Diario de una Matchmaker (Diario de una Matchmaker 1) Capítulo 9
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Capítulo 9

Un té con demasiado azúcar

El lunes, antes de decidir el quinto nombre, Bruno apareció por la agencia sin avisar, cosa que ya empezaba a ser costumbre suya y que yo, en teoría, debería haber cortado de raíz desde la primera vez.

—Necesito hablar con usted de las reglas —dijo, desde la puerta, con el pelo mojado de la lluvia que no había parado en todo el fin de semana.

—Las reglas ya están puestas. No se negocian.

—No quiero negociarlas. Quiero entenderlas. —Se sentó, sin que se lo pidiera, en la silla de escay verde que a esas alturas ya empezaba a considerar suya—. Si voy a hacer esto de verdad, con su método, no con el mío, necesito entender por qué funciona.

Lo miré un momento, calculando si merecía la pena explicárselo o si era mejor dejarlo con la curiosidad a medias, como se merecía cualquiera que hubiera venido a comprarme el negocio nueve días antes.

Merecía la pena. O yo quería que la mereciera, que no es exactamente lo mismo, aunque en ese momento no supe distinguirlo .

—No aquí —dije, levantándome—. Aquí huele a farmacia y usted necesita algo más parecido a una casa.

—¿Adónde vamos?

—A tomar un té. No un café. Un té.

—¿Por qué un té?

—Porque el café ya lo tenemos muy trillado usted y yo, y quiero ver qué hace cuando no sabe de antemano lo que le van a servir.

Sonrió, esa sonrisa que ya no me molestaba tanto como al principio, lo cual, ahora que lo pienso, debería haberme preocupado más de lo que me preocupó.

· · ·

La cafetería estaba a dos calles, un sitio pequeño con seis mesas y una dueña que llevaba treinta años sirviendo tés de todo tipo a gente del barrio que ya ni miraba la carta. Pedí uno de manzanilla con miel, por costumbre profesional más que por gusto. Bruno pidió uno negro.

Cuando llegó, lo removió, probó, y echó dos sobres de azúcar sin dudarlo. Luego, tras un segundo, un tercero.

—¿Tres de azúcar en un té negro? —pregunté—. Eso es casi un crimen.

Se quedó con la cucharilla a medio camino, mirando la taza como si le hubieran pillado haciendo algo que llevaba mucho tiempo sin que nadie viera .

—Es una costumbre —dijo, sin mirarme—. De mi madre.

Ahí estaba. Regla siete, apuntada mentalmente hacía días: un hombre que habla de su madre está bien. Y esta era la primera vez, en dos semanas, que Bruno la mencionaba.

—Cuénteme —dije, con suavidad, la misma suavidad que uso siempre en la entrevista cuando alguien empieza a acercarse a algo que le cuesta.

—Mi madre hacía un té horrible. —Se rio, una risa pequeña, distinta a todas las que le había oído hasta entonces—.

De verdad, horrible. Le echaba tanto azúcar que dejaba de ser té y pasaba a ser otra cosa, un jarabe caliente con sabor lejano a hierbas.

Y mi padre, cada mañana, se lo bebía entero sin quejarse, y le decía que estaba perfecto.

—¿Y usted lo probó alguna vez?

—Cada mañana de mi infancia. Antes de ir al colegio.

—Removió el té otra vez, aunque el azúcar ya llevaba disuelto un buen rato—.

Murió cuando yo tenía diecinueve años. Un cáncer que se la llevó en cuatro meses, de los rápidos, de los que no dan tiempo a hacerse a la idea.

Y desde entonces, cada vez que pido un té, le echo tres de azúcar, aunque sepa que va a saber fatal, porque durante esos segundos, mientras me lo bebo, es como si volviera a estar en aquella cocina, con ella viva y con mi padre mintiéndole con cariño sobre lo bueno que estaba.

Me quedé callada. No apunté nada, ni siquiera mentalmente, porque hay cosas que no se convierten en ficha, que se quedan solo como lo que son: alguien contándote algo de verdad.

—Nunca lo había contado así de seguido —dijo, tras un silencio—. Normalmente lo cuento en una frase, «murió cuando era joven», y cambio de tema antes de que a nadie le dé tiempo a preguntar más.

—¿Y por qué a mí sí me lo ha contado entero?

Bruno levantó la vista de la taza, y por primera vez desde que lo conocía, no vi en su cara ni la sonrisa de vendedor ni la seguridad de las marquesinas del 21. Vi, simplemente, a un hombre de treinta y siete años que llevaba dieciocho tomando un té horrible por amor a alguien que ya no estaba.

—Porque usted hace esa pregunta suya —dijo—.

La de qué es lo último que me hizo gracia de verdad.

Y llevaba días dándole vueltas, y la respuesta de verdad, la de verdad de verdad, no era nada gracioso.

Era esto. Un té con demasiado azúcar. Y me pareció que si alguien iba a entender por qué eso me hace, no reír, pero sí algo parecido, era usted.

Se me apretó el pecho de una forma que no me gustó nada, porque no era la forma profesional en la que se me aprieta cuando un cliente me cuenta algo así. Era otra cosa. Era la misma cosa que llevaba notando, sin querer admitirlo, desde el café frío con la leche exacta.

—Brújula nació de esto, ¿verdad? —dije, al fin, uniendo piezas que llevaban días sueltas—.

No de una app de pisos compartidos. De esto.

De un hombre que se bebió un té horrible con cariño durante diecisiete años y quiso construir algo que ayudara a la gente a encontrar quién se bebiera su té horrible a ellos también.

Bruno no dijo nada. Pero se le llenaron los ojos, un segundo, antes de que pudiera disimularlo con otro trago de un té que, ahora lo entendía, jamás le había sabido bien y jamás le iba a saber mal del todo.

· · ·

Volvimos a la agencia sin hablar mucho, cada uno con sus pensamientos, la lluvia por fin dando una tregua entre los charcos de la calle del Pez.

Antes de que entrara, se paró en la puerta.

—Alma.

—¿Sí?

—Gracias por el té.

—Ha sido usted quien ha pagado.

—No hablo del té. —Sonrió, otra vez esa sonrisa nueva, la que no sabía clasificar—. Hablo de que me haya dejado contarlo. Llevaba dieciocho años sin decirlo entero.

Se fue calle abajo, con las manos en los bolsillos, sin paraguas, dejando que le cayera encima la poca lluvia que quedaba.

Yo me quedé en la puerta un buen rato, con la campanilla de bronce todavía sonando por dentro de mi cabeza, aunque hacía ya un minuto que había dejado de moverse .

Entré. Cande estaba esperándome, apoyada en el mostrador, con los brazos cruzados y la cara de quien lo ha visto todo desde la ventana.

—¿Qué? —dije.

—Nada.

—Cande.

—Que tienes ya el quinto nombre para la lista de las citas de Bruno.

—¿Ah, sí? ¿Y quién es?

Cande sonrió, esa sonrisa suya de mejor amiga que sabe exactamente lo que va a decir antes de decirlo, y que sabe también que le va a doler a Alma escucharlo.

—Tú, Alma. El quinto nombre eres tú. Y llevas dos semanas fingiendo que no lo sabías.

No le contesté.

Porque, por tercera vez en menos de un mes, no tenía frase.

· · ·