertirlo en negocio.
Y que en esos seis meses, si mi olfato de cuarenta y un años en esto no me falla del todo, pasó algo que la hizo decidir hacerlo oficial.
Algo que la empujó, de golpe, a dejar de despachar jarabes y empezar a despachar corazones.
Pasó a la segunda hoja. Era una ficha, muy vieja, con la letra de mi abuela mucho más joven, menos apretada, casi bonita.
Ficha número 1. Nombre ilegible por humedad. Edad: 24. Profesión: no consta.
Y debajo, en el hueco de la pregunta de siempre, la respuesta:
Lo último que le hizo gracia de verdad: no contesta. Llora.
—Regla número cuatro —susurré, sin darme cuenta—. Si llora en la entrevista, es de los buenos.
—Exacto. —Vicente pasó a la tercera hoja, la última—. Y esta ficha, jefa, no está en ningún cajón del archivo actual. La encontré en una caja del trastero, cuando ayudé a su abuela a mudar cosas hace seis años. La guardé porque me pareció importante y no supe nunca muy bien por qué .
—¿Por qué me lo enseñas ahora?
Vicente cerró la carpeta, despacio, y me miró con una seriedad que no le había visto nunca, ni siquiera el día que me contó lo del sobrino imaginario de la señora de Getafe.
—Porque el nombre de esta ficha, el que la humedad no ha borrado del todo, si se mira con luz de lado, empieza por A. Nada más. La mancha se come el resto.
—¿A de qué?
—No lo sé, Alma. Podría ser cualquier cosa.
Ana, Alicia, Amparo incluso, aunque no tendría sentido que su abuela se hiciera una ficha a sí misma tan joven.
—Se quitó las gafas, cansado de repente, mucho más viejo de lo que parecía hacía diez minutos—.
No reconozco el nombre. Y en dieciocho años, jefa, esta es la primera vez que le digo eso sobre un papel de esta casa.
No dije nada.
No conocía a ninguna A que pudiera importarme tanto como para quitarme el sueño.
Y sin embargo, algo en esa ficha —la edad, veinticuatro años, la misma que tenía yo cuando rellené la mía; el llanto en vez de respuesta; el hecho de que hubiera desaparecido del archivo, escondida, como si alguien no hubiera querido que nadie la encontrara nunca— se me quedó clavado en un sitio del pecho que no supe nombrar hasta mucho después.
· · ·
Esa noche no bajé a la rebotica .
Me quedé en el piso de arriba, con Tinto dormido sobre mis pies, mirando el techo, dándole vueltas a una ficha de hacía treinta y cuatro años que no reconocía, que nadie en la casa parecía reconocer, y que sin embargo llevaba guardada en secreto todo ese tiempo, fuera del archivo oficial, como si mi abuela hubiera querido protegerla de algo o de alguien.
Regla número doce.
La que mi abuela arrancó del manual antes de morir.
Empezaba a sospechar, con una certeza incómoda que se me instaló en el pecho y no se movió en toda la noche, que la regla doce y esa ficha número uno con la inicial a medio borrar eran, de alguna forma que todavía no entendía, la misma historia.
Y que mi abuela había pasado treinta y cuatro años enseñándome a encontrarle el amor a todo el mundo, precisamente, para no tener que contarme lo que le había pasado a alguien, mucho antes de que yo naciera, la primera vez que ella lo intentó.
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