Capítulo 10
Lo que no se pone en la ficha
No dormí esa noche. No de la forma dramática de las novelas, dando vueltas en la cama con el pelo revuelto.
Dormí mal de la forma normal, la de verdad: cuarenta minutos, ojos abiertos al techo, cuarenta minutos más, y así hasta que amaneció y decidí que ya no merecía la pena fingir que lo intentaba.
Bajé a la rebotica a las seis de la mañana, cuando todavía no había amanecido del todo y la calle del Pez tenía ese silencio raro que solo tiene antes de que abran las persianas.
Me senté delante del cajón doce.
No lo abrí. Todavía no. Pero por primera vez en diez años, saqué una ficha en blanco del cajón de arriba — Bicarbonato , el de las fichas nuevas sin rellenar— y la puse encima de la mesa, delante de mí, con el bolígrafo azul al lado.
Nombre: Alma Belmonte.
Edad: 34.
Y ahí me quedé atascada, como se quedan todos mis clientes cuando llegan a la pregunta de verdad.
¿Qué es lo último que le hizo gracia de verdad?
Pensé en Bruno con el paraguas que no hacía falta. Pensé en el té con tres de azúcar. Pensé en la cara que puso Cande al llamar a la puerta de mi cabeza con la verdad de que yo era el quinto nombre de mi propia lista.
Nada de eso era gracioso, exactamente. Pero todo eso me había hecho algo parecido a la gracia: ese cosquilleo raro en el pecho que se parece a la risa pero que en realidad es otra cosa, más antigua, más peligrosa.
Escribí, con letra pequeña, apretada, casi como la de mi abuela sin querer:
Un hombre me dijo que quería enseñarme a tomar mal el té. Y no supe si reírme o llorar.
Miré la frase. Me pareció ridícula. La taché con tres rayas.
Y debajo, sin pensarlo, escribí otra cosa, la de verdad, la que llevaba diez años sin escribir en ningún papel:
Tengo miedo de abrir un sobre que lleva mi nombre.
· · ·
Cande me encontró así, a las ocho, con la ficha delante y el café todavía sin hacer.
—¿Has dormido? —preguntó, aunque ya sabía la respuesta con solo mirarme.
—No.
Se sentó enfrente, en la silla de los clientes, y leyó la ficha del revés, con esa habilidad suya de leer letra ajena boca abajo que había desarrollado en once años de espiar mis notas por encima del hombro .
No dijo nada del té ni del hombre. Fue directa a lo otro.
—¿Vas a abrirlo? —preguntó, señalando con la barbilla hacia el cajón doce.
—No lo sé.
—Alma.
—No lo sé, Cande, de verdad. —Me froté los ojos, cansada, más cansada de lo que once años de este trabajo me habían dejado nunca—. Llevo diez años diciéndome que lo voy a abrir cuando esté preparada. Y cada año que pasa estoy menos segura de qué significa estar preparada.
Cande se quedó callada un rato, cosa rara en ella, que suele llenar los silencios con algo, aunque sea una broma mala.
—¿Sabes qué le dices siempre a la gente? —dijo, al fin—. Que en las fichas todo el mundo miente. Que la verdad sale en persona, en la cita, en el gesto pequeño que no se puede escribir.
—Sí.
—Pues esa ficha que tienes delante lleva diez años siendo la única mentira que te permites a ti misma. Porque no está sin rellenar por accidente. Está sin rellenar a propósito. Es la única ficha del archivo entero que has decidido dejar en blanco para no tener que mirarte de frente.
Me quedé mirando el papel. La frase tachada. La frase de debajo, la del miedo, todavía visible bajo las tres rayas .
—¿Y si lo abro y no hay nada que valga la pena?
—dije, en voz muy baja, la voz que uso yo también cuando alguien por fin se atreve a decir lo que de verdad le da miedo—.
¿Y si mi abuela solo escribió algo triste, algo sobre lo sola que iba a acabar, y llevo diez años teniéndole miedo a una frase que ni siquiera va a doler tanto como para justificar todo este tiempo?
Cande se levantó. Rodeó la mesa. Y me abrazó, ahí, en el suelo de la rebotica, entre los ciento veinte cajones y el olor a farmacia vieja que llevaba toda la vida siendo mi casa.
—Y si lo abro —seguí, con la cara contra su hombro, la voz ya rota del todo—, y hay algo bueno, algo que de verdad valga la pena, ¿y si llevo diez años perdiéndome eso por miedo?
—Esa es la pregunta de verdad —dijo Cande, sin soltarme—. Y las dos sabemos que no hay ficha en este archivo entero que se rellene sin hacerse esa pregunta primero.
· · ·
No abrí el sobre esa mañana.
Pero hice otra cosa, que en su momento me pareció menos importante y que, mirándolo ahora, fue el primer paso de verdad.
Cogí la ficha en blanco de Alma Belmonte, treinta y cuatro años, y en vez de guardarla otra vez en el cajón de las que nunca se terminan, la metí en la carpeta de las cinco citas.
Al lado de la ingeniera de sonido.
Al lado del cocinero de las croquetas .
Al lado de la abogada que hablaba de su ex sin filtro.
Al lado de un quinto nombre que todavía no había decidido del todo.
—¿Qué haces? —preguntó Cande, viéndome escribir.
—Voy a añadir una quinta cita a la lista de Bruno.
—¿Quién?
Levanté la vista. Fuera, la calle del Pez empezaba a llenarse del ruido normal de un martes cualquiera: el camión del pan, la persiana de la papelería subiendo, alguien discutiendo con su perro por algo sin importancia.
—Yo —dije—. La quinta cita voy a ser yo.
Cande no sonrió con la sonrisa de triunfo que esperaba. Sonrió de otra forma, más pequeña, más asustada por mí de lo que yo misma estaba dispuesta a admitir.
—Alma.
—¿Qué?
—Eso no está en ninguna regla del manual.
—Ya lo sé.
—Y tampoco está en la ficha.
Miré la ficha de Alma Belmonte, treinta y cuatro años, con una sola frase escrita y tachada, y una frase de verdad escondida debajo, todavía visible si se sabía dónde mirar.
—Hay cosas que no se ponen en la ficha —dije, cerrando la carpeta—. Se ponen a prueba.
· · ·