Diario de una Matchmaker (Diario de una Matchmaker 1) Capítulo 8
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Capítulo 8

Elegir a cinco personas para enamorar a un hombre que no conoces del todo es, básicamente, hacer cinco apuestas distintas sobre quién eres tú de verdad.

Me pasé el fin de semana entero con los cajones abiertos, uno tras otro, sacando fichas, descartándolas, volviendo a mirarlas. Cande entraba cada dos horas con un café —el mío frío, el suyo hirviendo— y se quedaba un rato mirando por encima de mi hombro, sin decir nada, cosa rara en ella.

—¿Cuántas llevas descartadas? —preguntó el sábado por la tarde, sentándose en el suelo a mi lado, entre pilas de papel.

—Treinta y una.

—¿Y cuántas te quedan por mirar?

—Ochenta y nueve.

—Vas a tardar un mes.

—Tengo hasta el jueves. Es lo que negociamos.

Cande cogió una ficha al azar, la de un chico de veintiocho años que se dedicaba a restaurar muebles antiguos, y la leyó por encima.

—¿Y este no vale ?

—Es demasiado parecido a él.

—¿A quién?

—A Bruno. —Dejé la ficha a un lado, en la pila de los descartados—. Si le pongo a alguien parecido a él, no va a pasar nada. Va a ser como hablar con un espejo. Necesito a alguien que le enseñe algo que no sepa de sí mismo, no que le confirme lo que ya sabe.

Cande me miró un segundo, con esa cara suya de estar a punto de decir algo incómodo y decidir, por una vez, callárselo.

Se calló.

Volví a las fichas.

· · ·

Llegué al cajón Manzanilla pasada la medianoche, cuando ya llevaba doce horas sentada en el suelo y me dolían las rodillas de una forma que once años antes no me habrían dolido.

Ahí estaba la ficha 114.

Gala Ferreiro. Veintinueve años. Forense. Miedo real: que alguien se quede el tiempo suficiente para ver que finge que todo está bien.

La leí entera otra vez, despacio, como si no la hubiera escrito yo misma tres días antes.

Y durante un segundo, uno solo, pensé: esta podría ser la primera cita de Bruno.

Tenía sentido, sobre el papel. Gala era inteligente, rápida, con un humor seco que a Bruno probablemente le encantaría. Los dos tenían esa cosa rara de la gente que ha decidido, en algún momento de su vida, que es más seguro hacer bromas que decir la verdad.

Pero algo no me dejaba escribir su nombre en la lista.

Me quedé mirando la ficha un buen rato, hasta que entendí por qué.

No era porque no fuera a funcionar con Bruno.

Era porque Gala ya tenía a alguien, y ese alguien no era Bruno. Ese alguien era un compañero de trabajo que le llevaba el café equivocado desde hacía cuatro meses, y los dos fingían que la máquina estaba estropeada por no atreverse a decir la verdad.

Y meter a Gala en la lista de Bruno hubiera sido, básicamente, robarle su propia historia para resolver la mía.

Cerré la ficha. La aparté de la pila de descartados. La puse en otra pila, nueva, que empezó ahí mismo, en el suelo de la rebotica, a la una de la madrugada: la pila de cosas que hacer después de ganar la apuesta .

· · ·

Al día siguiente llamé a Gala, con la excusa oficial de un seguimiento que técnicamente no le tocaba hasta dentro de tres semanas.

—¿Va todo bien? —preguntó, con esa cautela de quien no está acostumbrada a que la llamen sin motivo .

—Todo bien. Solo quería preguntarle una cosa. El compañero del café.

Silencio al otro lado. Corto, pero denso.

—¿Qué compañero del café?

—Gala.

—Vale, sí. Ese compañero.

—¿Cómo se llama?

—Nacho. —Lo dijo rápido, casi sin querer, como si el nombre se le hubiera escapado antes de decidir si quería decirlo—. ¿Por qué?

—¿Cuánto tiempo lleváis intercambiando cafés sin decir nada?

—Ya se lo dije. Cuatro meses.

—¿Y en esos cuatro meses ha pasado algo más? Algo que no me haya contado.

Se quedó callada más tiempo del que dura un silencio normal en una llamada de seguimiento.

—El viernes pasado —dijo, al fin, muy bajito—, me trajo el café bien. Sin azúcar, como me gusta a mí. Y me dijo: «Ya sé que llevas cuatro meses bebiéndote el mío. Pensé que ya era hora de que probaras el tuyo de verdad.»

—¿Y qué le contestó usted?

—Nada. Me quedé mirándolo como una idiota .

—Gala.

—¿Qué?

—Ese hombre lleva cuatro meses fingiendo un malentendido para poder verla la cara todos los días sin tener que decir nada más comprometido que «qué raro está hoy el café». Y el viernes decidió dejar de fingir.

Silencio de nuevo, pero distinto. Un silencio que se estaba llenando de algo.

—¿Usted cree que...?

—Creo que ya no necesita una ficha, Gala. Creo que necesita coger valor y preguntarle a Nacho si le apetece tomarse un café de verdad, uno entero, fuera del trabajo, sin fingir que la máquina está estropeada.

—Me da mucho miedo.

—Ya lo sé. Por eso me lo contó a mí primero, en vez de a él.

Se rio, una risa pequeña, nerviosa, la misma que había apuntado en su ficha tres días antes.

—Gracias, Alma.

—No me las dé todavía. Démelas cuando le haya contado la verdad sobre el café.

Colgué. Y me quedé mirando la pila nueva de fichas, la de cosas que hacer después de ganar la apuesta , que ya no estaba tan vacía como al principio.

· · ·

El domingo por la noche, con las manos manchadas de tinta azul y la espalda molida de tanto suelo, tenía ya dos nombres seguros y una tercera ficha aparte, guardada por motivos que todavía no sabía explicar del todo.

Una ingeniera de sonido de treinta y dos años que se reía con la cabeza echada hacia atrás y que odiaba, según su ficha, «a la gente que finge que le gusta la música que no entiende, en vez de admitir que no la entiende y preguntar». Esa iba a ser la primera.

Una mujer de treinta y nueve, abogada, que hablaba de su ex con una honestidad brutal que a la mayoría de la gente le hubiera espantado y a mí me pareció, precisamente por eso, perfecta para poner a prueba a alguien. Esa sería la segunda.

Y aparte, sin meterla todavía en la carpeta oficial, dejé la ficha de un chico de treinta y cinco años, cocinero, que había escrito, sin que nadie se lo pidiera, una lista entera de croquetas que sabía hacer y el motivo emocional detrás de cada una.

No la aparté porque fuera a servir para la apuesta.

La aparté porque me pareció una ficha demasiado bonita para archivarla sin más, aunque todavía no supiera qué hacer con ella.

Me faltaban la tercera y la cuarta persona de la lista oficial, y no las tenía nada claras.

Me faltaba, sobre todo, la quinta.

Y aunque no lo sabía todavía, la quinta no iba a salir de ningún cajón.

Iba a salir de mí.

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