Diario de una Matchmaker (Diario de una Matchmaker 1) Capítulo 11
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Capítulo 11

Cita uno: la ingeniera de sonido

Se llamaba Nuria. Treinta y dos años, ingeniera de sonido en una productora de pódcasts, con una ficha que decía, entre otras cosas, que odiaba «a la gente que finge que le gusta la música que no entiende, en vez de admitir que no la entiende y preguntar».

La cité con Bruno un martes por la tarde, en un mercado de vinilos de segunda mano en Malasaña, con la excusa oficial de que Belmonte organizaba «encuentros culturales para clientes con intereses afines».

La excusa real era otra: quería ver qué hacía Bruno cuando se encontraba delante de algo que no dominaba del todo.

No fui con ellos. Regla no escrita, pero sagrada: la casamentera nunca acompaña a la cita. Se queda fuera, esperando el informe, como quien espera los resultados de un examen que ha preparado pero no puede hacer por otro.

Esperé en la cafetería de enfrente, con Cande, que se había invitado sola con la excusa de «hacer control de calidad», y que en realidad solo quería ver la cara que se me ponía cada cuarenta minutos.

—¿Nervios? —preguntó, removiendo su café con una cucharilla que hacía un ruido insoportable contra la taza.

—No .

—Te estás comiendo la uña del pulgar.

Me miré la mano. Era verdad. Dejé de hacerlo, cosa que duró unos cuatro minutos antes de volver a la misma uña sin darme cuenta.

—Es normal tener curiosidad profesional por cómo va la primera cita de tu propia apuesta —dije, más para mí que para ella.

—Ya. Curiosidad profesional. —Cande sonrió con esa sonrisa suya que sabe exactamente cuánto duele—. Como cuando yo tengo «curiosidad profesional» por si Jaime ha cambiado de foto de perfil.

No le contesté. Miré el reloj. Llevaban cuarenta y tres minutos ahí dentro.

· · ·

Salieron una hora y veinte minutos después, riéndose de algo que no llegué a oír.

Nuria llevaba un vinilo bajo el brazo, envuelto en papel de estraza, y Bruno tenía esa expresión suya que yo ya empezaba a distinguir de las demás: la de alguien que se ha divertido de verdad, no la de alguien que ha fingido divertirse por educación.

Se despidieron con dos besos, cordiales, sin nada más. Nuria se fue calle abajo. Bruno se quedó un momento mirando el escaparate de la tienda de vinilos, antes de girarse y venir directo hacia la cafetería donde llevábamos escondidas, mal escondidas, la última hora y veinte .

—Sé que estáis ahí —dijo, sentándose sin que se lo pidiéramos, con la misma soltura de siempre—. Se ve perfectamente el reflejo del cristal desde la puerta de la tienda.

Cande se puso colorada. Yo intenté no hacerlo y creo que no lo conseguí del todo.

—¿Qué tal? —pregunté, con el tono más profesional que pude reunir.

—Bien. Muy bien, la verdad. —Cogió mi café, sin preguntar, le dio un trago, e hizo una mueca al notarlo frío—. Sigue sin gustarme así.

—No es para que le guste. Es para que aprenda.

—¿Aprenda qué?

—Que no todo tiene que estar caliente para valer la pena.

Bruno se rio, esa risa entera que ya no me sorprendía tanto, aunque siguiera sin saber muy bien qué hacer con la sensación que me dejaba cada vez.

—Nuria es genial —dijo, cambiando de tema, o quizá no cambiándolo del todo—. Me ha enseñado a distinguir un vinilo original de una reedición por el peso. Literalmente por el peso, cogiéndolo con las dos manos. Nunca en mi vida había pensado que eso fuera algo que se pudiera aprender a sentir.

—¿Y? —preguntó Cande, inclinándose hacia delante con esa curiosidad suya que no disimula nunca.

—¿Y qué ?

—¿Hubo chispa?

Bruno se quedó pensando, de verdad pensando, no fingiendo que pensaba para dar una respuesta bonita.

—Hubo diversión —dijo, al fin—. Mucha. Me he reído más en esta hora que en los últimos tres meses enteros. Pero no, no hubo la otra cosa. La que se supone que tengo que buscar.

—¿Cómo lo sabe? —pregunté, con curiosidad genuina, la misma que uso siempre que quiero entender el mecanismo exacto de por qué algo no funciona—. ¿Cómo distingue la diversión de la chispa?

Bruno me miró un segundo, directo, sin la sonrisa de por medio.

—Porque cuando se ha ido, no he pensado en ella —dijo—. He pensado en contárselo a usted.

El silencio que se hizo entonces duró más de cuarenta segundos. Regla once, aunque esta vez no tenía nada que ver con ningún cliente.

Cande, para su mérito eterno, no dijo absolutamente nada. Se limitó a levantar la taza de café hasta la boca y desaparecer detrás de ella durante un tiempo sospechosamente largo.

· · ·

—¿Puedo hacerle una pregunta? —dijo Bruno, ya en la calle, mientras Cande se adelantaba con la excusa poco convincente de «tener que llamar a un proveedor» .

—Depende.

—¿Cómo sabía que Nuria y yo no íbamos a funcionar? Porque no me diga que no lo sabía. Se le nota en la cara cuando ya lo sabe todo antes de que pase.

Sonreí, un poco a mi pesar.

—Porque en su ficha, Nuria dijo que odia a la gente que finge que entiende algo que no entiende.

Y usted, en cambio, dijo hace dos semanas, delante de mí, que llevaba seis años construyendo una app sin saber si él mismo sería capaz de enamorarse fuera de un algoritmo.

Eso no es fingir que entiende. Eso es admitir que no entiende.

Es justo lo contrario de lo que a Nuria le molesta.

—Entonces era compatible con ella desde el principio.

—Compatible para pasar una tarde estupenda hablando de vinilos. No para lo otro. La compatibilidad de una tarde y la compatibilidad de una vida no se parecen tanto como cree la gente.

Bruno se quedó callado, mirándome con una atención que empezaba a resultarme, más que incómoda, peligrosamente agradable.

—Cuatro citas más —dijo, al fin.

—Cuatro citas más.

—¿Ya sabe con quién va la segunda?

Asentí. Ya lo sabía. Llevaba la ficha en la carpeta desde hacía tres días .

Lo que no le dije, porque no era el momento, ni el lugar, ni siquiera algo que yo misma me hubiera atrevido a decir en voz alta todavía, era que también sabía con quién iría la quinta.

Y que cada día que pasaba, me daba más miedo esa cita que las otras cuatro juntas.

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